Festival de San Sebastián 2017 | Día 1

Parece ayer cuando, allá por 2015, llegamos a San Sebastián para cubrir nuestro primer festival de cine. Hoy, dos años después, afrontamos nuestra tercera edición con más ganas que nunca. Ya conocemos la ciudad de sobra, sabemos qué cines nos gustan más, los restaurantes baratos pero con comida excelente y, en general, la atmósfera que se respira en Donosti a lo largo de estos diez días donde el cine es, cómo no, el protagonista. Vamos a ver más películas que nunca, eso seguro; vamos a madrugar mucho, también, al igual que esperamos disfrutar de las miradas de directores que conocemos bien y también de otros que descubriremos por primera vez. Estaremos a tope, cafés de por medio, claro. Sin más dilación, vamos ya con lo visto en el primer día.

Inmersión

por Daniel Cabo

Wim Wenders, otrora buen director de cine, se encarga de inaugurar esta edición del festival de San Sebastián con su nueva película, Inmersión (Submergence, 2017), protagonizada por Alicia Vikander y James McCavoy. Las malas críticas provenientes de otros festivales y el hecho de que Wenders lleve tiempo sin hacer nada potable en el terreno de la ficción provocaban que el escepticismo fuera máximo, y más si contamos que las películas que han iniciado las últimas entregas de San Sebastián han sido todas terribles. Por desgracia la tendencia no ha cambiado, y es que el cineasta alemán, que firmó en los ochenta dos obras tan memorables como Paris, Texas (íd., 1984) y El cielo sobre Berlín (Der Himmel über Berlin, 1987), vuelve a dejar claro que se ha olvidado de cómo narrar y conducir una película de ficción. Inmersión es un fracaso en prácticamente cualquier faceta, desde una dirección cercana al telefilme poco inspirado hasta un montaje atropellado que va mezclando dos historias paralelas de una manera arbitraria y desconcertante, por no hablar de un guion repleto de frases ridículas y arcos dramáticos endebles que tratan el amor, las conexiones emocionales y los retos profesionales con una superficialidad absoluta. La narración se apoya en efectismos para no caer en el más puro tedio y, aunque el filme no se me ha hecho aburrido, no creo que sea motivo de orgullo; es más, todo lo contrario, pues deja clara su naturaleza de producto de usar y tirar. Tampoco ayuda que ni Vikander ni McCavoy estén especialmente inspirados, pues no parecen encajar en los personajes que interpretan (especialmente ella) ni comparten química alguna. Inmersión viene a confirmar de forma definitiva que Wim Wenders ya no sabe hacer este tipo de películas, que su estilo frío pero elegante del pasado ha desaparecido en pos de un cúmulo de despropósitos, tropiezos y golpes facilones. Quizá no sea tan vergonzosa como aquella Todo saldrá bien (Everything Will Be Fine, 2015) que se marcó hace poco, pero no anda lejos.

Alanis

por Daniel Pérez-Michán

Nos estrenamos oficialmente en la sección oficial (valga la redundancia) con Alanis, la nueva película de Anahí Berneri. Me ha sorprendido bastante, de hecho, conocer que este era el quinto largometraje dirigido por la argentina, pues me daba la impresión de estar delante de una ópera prima. A lo largo del filme creía que encajaba más en Nuevos director@s (algo que era inviable una vez he sabido de la trayectoria de Berneri) o incluso en Horizontes Latinos, y es porque creo que es una película que no le hace ningún favor a una sección oficial que ya de por sí tiene fama de no sostenerse con fuerza. Alanis es una trabajadora sexual, madre de un bebé de año y medio que, por circunstancias, se ve forzada a buscarse la vida de nuevo. La directora juega estilísticamente con la puesta en escena colocando a sus personajes en los márgenes del encuadre para referenciar que son personas que viven al margen de la sociedad, y la sutileza acaba aquí. Berneri representa la cruda realidad de una profesión que ya hemos visto mil veces en el cine (y en otros medios) y con su historia no añade nada nuevo a esas mil anteriores, aunque la trata con honestidad y sin concesiones. También consigue momentos e imágenes inspiradas y de las que se puede sacar algo de jugo, y al menos no se hace pesada (durando una hora y veinte tampoco tiene mucho mérito), pero no es una película muy destacable y podría haber sido mucho peor, pero me temo que, como su protagonista, Alanis se quedará en los márgenes del festival.

Call Me by Your Name

por Daniel Pérez-Michán

Call Me By Your Name, una de las sensaciones festivaleras del año, aterriza en Donostia, cómo no, para inaugurar Perlas (la reconocida sección que a modo de Greatest Hits compila algunas de las grandes películas que han pasado por festivales del presente año). Y es que desde su paso por Sundance, la nueva película del italiano Luca Guadagnino no ha parado de cosechar elogios. Las buenas críticas, junto a mi admiración por la anterior película de su director, la entusiasta Cegados por el sol, hizo que Call Me By Your Name se convirtiera en una de las cintas que más esperaba de todo el festival. Y ha cumplido tanto las expectativas que ahora mismo no puedo sino decir que se encuentra entre las mejores películas del año. En algún lugar del norte de Italia, en los ochenta, se encuadra esta historia de amor y despertar sexual. La atmósfera de la Riviera italiana impregna de vitalidad y belleza el verano que marcó la vida de Elio Perlman, interpretado por un Timothée Chalamet —os puede sonar de Interstellar o la segunda de Homeland— que deslumbra con una de las interpretaciones más vibrantes y sensibles de la temporada. Tampoco se queda atrás Armie Hammer que junto a su carisma, su cuerpo helenístico y su voz hacen de Oliver el personaje perfecto para complementar al de Chalamet. Juntos forman una pareja en cuya química reside el corazón mismo de la película. 

Aún siendo un trabajo mucho más contenido en cuanto a estilo que Cegados por el sol, Guadagnino consigue que sea imposible apartar la mirada gracias a una deliciosa puesta en escena que refleja las dudas, el amor y el dolor sufridos por su protagonista. Todo envuelto por un respetuoso uso de la música que deja respirar al filme mientras que a su vez lo eleva, añadiéndole un toque especial con la delicada banda sonora compuesta por Sufjan Stevens y la selección de algunos temazos ochenteros como el Love My Way de The Psychedelic Furs que suena en cierta de escena de baile. Sé que me va a resultar muy difícil olvidarme de la película y de sus momentos más brillantes, como por ejemplo, entre otros, el de Elio tocando el piano delante de Oliver, “¿Es mejor hablar o morir?”, la escena del melocotón, el sincero y emocionante monólogo realizado por el genial Michael Stuhlbarg, o el largo plano final con un primer plano de Chalamet. Se corona por tanto, a título personal, como uno de los buques insignia del cine LTGB y como una de las mejores obras que veremos probablemente en todo el festival. Es de esas películas que te hacen sentir vivo.

Una mujer fantástica

por Daniel Pérez-Michán

El día va de inauguraciones. Ahora es el turno de Horizontes Latinos, una de las secciones más reconocidas del festival donostiarra que encapsula las diferentes visiones del cine latinoamericano reciente. La película encargada de abrirla es la nueva producción de Sebastián Lelio: Una mujer fantástica. El filme salió como de lo mejor del pasado Berlinale, logrando el Oso de plata al mejor guion, y ya es una de las grandes pretendientes a estar en la batalla por el Oscar de mejor película de habla no inglesa (Chile ya la ha presentado). La película, producida por los hermanos Larraín (Neruda, Jackie) y Maren Ade (Toni Erdmann), sigue todas las vicisitudes que tiene que pasar Marina Vidal, una camarera aspirante a cantante, tras el fallecimiento de su amante. Las sospechas de su muerte y sobre todo, su condición de mujer transexual la pone en contra tanto de la policía como de toda la familia del desaparecido. El cine de Lelio parece decantarse por una exploración de fuertes personajes femeninos (tras Gloria y la inminente Disobedience, la primera película rodada en inglés del director), elevando aquí los problemas idiosincráticos de la mujer con la visión que tiene la sociedad actual de las personas transexuales. Todos los méritos van a parar a Daniela Vega, que consigue a través de su persona vislumbrar el difícil duelo que sufre su personaje, esquivando (o derribando en algunos casos) todas las injusticias que le acarrean. Las comparaciones con el cine de Almodóvar son inevitables, pero aún le falta a Lelio —en mi opinión—, desarrollar un poco más su talento como director para poder llegar al calado emocional del manchego. No creo que Una mujer fantástica se merezca todas las brillantes alabanzas y elogios que está causando por su paso en festivales, porque sí, es buena y merece la pena que se la destaque por ser otro triunfo más para el cine LGTB, pero aún así le pido algo más a Lelio para que consiga embaucarme como espectador: una narración más fluida y menos maníqueismos en su desarrollo.

Amante por un día

por Daniel Cabo

Amante por un día (L’amant d’un jour, 2017), la nueva película del mítico director francés Philippe Garrel, era una de mis más esperadas en esta edición de San Sebastián, y por ello estaba en la sala con una ilusión tremenda y con la esperanza de que fuera la primera cinta que me encandilara de las ofrecidas por el certamen. Presentada fugazmente por la hija de Garrel, que interpreta a una de las protagonistas, y con la inesperada presencia en una de las butacas de la primera fila de la leyenda de la nouvelle vague Agnès Varda, Amante por un día se engloba en una especie de trilogía que concluye después de La jalousie (íd., 2013) y La sombra de las mujeres (L’ombre des femmes, 2015), que no es que compartan un mismo arco narrativo pero sí aspectos temáticos y de identidad visual. El caso es que no soy un experto en el cine de Garrel, pues he visto únicamente ocho de sus largometrajes, pero debo decir que el que me ocupa se encuentra entre los que más me han entusiasmado. Narrando una historia de amoríos y relaciones familiares, Amante por un día resulta una película delicada y tremendamente bella, no solo en su forma de contar las cosas con una sensibilidad envidiable, sino también en la manera que se ven reflejadas en pantalla, con un blanco y negro precioso. A estas alturas decir que Garrel es un maestro de la puesta en escena sería redundante, y es que solo hay que echarle un vistazo a cómo rueda las escenas en pisos, cómo aprovecha el espacio en lugares cerrados en general y cómo domina el uso de la música para alcanzar una emoción total (la escena del baile es inolvidable) para darse cuenta de que uno se halla delante de un cineasta espectacular, de los que aparentemente narran con sencillez pero atesoran una complejidad desbordante. Para un servidor es, sin duda, la mejor entrega de esta llamada trilogía y seguro que se va a encontrar entre lo más destacable de este festival. No sé lo que le habrá parecido a Agnès Varda, pero a mí me ha resultado una obra maestra.

El autor

por Daniel Cabo

Compitiendo en la sección oficial y con la reciente noticia de su premio FIPRESCI en el festival de Toronto recibíamos a El autor (íd., 2017), la nueva película de Manuel Martín Cuenca, un director que, personalmente, me interesa bastante. Conocido por sus dramas pausados y no bien digeridos por todo tipo de públicos, con El autor da un giro interesante en su filmografía al haber realizado una especie de comedia con toques dramáticos o, como se suelen denominar, una dramedia. Nos encontramos con un notario al que le dan una baja después de ciertos problemas personales y que se propondrá escribir un gran libro, hasta tal punto que hará que su vida y sus relaciones giren exclusivamente alrededor de eso. Este protagonista está interpretado magistralmente por un Javier Gutiérrez que nunca ha estado mejor, y se ve acompañado, entre otros, por un Antonio de la Torre en el papel del típico profesor exigente y faltón. La labor de estos dos actores eleva un guion que, si bien resulta sólido en su construcción, sufre algunos baches a lo largo del metraje, especialmente en un tramo final quizá algo atropellado y previsible. Que Manuel Martín Cuenca sea un director de drama se nota en todo momento, lo que acaba siendo un arma de doble filo para el resultado final: por un lado le da un toque especial pues no es una comedia cualquiera, pero por el otro ese estilo tan seco hace que, por lo menos un servidor, no haya terminado de conectar del todo. Equilibrar el drama y la comedia en una historia de este tipo siempre es complicado, y aunque lo hace bien, no siempre triunfa en ambas facetas. En cualquier caso El autor es la película más accesible de cuantas ha hecho su director, una historia bien narrada con toques de metaficción que la diferencian de otras propuestas españolas que se pudieran ver este año en cines. En definitiva, una buena película.

The Square

por Daniel Pérez-Michán

Siempre es complicado enfrentarse a una Palma de Oro, porque casi nunca sabes por dónde te va a salir. La mayoría de las veces —sobre todo en los últimos años— es una excepción el estar de acuerdo con la elegida por el jurado en el festival francés. Y no, The Square (íd., 2017) no es una de esas. Si tenía ganas de verla era porque, conociendo el trabajo de Ostlund en Fuerza mayor (Force Majeure, 2014), una película tan interesante como olvidable, creía que con ésta habría logrado dar un paso más allá en su carrera con un salto cualitativo para su cine. Una pena que se haya quedado a medio camino. Sí, la película es mucho más ambiciosa y con mayor presupuesto que aquella, incluso con mejor fotografía y equipo técnico, pero eso no quita que, en general, está empantanada por su mensaje y la dudosa ejecución del mismo. La historia de The Square funciona como un mosaico, es decir, cada momento (o sketch, podríamos decir) compone una rama más del gran cuadro que quiere componer el sueco. Estas situaciones van rellenando la trama poco a poco, mostrándonos la verdadera identidad del filme: una crítica al elitismo del arte (y de la clase alta en general). En mi opinión no sale muy bien parada la película en este aspecto, se le va de las manos demasiadas veces como para acabar obteniendo un resultado satisfactorio. Por no hablar, claro está, de que la ideología que se puede leer entre líneas en algunos de los momentos del filme es un tanto nociva.

Por otro lado intentar hacer gracia cuando tienes un tono tan distante y frío con el espectador es complicado y hay que saber hacerlo muy bien. Lamentablemente solo unas cuantas veces consigue dar en el clavo; eso sí, cuando lo hace genera bastante risa. Una pena que dé tantos palos de ciego en lo que a comedia se refiere, porque tiene momentos realmente inspirados pero la gran mayoría son bromas sin sentido que no llevan a ninguna parte. Además, se hace bastante larga (sobre todo en su pesado y redundante último tramo). En definitiva, hay destellos de lo que podría haber sido una buena película en The Square pero se pierde entre todas sus malas decisiones.

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