Festival de San Sebastián 2017 | Día 8

Esta edición del festival de San Sebastián no ha llegado a su fin oficialmente, pues el último día es mañana, pero esta octava jornada ha sabido bastante a cierre. El sábado es tiempo para recuperar algunas cosas, tomárselo todo con más calma y, claro, conocer el palmarés que los distintos jurados han considerado justos. Hasta que llegue ese momento, el viernes hemos visto cosas que merecen la pena ser comentadas, ya sea porque nos han encantado, por todo lo contrario o porque son lo nunca visto, como una serie de televisión en sección oficial en Donostia, por ejemplo. Vayamos a ello por penúltima vez este año.

La peste

por Daniel Pérez Michán

Sí, lo sabemos, se hace raro ver una serie en un festival de cine. No voy entrar en el debate de si La peste debería estar o no en sección oficial, pero, como temíamos, la sensación de ver algo incompleto y no un todo arruina un poco la experiencia (solo hemos podido ver los dos primeros capítulos). Alberto Rodríguez es un director muy querido por el festival de San Sebastián, allí dio el pistoletazo de salida a su carrera con la presentación de su ópera prima El factor Pilgrim en el año 2000, y en los años posteriores se le pudo seguir en el festival compitiendo por la Concha de Oro hasta en tres ocasiones (7 vírgenes, La isla mínima y El hombre de las mil caras); en todas consiguió premio para sus actores protagonistas.

Con La peste, Alberto Rodríguez da una vuelta de campana a su registro habitual pasándose al drama histórico, eso sí, con uno de los mayores —sino el mayor— presupuesto jamás dado en España para realizar una serie de televisión. La ambición del proyecto no es poca, y eso se nota ya en los primeros compases del capítulo que abre la serie. Esa Sevilla del siglo XVI realmente luce como una gran metrópoli y en los grandes planos generales se puede apreciar que estamos, efectivamente, ante una de las ciudades más bonitas del mundo. Rodríguez se sirve de una trama principal bastante sencilla en su primer capítulo (tras enterarse de la muerte de su mejor amigo, un proscrito deberá volver a Sevilla para sacar de allí al hijo bastardo del fallecido) que le sirve como base para construir el resto de subtramas que se ramificarán junto a esta, poblando la serie de personajes interesantes con mucho que contar aún. Casi de lo que más me llama la atención de lo que hemos podido ver en estos dos capítulos, quitando su evidente y logrado diseño de producción, es cómo convierte lo que parecía un drama de época convencional en una historia detectivesca y misteriosa que puede dar mucho juego. Celebro que se esté apostando por productos de calidad en la televisión de nuestro país, con una dirección de fotografía a la altura de productos de al otro lado del charco y con unas ambiciones necesarias para que todo esto no se vaya a pique. Veremos cuando se estrene finalmente cómo se extiende el brote de peste.

Fe de etarras

por Daniel Pérez Michán

Hoy el día va de probar cosas nuevas. Si con La peste hemos tenido nuestra primera experiencia viendo una serie en el festival, con Fe de etarras (íd., 2017) hemos vivido lo propio con una producción original de Netflix. La nueva película de Borja Cobeaga aleja la polémica que se vivió en Cannes por la inclusión de películas de la plataforma en su sección oficial para atraer una polémica aún mayor debido al contenido de la propia obra aquí presente: el hacer comedia sobre ETA. Netflix ha sabido muy bien cómo jugar sus cartas y ha aprovechado todo esto para generar controversia y alimentarse de la polémica promocionando la película con un cartel que ya se ha convertido casi en una atracción turística del propio festival y del que no se paró de hablar en redes sociales los días previos del mismo. Eso sí, si había alguien capacitado para hacer una comedia con este tema en España ese era Cobeaga, que tras su trayectoria como guionista en Vaya Semanita y su tratamiento del conflicto vasco en Negociador era un proyecto que tenía que salir tarde o temprano (de hecho el guion llevaba años guardado en el cajón del donostiarra). La película no deja de ser una comedia entretenida sin muchas más pretensiones y con escaso valor cinematográfico. Por otro lado, su limitado número de chistes/gags que hagan realmente gracia impide que tenga la potencia cómica que podría haber tenido. Imagino que en territorio español funcionará bien (el morbillo del tema dará muchos clicks, así como el tener en cartel a Javier Cámara), más difícil es intentar predecir cómo se verá la película en los otros 190 países adonde llega Netflix cuando se estrene el 12 de octubre, día de la Hispanidad.

El león duerme esta noche

por Daniel Cabo

Que haya encontrado mi película favorita del festival en el que es prácticamente el último día grande del certamen me produce una alegría tremenda. El león duerme esta noche (Le lion est mort ce soir, 2017), nueva obra del director japonés Nobuhiro Suwa esta vez rodada en Francia teniendo como protagonista a Jean-Pierre Léaud (conocido, entre otras cosas, por ser el niño de Los 400 golpes de Truffaut), nos habla de un actor que, en un parón de un rodaje, se verá envuelto en un viaje al pasado en la tierra donde perdió a su único amor y también en una película improvisada que un grupo de niños están haciendo por diversión. El león duerme esta noche me parece una obra maestra por muchos motivos. Primero, por la delicadeza con la que Suwa narra esta historia, con esos movimientos de cámara tan suaves y una puesta en escena increíblemente precisa; no hay más que ver el cómo utiliza los espejos, tanto con una función estética como argumental. Segundo, está repleta de personajes inolvidables, desde un protagonista tremendamente complejo hasta ese amor que se le aparece en forma de fantasma, sin dejarme atrás a ese grupo de niños que quieren hacer una película por el simple hecho de disfrutar del proceso, de vivirlo, de ser parte de ello. Tercero, y podría seguir así hasta que la longitud del párrafo excediera lo recomendable, es un filme repleto de amor por el propio arte cinematográfico, no solo porque lo trate en la narración sino por cómo lo transmite, la calidez que desprende y lo emocionante que es ver a Léaud, una leyenda del cine francés, encarnar a ese hombre que cree que la edad más interesante de un hombre transcurre entre los 70 y los 80 años, pues ahí es cuando debe prepararse para el encuentro con la muerte. Es una película muy compleja en su aparente sencillez; una obra enorme que se siente humilde, que te emociona desde la sinceridad y la sensibilidad. Cuando terminó y las luces se encendieron apuntando a sus dos protagonistas y a su director, presentes en la sesión, no quedó otra que aplaudir.

Loving Pablo

por Daniel Cabo

La encargada de clausurar la sección de Perlas en esta edición del festival de San Sebastián ha sido la nueva película de Fernando León de Aranoa, Loving Pablo (íd., 2017), un biopic del traficante colombiano Pablo Escobar protagonizado por la pareja española de actores más internacional, Javier Bardem y Penélope Cruz. Es curioso cuando en un indeterminado periodo de tiempo a la industria hollywoodiense le entra una obsesión por ciertos personajes históricos, como está pasando actualmente con Escobar y, en menor medida, con Churchill. Entre la serie Narcos y otros filmes en los que hace acto de presencia, la figura de dicho traficante es actualidad en el mundo audiovisual. ¿Qué ha venido a aportar Aranoa a lo que ya sabíamos? Básicamente nada. Centrándose en la relación entre Escobar y una famosa presentadora de televisión, Loving Pablo resulta un biopic soso y risible que intenta mantener un tono frenético de thriller pero que acaba cayendo en la comedia involuntaria gracias a un guion lamentable tanto en estructura como en diálogos, al igual que por unas interpretaciones que parecen parodiar el texto. Bardem acaba convertido en una parodia de la persona y el trabajo de Penélope Cruz no tiene nombre, componiendo una de las peores actuaciones que recuerdo en esta década. A todo esto hay que sumarle la cuestionable decisión de rodarla enteramente en inglés para exportarla a territorio anglosajón con mayor comodidad pues, aunque desde un punto de vista comercial es entendible, en cuanto a la coherencia del filme es del todo insostenible: no nos podemos creer que, por ejemplo, en el congreso de Colombia la gente hable en inglés y, ¡por si fuera poco!, también utilizara palabras ocasionales en español. Un espectáculo bochornoso. No solo es que Loving Pablo no aporte nada a la narrativa que se ha creado alrededor de ese infame hombre, sino que resulta un acercamiento pueril y manido que solo nos ha mantenido entretenidos por esos golpes cómicos involuntarios.

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