Festival de San Sebastián 2018: El reino, First Man y 3 Faces

Volver al festival de San Sebastián siempre tiene un sabor especial. Ya es nuestro cuarto año consecutivo cubriendo una de las fechas cinéfilas marcadas en rojo en nuestro calendario, y eso que parece ayer cuando llegábamos por primera vez a esta ciudad y nos colgábamos nuestra recién estrenada acreditación. Son muchas las películas y los recuerdos que se amontonan en estas calles, en estos cines y en estos bares, y siempre apetece volver para crear más, para ver más cine, para disfrutar, al fin y al cabo, del ambiente de un festival así. Nuestra querida web no ha estado especialmente activa en los últimos tiempos por diversos motivos, pero eso no quita que vayamos a traeros, sacando tiempo de debajo de las piedras, unos cuantos artículos hablando de algunas de las películas más destacados del certamen. También tenemos intención de grabar algún podcast aprovechando, ¡ojo cuidado!, que no solo estamos los Danis en tierras norteñas sino también Alejandro, que ha venido como miembro del jurado joven. De momento, aquí tenéis este artículo en el que hablamos de tres de los filmes que más han dado que hablar en los primeros días.

El reino

por Daniel Cabo

Resulta como mínimo llamativo que la producción de películas españolas que tienen como eje la corrupción política sea tan inferior a lo que el público demanda, al menos si tenemos en cuenta el éxito rotundo de muchos programas televisivos que se dedican diariamente a informar y debatir sobre el poder que nos gobierna. Es un tema incómodo de tratar, en cualquier caso, imaginando las múltiples presiones y dificultades que se puede encontrar un cineasta dispuesto a revolcarse en ese barro. Rodrigo Sorogoyen, después del más que competente thriller Que Dios nos perdone, ha dado ese paso y en su nueva película, El reino, nos sitúa de protagonista a un corrupto, un parásito del sistema que se da a la buena vida a costa de un dinero que no debería ir destinado al gozo de su familia y amigos. Un excelente Antonio de la Torre se encarga de dar vida a un personaje que, siendo despreciable, se convierte en nuestro principal punto empático en una trama de corrupción, favores, presiones y trapos sucios. El reino, desde ya no solo una de las grandes películas de esta edición del festival sino también del año cinematográfico hasta el momento, resulta todo un triunfo tanto en la representación de la realidad política corrupta (con sus correspondientes dramatizaciones en pos de otorgarle un ritmo más propio de un thriller policíaco) como en su carácter de película espectáculo en la que Sorogoyen, virtuoso de la cámara, realiza alguna de las secuencias más sorprendentes que nos ha dejado el cine patrio (y más allá) en los últimos tiempos. Su cámara vuela, se apoya en el plano secuencia para transmitir esa urgencia y el ritmo no para de crecer, especialmente en una segunda hora que no da tregua.

El enorme salto que dio el cineasta de su ópera prima, Stockholm, a Que Dios nos perdone se reafirma aquí como mucho más que la suerte del principiante: resulta envidiable el pulso que le imprime a la narración, la tensión que construye y la violencia contenida que emana de sus imágenes. La escena final, con una Bárbara Lennie pletórica, cierra con broche de oro una película estupenda que, sin apuntar con el dedo a nadie en particular, habla de la corrupción de este país, de las cloacas morales y de las personas que, una vez expuestas, solo quieren salvar el pellejo sin importar a quién se lleven por delante. Está lejos de ser un ensayo profundo sobre el tema, aunque tampoco lo pretende; también se deja llevar por cierto histrionismo en algunos momentos, al igual que puede saturar en su uso algo machacón de la banda sonora. Sin embargo, los pequeños peros no manchan un filme que confirma a Sorogoyen como uno de los directores más interesantes del panorama nacional.

First Man

por Daniel Pérez-Michán

La curiosidad ante lo nuevo de Damien Chazelle se podía palpar varios minutos antes de que abrieran las puertas del Teatro Principal, donde hemos podido asistir a la primera proyección del festival. Fácilmente ha sido la cola más extensa que se ha generado previo a un pase en lo que llevamos de edición. Y no es de extrañar, Chazelle viene de haber orquestado uno de los grandes fenómenos del cine adulto reciente como es La La Land, la casi ganadora al Oscar. Sin embargo, aquellos que esperaran encontrarse aquí algunas trazas de lo vivido con Mia y Sebastian que se vayan olvidando. Si acaso una unión temática, que es casi lo único a lo que uno se puede agarrar para admitir que First Man es una película del director de Whiplash, la ya manida visión que tiene del triunfo: que para alcanzar la cima en tu gremio, para conseguir la más absoluta de las excelencias, hace falta sacrificar el resto de cosas que llenan tu vida. El sacrificio de Neil Armstrong (Ryan Gosling) para llegar a convertirse en el primer hombre en pisar la luna afecta, como no podía ser de otra manera, directamente a su familia, fundamentalmente a su mujer (Claire Foy). Mi sorpresa ha sido descubrir que este sacrificio no es del todo el conflicto dramático de Armstrong sino que se genera y orbita alrededor de una tragedia que acontece a los pocos minutos de empezar la película y que Chazelle le va a hacer volver a él a lo largo de todo el metraje como una losa que el astronauta ni puede ni quiere quitarse de encima.

Siempre he pensado que Damien Chazelle no era un gran director pero sí que su (corta) filmografía estaba bien sustentada entre otras cosas por varios pilares esenciales que conforman sus colaboradores habituales: Tom Cross en el montaje —toda la secuencia del viaje del Apolo 11 es magnífica en este apartado— y especialmente Justin Hurwitz a cargo de la excelente y heterogénea banda sonora, de la cual estoy seguro que volveré a ella en los meses venideros. Y es una pena que el trabajo de este último sea tan superior a lo que ofrece Chazelle en la dirección, ya que se me queda una sensación algo agridulce en su conjunto. Es un biopic con clara vocación mainstream, y eso puede que la haya perjudicado un poco en su concepción (estructura clásica, reiteración en la narrativa…); y ya hablaremos otro día de que solo haya dos personajes femeninos y ambas sean “mujeres de”­­. First Man peca de ser demasiado fría, muy aséptica. Incluso los momentos que deberían funcionar como clímax emocionales no llegan a transmitir nunca lo que deberían.

3 Faces

por Daniel Pérez-Michán

De entre los títulos más destacables que hemos visto estos días en Perlas, la sección que recopila películas a modo de grandes éxitos de la temporada festivalera, se encuentra 3 Faces, directa de la sección oficial del festival de Cannes, donde ganó mejor guion. Mi primer acercamiento al cine del iraní Jafar Panahi fue aquí mismo, en San Sebastián, hace unos cuantos años con el estreno de Taxi Teherán, también en Perlas. Al igual que en aquella, aquí se sigue jugando con la realidad y la ficción de una forma muy interesante, aunque se mueve en otras latitudes. Aún así, creo que 3 Faces expande adecuadamente el universo fílmico creado en la anterior película del director. Siguiendo con los paralelismos con Taxi Teherán3 Faces comienza en un coche (tras haber visto un impactante vídeo grabado en un móvil que prende la llama de esta particular historia), eso sí, en un gran plano largo en el que se asienta y queda claro el ritmo y el estilo de la película para el no conocedor de la obra previa del director. Dicha expansión, temática y narrativa, sucede al trasladar gran parte de la trama a un pequeño pueblo en mitad de un valle. La idiosincrasia de la gente del pueblo, sus costumbres y sus normas le sirve a Panahi como trasunto de la misma Irán. Y el vídeo antes mencionado, en el que se presencia cómo una niña del pueblo a la cual su familia no la deja estudiar para ser actriz se suicida, le funciona como metáfora ideal a Panahi para hablar, una vez más, de la opresión que ejerce su nación ante la libertad de expresión.
A ratos podría incluso definirla como una road movie, movida por igual entre los terrenos de la ficción y la realidad como de la comedia y el drama (teniendo siempre más en cuenta lo segundo que lo primero), y apoyada sobre una destacable interpretación de la actriz Behnaz Jafari junto al propio Panahi. El espectador, por inercia, se sentará en la sala pensando en ficción pero todo dentro de la obra le hará dudar de la realidad de los asuntos que se filman, llegando a plantearse si realmente 3 Faces es un documental que Panahi está rodando clandestinamente. De hecho, este estilo tan particular que tiene de filmar sus cintas más recientes no es ningún capricho pues sale de la necesidad imperiosa de hacer cine ante la negativa de su gobierno, que se lo tiene prohibido. Y resulta aquí más brillante que nunca cómo consigue hacer de algo tan negativo un resultado muy positivo. Ojalá ver algún día a Panahi subiendo a recoger un gran premio en un festival de cine, y ojalá lo hubiera hecho en Cannes por su premio al mejor guion. A pesar de todo, y aunque se juegue su cuello cada vez que se pone detrás (y delante) de una cámara, por mí que no pare de hacer lo que mejor sabe.

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