Festival de San Sebastián 2017 | Día 2

Hoy ha sido un día de madrugón, aunque, viendo el panorama, parece que todos lo van a ser. Nos hemos levantado pronto para ir a coger invitaciones para las películas del día siguiente y, nos tememos, mañana tocará hacer la misma jugada. Al menos hemos estado acompañados por un buen café y la ausencia de la lluvia. Esperemos que la cosa siga así. En el periódico que reparten cada día en el festival hemos visto, por ejemplo, fotos de la llegada ayer de Alicia Vikander, con un señor que quería que le firmase un funku de Lara Croft. La gente a la última, como no podría ser de otra manera. Nosotros también, así que vamos ya a hablar de las películas que nos han ocupado en esta ocasión.

La douleur

por Daniel Cabo

Arrancamos el día con una película francesa enmarcada en la sección oficial, La douleur (íd., 2017), basada en una novela de Marguerite Duras y que nos narra la historia de una joven que participa en la Resistencia contra la ocupación nazi y que sufrirá una interminable espera, ya que su novio ha sido capturado y mandado a Alemania como prisionero. En este filme encontrados dos mitades que se retroalimentan pero que muestran diferencias evidentes: en la primera se nos cuenta todo el tema de la Resistencia y la situación que viven un puñado de personajes, y en la segunda parte la narración se centra absolutamente en la protagonista (muy bien interpretada por Melanie Thierry) y en el calvario que está pasando en pos de no perder la esperanza de que, quizá algún día, su amor entre por la puerta. No solo está dicha diferencia, sino que, por ejemplo, la voz en off se hace predominante en la segunda mitad, hasta unos límites agotadores; o que el tramo final resulta muy poético y lírico en contraposición con un principio preciosista en cuanto a la imagen pero directo en su contenido. Personalmente me quedo con esa primera parte que juega bien sus cartas y consigue interesarte en los personajes que pueblan esa Francia ocupada; no aporta nada nuevo, pero Emmanuel Finkiel realiza un buen trabajo. Sin embargo, la película va cayendo paulatinamente a medida que ciertos recursos, como el desenfoque o la mencionada voz en off, se van haciendo cada vez más con el control de la narración, llegando a un punto en el que solo quieres que el metraje llegue a su fin. Una pena.

El tercer asesinato

por Daniel Cabo

Hirokazu Koreeda es un viejo conocido del festival de San Sebastián y ha presentado un buen puñado de películas en el certamen, siendo bien recibidas en general tanto por crítica como, sobre todo, por público. No me he sumergido del todo en su cine pero, de lo que he visto, diría que tiene un estilo muy sencillo de digerir, un tipo de historias que pueden conectar con cualquier persona y que, en general, resultan de muy agradable visionado. Sin embargo, en El tercer asesinato (Sando-me no satsujin, 2017) da un giro y se ha animado a realizar una especie de drama judicial que nos muestra a un abogado que defenderá a un asesino que ha confesado pero que, sin embargo, irá cambiando la versión de los hechos y escondiendo pistas definitivas para la resolución final. Koreeda se ha puesto serio, ha querido crear un thriller pausado particularmente intenso, y el tiro le ha salido por la culata. No es un director especialmente habilidoso para la puesta en escena y siempre suele ir a lo sencillo, solo que mientras en otras de sus películas eso conducía a lo eficaz e incluso a una simpleza que contribuía a una narración limpia y serena, en El tercer asesinato nos encontramos con escenas repetitivas, ya no solo en cuanto a diálogos sino también en relación a cómo se sitúa la cámara. En ocasiones te da la sensación de que esa escena ya la has visto, y lo seco que resulta todo contribuye a que el resultado final sea difícil de tragar. El caso policial no es especialmente interesante, los personajes son reiterativos y el juego de espejos que propone al final es demasiado básico como para hacernos creer que Koreeda tenía un plan maestro detrás. En definitiva, ha sido toda una decepción y un gran tropiezo en una filmografía que, al menos últimamente, nos estaba dejando películas recomendables.

En cuerpo y alma

por Daniel Pérez-Michán

En cuerpo y alma (A teströl és a lélekröl, 2017) es la última ganadora del Oso de Oro (y del FIPRESCI) en la Berlinale. Con esta carta de presentación, la película de la directora Ildiko Enyedi representará a Hungría en la próxima edición de los Oscar. Creo que es importante señalar que me costó entrar en lo que quería contar En cuerpo y alma, sobre todo por su difuso tono que envuelve el drama y el romance con la comedia negra. Pero una vez entré en su propuesta narrativa me fue convenciendo más y más, de hecho conforme más pienso en ella y el poso que ha dejado en mí, más me gusta. La acción se sitúa en un matadero de Budapest. Allí se conocen María, una introvertida y misteriosa mujer que comienza a trabajar como supervisora del lugar, y Endre, su jefe, un tipo tranquilo. Las vidas de ambos se irán entrecruzando poco a poco hasta que descubren que todas las noches sueñan lo mismo (ser ciervos en un bosque nevado), sueños en los que se irán conociendo y desarrollando afecto. La premisa es un tanto cursi, e incluso ridícula, pero progresivamente esta singular historia de amor va persuadiendo al espectador. Ayudada en parte por dos actuaciones contenidas de Géza Morcsányi y Alexandra Borbély; sobre está última recae el peso dramático del filme llevando a la pantalla un personaje tan llamativo como problemático (su comportamiento autista no hace sino profanar clichés de la enfermedad). Quizás tenga un metraje demasiado alargado para lo que quería contar y su puesta en escena sea formalmente excesiva, pero se sostiene por su capacidad lírica y el fabuloso diálogo interno entre las dos realidades que se plasman a través de la relación de ambos personajes.

Handia

por Daniel Pérez-Michán

No miento si digo que Handia (Aundiya, 2017) era la película más esperada de la jornada por un servidor. Esto se debe a que el cine de Jon Garaño (y José María Goenaga, aquí relevado exclusivamente en calidad de guionista) lo encuentro muy estimulante y con cierta sensibilidad por la que me siento atraído. Lo peor de Handia, de hecho, es que apenas hay rastro de su estilo, como si de repente nunca hubiesen existido Loreak o En 80 días. En ese sentido me encuentro bastante decepcionado, también, claro, al ver cómo se ha desperdiciado un notorio talento por la necesidad de hacer por fuerza una película “más grande”. Para esta nueva gran aventura, Jon Garaño se alía con Aitor Arregi en las funciones de dirección. Handia, vista superficialmente, no tiene nada malo: una buena fotografía, un buen diseño de producción, buena banda sonora, bien rodada, etc; pero si ahondas en ella se puede intuir una vacuidad que no lleva a nada. En definitiva es un ¿biopic? que gustará a mucha gente, con temas como el manido diálogo que entabla lo real con el mito/leyenda o la fuerza de lo cambiante, todo para contar una historia fraternal, que si no fuera por el gigante, sería otra más. Handia, muy a mi pesar, es más anécdotica de lo que me gustaría: ni bien, ni mal.

La novia del desierto

por Daniel Pérez-Michán

Volvemos a Horizontes Latinos —recordemos, una de las secciones estrella del festival que aglutina una selección del panorama actual del cine latinoamericano— tras la inauguración de ayer con la nueva película de Sebastián Lelio, Una mujer fantástica. Hoy le tocan a las argentinas Valeria Pivato y Cecilia Atán, que debutan en la dirección con su ópera prima La novia del desierto (íd., 2017). En ella se trata una historia sencilla de una mujer también sencilla que se ve envuelta, por causas del destino, en una road movie por el desierto argentino, entremezclándose con flashbacks de su vida diaria como empleada doméstica en una casa de familia en Buenos Aires.

De lo más interesante del filme resulta la fotografía de Sergio Armstrong (el director de fotografía habitual de Larraín) y el cómo juega con el enfoque y el desenfoque. Explico: en todos los planos de la película enfocan a un objeto o a alguien (que casi siempre suele ser Teresa, la protagonista) mientras que todo lo que no sea aquello que está enfocado se encuentra exageradamente desenfocado, y con un filtro marca de la casa. El efecto es bastante notorio en los primeros compases del filme, luego te vas acostumbrado. También habría que destacar a Paulina Garcia que, curiosamente, muchos conocimos por su espléndida Gloria, de la anterior película de Lelio. La novia del desierto se pudo ver en la sección de Una cierta mirada en el festival de Cannes, lo cual es todo un logro, y más siendo la primera obra de unas directoras. Puede que guste a un público al que yo no aspiro o puede que todos sus puntos fuertes se verían reforzados y sus ideas mejor plasmadas en un cortometraje que en la película que ha acabado resultando, y eso que solo dura una hora y veinte.

Faces Places

por Daniel Cabo

En un día con más sombras que luces, en el que prácticamente todas las películas que he visto o no me han gustado o me han decepcionado, he agradecido cerrar la jornada con un documental como el que se han marcado Agnès Varda y JR. Supone un viaje improvisado para ambos que, con una furgoneta, cámaras e ilusión por conocer el modo de vivir de la gente de distintos pueblos franceses, se lanzan a la carretera y nos conducen a través de vivencias repletas de buen humor, emoción y recuerdos. Digo que ha sido toda una suerte termina con esto no solo porque al ser la última película que veía me ha venido bien que fuera muy ligera, sino también porque ha resultado ser una obra llena de vida y de buenas sensaciones, un paseo junto a dos personalidades tan potentes como Varda y JR, que poseen una química tremenda. Quiza Faces Places (Visages villages, 2017) no sea la composición cinematográfica más elavorada y sofisticada de este año, pues parte de la gracia se encuentra en su naturaleza curiosa y, dentro de la preparación, improvisada, pero no por ello deja de poseer momentos de una belleza sobrecogedora, tanto visualmente como humanamente, con todas esas personalidades que desfilan por la pantalla y que nos recuerdan, aunque sea bajo la selección de sus creadores en el montaje final, que hay buena gente ahí fuera. No es un documental profundo ni tiene un tema claro; deambula buscando el siguiente paso, la siguiente anécdota y, finalmente, el siguiente recuerdo de una Agnès Varda que recuerda los tiempos de la nouvelle vague, de Godard, de Karina y de tantos otros. Al final se cierra como un canto a la imaginación y a las gentes; a los pequeños pueblos y a las pequeñas causas; y, cómo no, a la amistad entre dos personas de generaciones muy diferentes pero que han creado una conexión que traspasa la pantalla.

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