Festival de San Sebastián 2017 | Día 5

Por diferentes circunstancias me he tenido que encargar de realizar yo solo la cobertura de este día cinco en el festival de San Sebastián, una jornada en la que os quiero hablar de tres películas muy diferentes entre sí. La verdad es que el nivel medio del certamen está siendo bastante terrible, especialmente en una sección oficial en la que te puedes encontrar cualquier cosa. Era algo que ya ocurría en las pasadas ediciones, solo que, al menos para un servidor, la curva negativa se ha acentuado aún más. Pero bueno, aquí seguimos, buscando el buen cine; y, a veces, como bien muestra el último filme que comento en este artículo, encontrándolo.

La cordillera

La cordillera (íd., 2017) es la nueva película de Santiago Mitre, que ya estuvo hace dos años en el festival con Paulina, un filme que, aun con sus problemas, me convenció bastante. Este nuevo proyecto parecía muy diferente, una especie de thriller político que nos traslada a una cumbre entre países latinoamericanos y que tiene como protagonista al presidente de Argentina, interpretado por Ricardo Darín. Aunque se mantienen algunos signos de la personalidad de su anterior cinta, La cordillera bien la podría haber dirigida por otro realizador; uno que busca ir alternando dos historias simultáneas que afectan al presidente argentino pero que, sin embargo, nunca llegan a confluir de forma definitiva. Está la trama política, que implica a presidentes de otros países en una suerte de juego de poderes, tratos y conversaciones tensas; y después está la trama personal que concierne a la hija del protagonista. Es en esta última donde radica la fragilidad de la narración, pues dicha línea argumental nunca llega a ser realmente interesante, y provoca que el filme sea irregular. La parte de thriller político funciona bien, aunque nunca llega a explotar del todo, y cuando termina de una forma tan abrupta te quedas con la sensación de que a Mitre le ha quedado una película fallida. Un muy buen Ricardo Darín aligereza la función, pero qué pena el resultado en su conjunto, porque ahí dentro había una buena obra.

Borg McEnroe

La presencia de Borg McEnroe (íd., 2017) en la selección de Perlas me parecía tan coherente como inquietante. Coherente porque, como bien se define dicha sección, es una película que ha estado en otros festivales y que visita San Sebastián como “estrella invitada”; e inquietante porque, sin saber mucho del proyecto, tenía pinta de ser otro de esos filmes con aspiraciones comerciales sin nada que aportar al panel ofrecido por el certamen. Me daba la sensación de que podría ser un telefilme barato que se ha colado en Perlas por haber visitado otras citas festivaleras y por rellenar la cota súper comercial de la edición, y básicamente así ha sido: Borg McEnroe es un desastre en todos los aspectos posibles. Nos narra la rivalidad entre dos míticos tenistas, Borg y McEnroe: el primero venerado y con un amplio palmarés a pesar de su corta edad, y el segundo odiado por su mal comportamiento dentro de la pista pero con un talento total que le llama a, quizá, desterrar al campeón establecido. Una película deportiva que cuenta el pasado de ambos y su camino hacia la final que les enfrentará, una final que supondrá el clímax de la historia, todo ello con una dirección pésima, con una estructura que va y viene según los caprichos de un guion sin gracia alguna y de una casposidad notable, y con un trato del deporte en sí que pierde la emoción al, evidentemente, tener que recurrir a la elipsis. En este último aspecto intenta simular lo que se consigue con los combates de boxeo en el cine, esa fuerza y competitivdad que te hace estar al borde del asiento, pero fracasa por la labor de un director que utiliza toda clase de recursos cinematográficos (desde la cámara lenta hasta planos cenitales) de forma arbitraria e ilógica. Personajes poco interesantes interpretado por dos actores, Shia LaBeouf y Sverrir Gudnason, que los defienden como pueden y que son las caras visibles de una de las peores y más bochornosas películas del año.

El museo de las maravillas

El regreso de Todd Haynes con El museo de las maravillas (Wonderstruck, 2017) era para mí uno de los eventos principales de este festival. Tras realizar una de las más grandes obras maestras de este siglo, Carol, se ha sumergido en una historia infantil (o, mejor dicho, para todos los públicos) en la que cuenta en dos líneas temporales, una en los años 20 y otra en los 70, las peripecias de un niña y un niño que comparten distintas conexiones. Tras su paso por Cannes, donde generó algo de división, la hemos podido ver y la verdad es que tengo sentimientos encontrados. Por un lado me ha parecido una buena película llena de momentos mágicos y de un cine delicado y precioso; me encanta cómo narra las escenas de los años 20, en blanco y negro y sin sonido, cual película muda, y en general me parece que funciona su propuesta de ir alternando dicho estilo con otro, el que utiliza en los fragmentos de los 70, a color y con música más propia de la época. Haynes vuelve a demostrar lo gran director que es, cómo fluyen sus imágenes y lo bien que utiliza una banda sonora, compuesta por Carter Burwell, que se ajusta a lo visual como un guante. Por otro lado, en lo negativo, diría que me siento algo decepcionado tanto por mis propias expectativas como por algunas decisiones del director. Venía de hacer Carol, una película impoluta y que me provoca una emoción inmensa, y claro, El museo de las maravillas se queda muy lejos de provocarme eso. Es injusto compararlas, pues ésta es una cinta más liviana y que se acerca a los filmes con tintes experimentales que hizo con anterioridad, como esa especie de biopic de Bob Dylan llamado I’m Not There, pero más allá de eso cuenta con momentos en los que Haynes no consigue despertar la emoción que persigue, especialmente con un final que tiene, quizá, demasiada verborrea. Además, considero que está mucho más inspirada la parte en los años 20 que la de los 70, y que se vayan alternando provoca que el conjunto sea algo irregular. Con todo y con ello, me ha parecido una buena película, y eso, en el presente festival, es decir mucho.

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