D’A Film Festival 2018 – Parte I

Ahora sí, da comienzo la cobertura de la edición de 2018 del D’A Film Festival. A diferencia de años anteriores, esta vez la cobertura que un servidor hará del festival será de manera oficial, como acreditado de prensa, lo cual va a permitir que os hablemos de muchísimas más propuestas que en años anteriores. Y no será por escasez de ellas, como ya pudimos ver durante el artículo que, a modo de previa, repasaba lo más destacado de la programación de esta octava edición.  Dicho esto, os dejo con la primera ronda de largometrajes que componen mi paso por el festival durante los primeros tres días.

On Chesil Beach

A diferencia de ediciones pasadas, este año la inauguración no sirve como preestreno de una cinta que se estrena al día siguiente, ya que En la playa de Chesil (On Chesil Beach, 2017), no llegará a salas hasta el verano. La ópera prima del afamado director teatral Dominic Cooke nos muestra la tarde-noche de bodas de una joven pareja recién casada. La estructura narrativa de la obra, derivada del original literario de Ian McEwan —autor también del guion—, hace que durante el transcurso de ese día seamos testigos de una retrospectiva de los años previos al enlace y todos los conflictos a los que han hecho frente Florence y Edward. La fragmentación de la narrativa durante toda esta fase de introducción del matrimonio no me acaba de funcionar a la perfección al resultar algo caótica a nivel temporal como para que llegue a conectar. Sin embargo, el punto álgido de la película, durante la consumación del matrimonio, deriva en una discusión que deja latentes las presiones sociales de la época —los años 60— en cuanto a la sexualidad, tanto masculina como femenina, algo que ya se va intuyendo durante la primera hora y media de filme. A partir de ahí, un tercer acto con cierta potencia a nivel emocional hace hincapié en el efecto que esas presiones mencionadas anteriormente acaban teniendo en los sentimientos, dejando un buen sabor de boca una vez empiezan los créditos. [★★★]

La estación violenta

En el cine español alejado del binomio Atresmedia-Mediaset es donde podemos las propuestas más interesantes del panorama nacional. Pero incluso dentro de la escena independente hay proyectos muy muy pequeños que merecen nuestra atención. Uno de ellos es La estación violenta (A estación violenta, 2018), el debut cinematográfico de la directora Anxos Fazáns que adapta la obra literaria homónima de Manuel Jabois. En ella seguimos a un grupo de jóvenes, quienes se reencuentran después de mucho tiempo sin verse. Notablemente hastiados por la falta de realización vital en base a las expectativas e ilusiones de años atrás, se deslizan por un camino de autodestrucción que Fazáns consigue plasmar a través de una atmósfera enrarecida en la que sus cuerpos desnudos interaccionan e intentan sobrevivir. Cuerpos que toman la forma de Nerea Barros, Alberto Rolán y Xosé Barato, todos ellos representando una generación rota ante un futuro más negro de lo que jamás podrían imaginar. Un intrigante retrato rodado íntegramente en gallego y que aprovecha la escena underground de Pontevedra como escenario por el que se mueven estos fantasmas de tiempos mejores. [★★★]

Invisible

El cine social latinoamericano suele transitar por el camino del realismo a la hora de abordar cualquier tema que se quiera tratar, aunque no todos logran hacerlo con la misma eficacia. Invisible (íd., 2017), la segunda cinta del argentino Pablo Giorgelli, mezcla la precariedad económica y los conflictos asociados al aborto con la condición adolescente de su protagonista, logrando un cóctel de desgracia capaz de hundir a la persona más alegre sobre la faz de la tierra. Pero el principal problema no se encuentra el hecho de mostrar toda esta retahíla de penurias, sino en la forma que Giorgelli convierte esta película de 80 minutos en una pastilla difícil de tragar por sus decisiones fílmicas. Algunas de las escenas que retratan el día a día resultan algo innecesarias para el mensaje, mientras que otras se encuentran demasiado dilatadas, llegando a provocar un cierto hastío. Es por eso que todos los aciertos que tiene esta obra a la hora de mostrar los dilemas internos del personaje interpretado por Mora Arenillas se ven totalmente diluidos por el aburrimiento en el que envuelve al espectador. [★★]

Colo

En comparación con Invisible, Colo (íd., 2017) se encuentra en las antípodas en su tratamiento de cuestiones sociales. Teresa Villaverde expone los efectos de la crisis económica reciente a través de la progresiva fractura que esta provoca tanto a nivel psicológico en cada uno de los miembros de una familia como en las interacciones que hay entre ellos. La angustia y desesperación a la que tienen que hacer frente día a día va dejando lugar a una serie de sucesos y decisiones cada vez más bizarras, huyendo de los lugares comunes por los que generalmente transita el cine social. Esto es especialmente latente en el desarrollo del padre y la hija y las situaciones en las que se ven involucrados a medida que su vida se vuelve cada vez más oscura, eso sí, evitando caer en el absurdo. Los únicos puntos que hacen que Colo no acabe de fascinarme por completo son su duración, que en algún momento se nota, y alguno de los hilos por donde se desvía la historia, pero por lo demás el film de Villaverde se erige como una visión enigmática y valiente de la crisis bastante recomendable. [★★★]

Con el viento

Para cerrar la primera parte de esta cobertura del D’A 2018 vamos con otro de los proyectos nacionales que se ha presentado en el festival, el cual también tiene los reencuentros como elemento importante en la trama. En este caso hablamos de Con el viento (íd., 2018), un film que tuvo su premiere en la prestigiosa Berlinale. La ópera prima de Meritxell Colell sigue a Mónica, una coreógrafa y bailarina que reside en Buenos Aires pero que debe volver a España tras la muerte de su padre. La ausencia de Mónica durante la enfermedad de su progenitor deriva en una combinación de rencor —por parte de su hermana— y culpa —por su parte—, lo que inicia una vía de redención para subsanar las heridas del pasado al quedarse a vivir con su madre hasta que se oficialice la venta de la casa rural familiar. Este es uno de los aspectos en que Con el viento se convierte en un enfrentamiento entre pasado y futuro, al que hay que añadir el entorno rústico donde ocurre la acción, cuya inmovilidad al paso del tiempo hace aumentar el contraste con el mundo urbano. El ritmo aletargado, tan propio del campo y alejado del ruido y la hiperactivdad de la ciudad —más contrastes—, que imprime Colell puede llegar a atragantarse en algunos puntos de la obra, pero en general logra que el espectador viva de forma agradable la evolución de las emociones de su protagonista. Asimismo, la directora aprovecha las aptitudes de Mónica García, bailarina también en la vida real, para crear secuencias llenas de expresión interna, pasando de sensaciones que evocan lo rutinario y lo mecánico durante el prólogo a movimientos que, acompañados por el viento, están llenos sentimientos durante el epílogo. [★★★]

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