Festival de San Sebastián 2017 | Día 4: En realidad, nunca estuviste aquí

El festival de San Sebastián está siendo un no parar y por eso hoy me he visto obligado a afrontar la cobertura de forma individual y centrándome en una sola película. Se ha mezclado la falta de tiempo, pues llegamos muy tarde a nuestro piso, y la falta de motivación ante una jornada que ha sido de un nivel ínfimo, demencial, vergonzoso. No miento al decir que ha sido el peor día festivalero desde que vengo a las tierras donostiarras en estas fechas, con obras terribles de imposible justificación. Sin embargo, como no queríamos dejar este día hueco, he decido pararme a escribir, con mayor extensión que de costumbre y sin destripar absolutamente nada, sobre una de las máximas protagonistas ya no solo de la jornada sino del festival, la nueva película de la directora Lynne Ramsay, En realidad, nunca estuviste aquí (You Were Never Really Here, 2017), protagonizada por Joaquin Phoenix.

Lynne Ramsay es principalmente conocida por ser la directora de Tenemos que hablar de Kevin (We Need to Talk About Kevin, 2011), una buena película en la que exploraba la angustiosa relación entre una madre y su hijo con signos de psicopatía. Ya se dejaban ver ciertos amagues hacia una violencia explícita algo efectista, buscando lo desagradable e impactante, pero nunca se excedía hasta lo insoportable; lo que finalmente te quedaba era un thriller en el que el peligro se encontraba dentro de la propia estructura familiar y no fuera. Ramsay ha adaptado una novela de Jonathan Ames para su siguiente película, la que nos ocupa, que cuenta cómo un hombre violento que trabaja como una especie de cazarrecompensas se ve envuelto en una espiral de asesinatos tras intentar salvar a la niña de un político. Es una historia de violencia que nos mete en la cabeza de este individuo trastornado por los fantasmas del pasado y con tendencias suicidas; un antihéroe con ecos del Travis de Taxi Driver (íd., 1976) y el conductor de Drive (íd., 2011), película con la que, de hecho, guarda algunos parecidos.

Nos encontramos ante una obra en la que podríamos decir que predomina el fondo sobre la forma, es decir, el cómo sobre el qué. La historia en sí es muy sencilla y le sirve a Ramsay para perseguir su principal meta: hacer que la propia cinta tenga el mismo tono enfermizo que los pensamientos, recuerdos y vivencias de su protagonista. Para ello echa mano de un estilo violento, de cortes bruscos y subidas de volumen; las localizaciones son feas y transmiten la suciedad de un ambiente en decadencia, pero también se ven estilizadas por la luz y, sobre todo en flashes que evocan a su pasado como soldado, por encuadres compuestos para epatar más que para cualquier otra cosa. Se aleja, pues, del estilo que mostró en Tenemos que hablar de Kevin, mucho más tranquilo, para abrazar un ritmo desquiciado en el que, durante sus ajustados noventa minutos, la acción no pare y las escenas impactantes no dejen de suceder. Pero claro, todo esto tiene un precio: las ansias por golpearte como espectador, por hacerte vivir una “experiencia”, provocan que el conjunto carezca de cualquier tipo de empaque y de justificación para los tremendos y muy violentos acontecimientos que se suceden.

Me parece interesante lo que ha intentado hacer Ramsay, meternos en la visión del mundo de un protagonista de pocas palabras y de una violencia que asusta, pero el resultado no es solo pobre, sino también repulsivo en muchas ocasiones. Esto se debe a que cuando no trabajas lo suficiente un por qué, surge la gratuidad; y cuando la gratuidad entra por la puerta, lo desagradable de las imágenes se convierte en un insulto para el espectador o, al menos, para el espectador que está escribiendo estas líneas. No tengo ningún problema con que sea una película violenta, es más, solo puede ser una película violenta; sin embargo, la violencia en En realidad, nunca estuviste aquí es una excusa para construir escenas de gran impacto y para crear polémica y nerviosismo, el “si acaba de pasar esto, qué no puede ocurrir”, que me parece del todo superficial. Ramsay juega en ocasiones con el fuera de campo y la elipsis, mostrándonos las consecuencias y no las acciones, pero también se entrega a lo visceral, al asesinato en cámara y al propio gore que acarrean los diferentes asesinatos cometidos en la trama. La película termina con una última escena que confirma el ejercicio vacuo que su directora ha realizado; uno que, imagino, impactará a muchos y escandalizará a otros tantos, pero que a mí me ha provocado rechazo y cabreo ante unas imágenes de una violencia injusta, no ya en ese mundo oscuro que se nos muestra, sino en su propia concepción. Me da la sensación de que Ramsay se vio muchas veces Drive y quiso emular las partes más explícitas de la misma, sin darse cuenta de que la violencia en la cinta de Nicolas Winding Refn era contenida, mientras que en su película se vuelve explícita, vulgar, risible. Ni siquiera un buen Joaquin Phoenix salva una de las más grandes decepciones del festival y del año.

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