Festival de San Sebastián 2017 | Día 6

Volvemos a la tónica habitual en este sexto día del festival de San Sebastián, es decir, un artículo escrito por los dos en el que hablamos de las películas que hemos podido ver. Ha sido, en general, una jornada tranquila, sin muchos sobresaltos y con bastantes filmes que nos han dado mucho juego a la hora de comentarlos. Sin más dilación, y esperando que mañana sea un día tan apacible como hoy, empezamos con el repaso.

Arábia

por Daniel Pérez-Michán

Empezamos el día, sin saberlo, con la que sería la película que más disfrutaríamos de esta jornada en Donostia: Arábia (íd., 2017). De nuevo otra buena sorpresa de esta 65º edición del festival, que en esta ocasión nos llega desde Horizontes Latinos coronándose, a tres días de que acabe el certamen, como nuestra favorita de la sección —que por otra parte, está siendo bastante irregular—. Es curioso que la primera película realmente destacable de Horizontes sea la primera de habla no hispana que vemos (de Brasil concretamente) ya que, con la excepción de la mexicana Las hijas de Abril, este año la mayoría de las películas presentadas en Horizontes se han repartido entre las cinematografías de Chile y, sobre todo, Argentina.

Arábia es una película que se va encontrando a sí misma poco a poco. Comenzamos —mediante una secuencia de créditos iniciales especialmente inspirada— con André, un adolescente que vive en un barrio industrial de una ciudad brasileña, cerca de una fábrica omnipresente . Un día, por una serie de circunstancias que lo llevan hasta él, André se topa con un cuaderno de uno de los trabajadores de la fábrica y se pone a leerlo. Aquí empezaría en realidad lo que nos quiere contar Arábia (de hecho no es hasta pasados los veintitantos minutos que esto ocurre cuando sale a relucir el título del filme),  la historia de un trabajador y el largo camino vital que recorre a lo largo de los ocho años en los que transcurre. Parte de su peculiaridad y encanto es la elección de darle poder a una voz en off en primera persona que se encarga de guiar el relato y dotarle a la obra de un estilo literario y novelesco que le sienta muy bien (aparte de servir como herramienta para empatizar aún más con su protagonista). Así descubrimos este apasionante ¿cuento? de un buscador de vida, un nómada del trabajo, en el que la música tiene verdadero protagonismo: una serie de deliciosas canciones sobre las que orbita el folklore brasileño suenan y son cantadas a lo largo del viaje. Podríamos decir que Arábia es una sincera alegoría sobre la crisis del mercado laboral mundial (su relato podría suceder en casi cualquier parte del mundo) y sin que en ningún momento sus directores, João Dumans y  Affonso Uchoa, busquen aleccionar a nadie, al menos no de forma obvia y directa. La película prefiere centrarse en lo verdaderamente importante: su historia y sus personajes. Ante todo, Arábia es el viaje vital y emocional de su protagonista, un viaje que nos ha conquistado.

madre!

por Daniel Cabo

Darren Aronofsky, director de obras como Réquiem por un sueño o Cisne negro, vuelve a la gran pantalla con madre! (mother!, 2017), protagonizada por Jennifer Lawrence y Javier Bardem. Es una película de la que se lleva hablando mucho tiempo por la enorme controversia que ha ido generando allá por donde ha pasado, e incluso los propios responsables han lanzado campañas de publicidad en las que abrazaban esa división de opiniones tan radical. Hay gente que dice que es una obra maestra, y hay gente que la califica como una de las peores películas de los últimos tiempos. Tras verla no solo me coloco en el segundo grupo, sino que incluso diría que es una de los filmes más asquerosos, despreciables y gratuitos que han pasado jamás por mis ojos. Con tintes fantásticos y de película de terror, madre! nos sumerge en la pesadilla que vive su protagonista cuando se va dando cuenta de que gente a la que no ha invitado está visitando o incluso hospedándose en su casa, inquietud que se incrementa al ver que su marido parece contento al respecto. Aronofsky quiere que su obra sea una experiencia claustrofóbica, que no haya ni un segundo de respiro, y lo único que consigue es marearte con constantes movimientos de cámara. Tampoco ayuda que se tome tan en serio a sí misma cuando claramente tiene elementos con los que se podía hacer comedia; es intensa y avasalladora hasta el agotamiento. Pero el principal motivo por el que digo que mother! es una película que merece todo tipo de desprecios es por la cuestión moral de sus imágenes y la gratuidad que desprenden; no al principio, pues ahí entendemos que Aronofsky nos ha introducido en su parque de atracciones privado y creemos que todo llevará a algún sitio, sino que a medida que vamos conociendo la naturaleza de la historia, lo que se nos quiere contar, más enfermizo y superficial es. Las metáforas son de todo menos sutiles y el tramo final, excesivo hasta la risa, deja momentos de una violencia insoportable y que solo sirve para provocar. Lawrence y Bardem están bien, pero qué más da cuando lo que les rodea, ese espectáculo bizarro que se ha marcado su director, da tanto asco.

Happy End

por Daniel Cabo

Otro director que también regresaba era Michael Haneke, reconocido en tantos festivales internacionales, ganador de dos Palmas de Oro en Cannes y que a mí, sin embargo y con el puñado de películas suyas que he visto, me parece un cineasta formalmente muy limitado y moralmente muy reprobable. Aunque no es momento para analizar en profundidad el por qué, la obra de la que me toca hablar, Happy End (íd., 2017), viene a ser un buen ejemplo de sus puntos más flojos y su incapacidad para mantener el ritmo de una obra. Aquí nos habla de dos cosas: la familia y las nuevas tecnologías. En el primer campo nos traslada a una familia con tensiones en varias partes, y en cuanto a la tecnología la usa para hablar del comportamiento humano y la máscara de la que disfrutamos cuando una pantalla nos protege; eso sí, todo esto a un nivel muy básico, sin profundizar en ningún momento. Happy End es un completo desastre por su incapacidad para que su conjunto se sienta sólido, dando a veces la sensación de que estás viendo escenas independientes que no acaban de encajar con el hilo narrativo general. No existe el ritmo, los personajes son planos, la dirección es básica y las ideas muy limitadas. En el último plano, cuando se deja claro el mensaje de la película respecto a cómo las tecnologías transforman o ayudan a ciertos comportamientos, sientes que todo lo anterior ha sido relleno, que ese mensaje llevado de una manera tan superficial no te aguanta una película; y así es. Mientras tanto Haneke intenta animar la función con golpes de su tan conocida violencia y acciones inquietantes, pero ni eso le funciona para que Happy End no sea, además de horrible, un sopor.

Le Semeur

por Daniel Pérez-Michán

Si hay algo que me pone muy nervioso de un festival de cine tan grande como el de San Sebastián es el número de películas que incluye en su programación. Sí, evidentemente es bueno que haya tantas, pero a la hora de hacerse un planning e intentar escoger “la menos mala” se hace bastante complicado. Esta sensación se turbulenta aún más cuando uno se enfrenta a una sección tan arriesgada como la de Nuevos director@s. Si ya de por sí de las películas que podemos ver aquí tenemos pocas referencias (si acaso las que vienen de Perlas), imaginaos que pasa cuando tratamos con una sección que abarca las óperas primas (y en algunos casos, segundos trabajos) de directoras o directores que pueden llegar a ser un gran nombre internacional en un futuro. 

En cualquier caso, uno de estos “atrevimientos” que hemos decidido dar en esta edición se llama Le semeur (íd., 2017), una ópera prima francesa de la directora Marine Franssen. Franssen, que fue asistente de dirección de Olivier Assayas y Michael Haneke (del que justamente hoy hemos visto su nueva película), sitúa su primer largometraje en la Francia pre-napoleónica. Concretamente en un pequeño pueblo que se ve impactado por las primeras consecuencias de la represión de Napoleón ante los republicanos, dejando el lugar despoblado de hombres y por ende a las mujeres en un aislamiento total. La historia sigue a una de esas mujeres que se quedaron en el pueblo, una joven en edad de casarse sin tener a nadie con quien hacerlo. En su desesperación, el pueblo hace un juramento: “si un hombre viene, será para todas”. El enfoque preciosista que tiene Franssen para contar esta historia le viene como anillo al dedo, apoyado por una más que decente fotografía. Pauline Burlet se hace destacar protagonizando este revelador drama de época que cuenta en su haber con algún que otro giro de guion interesante, pero que se distingue, sobre todo, por el talento de una directora emergente.

La llamada

por Daniel Cabo

En las propuestas españolas del festival nos encontramos con la adaptación del famoso musical que tanto lleva representándose en Madrid, La llamada (íd., 2017), y que supone el debut cinematográfico de sus creadores, Javier Ambrossi y Javier Calvo. Nos cuenta la historia de dos jóvenes que son castigadas a quedarse en el campamento cristiano donde se encuentran después de ser pilladas saliendo de fiesta. Un argumento ligero que habla sobre la identidad, la amistad y la búsqueda de Dios, esto último desde una perspectiva absolutamente creyente, pues a una de las protagonistas se le aparece un señor del que no duda su naturaleza divina. Más allá de unas lecturas que le vienen grande a la propia película, nos encontramos ante una obra ligera, una comedia en la que funcionan mejor los chistes del personaje de Belén Cuesta (que, por otro lado, es lo mejor del filme) que las canciones, poco inspiradas y con una puesta en escena muy básica. Es cierto que al ser una ópera prima tampoco sería lógico esperar un control maestro de los elementos cinematográficos, pero aún así la película se siente demasiado simple, renqueante, alcanzando momentos de una gran comicidad (más por las interpretaciones que por el texto) para después caer en la monotonía de un carrusel de chistes que se acaban haciendo repetitivos. Tampoco ayuda que los personajes sean tan endebles en sus arcos dramáticos, solucionando subtramas como la del novio del personaje de Anna Castillo sin darnos el contexto de por qué ha ocurrido eso. Todo concluye en un cierre bochornoso que da cuenta de la vacuidad de, sobre todo, el personaje protagonista que encarna Macarena García. La pantalla se va a negro, vuelve a sonar el tema de Leiva y todos vamos saliendo de la sala, habiendo pasado un rato agradable pero sin llevarnos prácticamente nada.

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