Festival de San Sebastián 2018: Quién te cantará, Cold War, Pájaros de verano y An Elephant Sitting Still

Os traemos otro artículo en el que hablamos de cuatro de las películas más interesantes que hemos podido ver estos días en el festival de San Sebastián. Señalamos, también, que hemos decidido que el podcast que vamos a grabar (con nuestro amigo y compañero Alejandro) sea para clausurar nuestra cobertura, es decir, lo haremos el último día para comentar las películas que más nos han gustado. Sin más dilación, empecemos.

Quién te cantará

por Daniel Pérez-Michán

El día de hoy ha sido bastante común en un festival como este, por una parte hemos visto películas que personalmente me han gustado mucho (como Cold War o la monumental An Elephant Sitting Still, de las escribe en este mismo articulo mi compañero Daniel Cabo) y otras que esperaba con muchas ganas han resultado ser las dos grandes decepciones del día. La primera, y la más dolorosa, es la de Quién te cantará. Magical Girl sigue siendo a día de hoy una de mis películas españolas favoritas de los últimos años, por lo que mi sorpresa ha sido mayúscula cuando conforme sucedían los minutos de su nuevo filme no me podía creer según que cosas.

Lo más problematico de Quién te cantará es sin duda su guion. Creo que nunca veremos algo dirigido por Carlos Vermut que no haya salido de su cabeza desde un inicio pero creo que podría salir algo competente pues tiene ideas visuales con potencial, que aquí, al menos, se quedan a medio gas o se exhiben como un cuadro sin significado o fin. La historia de Quién te cantará es sobreexplicativa, con subtramas que no hacen más que empeorar el conjunto (pienso sobre todo en la del personaje de Natalia de Molina, que directamente está en otra película diferente al resto de personajes) y siempre con un punto en la que se cree mejor de lo que es. Da la sensación que a Vermut nadie la ha parado los pies y rueda la mayoría de escenas de Quién te cantará como si estuviera revolucionando el séptimo arte con imágenes icónicas que presuponen que el público tiene que recordar una vez salga de la sala.

Por otro lado sí que son destacables las dos intérpretes protagonistas, que sin mucho problema son lo mejor de la cinta. Y como pasara en la anterior película del director madrileño cuando estableció definitivamente a Bárbara Lennie en la cinefilia española, su nueva obra sirve de vehículo para Eva Llorach, que ya había trabajado en los dos primeros trabajos de Vermut pero que aquí se coloca en primera plana para reverberar por toda Donostia estos días como uno de los premios casi asegurados en el palmarés del sábado.

Cold War

por Daniel Cabo

Una de las películas que más expectativas creaban del festival era Cold War, nueva obra del director Pawel Pawlikowski que hace unos años conquistó a la crítica con la interesante Ida. Manteniendo una propuesta formal similar, echando mano del blanco y negro y jugando con encuadres que muestran espacios vacíos o a los personajes en la parte inferior de los mismos, Cold War supone un paso adelante en bastantes de los puntos claves con los que juega este cineasta. Narra la constantemente interrumpida historia de amor entre dos amantes a lo largo de quince años y lo hace en una estructura elíptica que le permite a la cinta tener una duración muy ajustada que no llega a la hora y media, lo que juega a su favor y en su contra al mismo tiempo. A su favor porque consigue encapsular de forma hábil pequeños momentos de una relación destinada a no perdurar, a su vez que, al menos en el contexto de un festival, se agradece que una película cuyo apuesta podría haberse alargado a las dos horas largas se quede en algo más breve y condensado. Sin embargo, la mencionada naturaleza elíptica de la narración conlleva cierta distancia emocional con los personajes: en mi caso apenas he empatizado con sus vivencias, lo que me ha supuesto una emoción nula en los momentos más dramáticos. Comprendo lo que intenta hacer Pawlikowski, pero quizá habría necesitado más tiempo para afianzar con mayor fuerza la relación entre ambos y que todo no pareciera atropellado o excesivamente fugaz. En cualquier caso hay una cosa que no se le puede negar a Cold War: es una película de una enorme belleza visual. La fotografía juega un papel clave en la composición de la atmósfera y el director utiliza mejor que en Ida los elementos estéticos y la planificación y movimientos de la cámara (con especial mención a las escenas que transcurren en el club L’Eclipse, claro guiño al filme de Antonioni). Aun con los problemas que he tenido a la hora de conectar con ella emocionalmente, me es imposible negar que estamos ante una de las películas más relevantes y reseñables de la presente edición.

Pájaros de verano

por Daniel Pérez-Michán

Hablaba antes de las decepciones con las que uno se tiene que enfrentar siempre en un festival con las nuevas películas de directores que te gustan y me da rabia que me ocurra justo con la nueva película de Ciro Guerra. El director colombiano, que me maravilló hace un par de ediciones del Zinemaldia con la mística y grandilocuente aventura en blanco y negro que era El abrazo de la serpiente, fue uno de los grandes nombres que me llevé apuntado de vuelta a casa y desde entonces he estado pendiente del desarrollo de sus siguientes proyectos. Pájaros de verano es el primero que nos llega, directo desde Cannes, co-dirigido esta vez junto a su productora Cristina Gallego. En ella, Ciro Guerra vuelve a centrarse en sus raíces (no tan profundas como en su antecesora, pero raíces al fin y al cabo) en la exploración de su cultura: con su baile de distintos idiomas, con las fiestas tradicionales y normas de cada clan; a todo color en esta ocasión. El tema principal del filme, de hecho, es cómo todas esas costumbres se van perdiendo, mayoritariamente, a costa del gran peso que tiene a sus espaldas el pueblo colombiano: el narcotráfico. En la película, por tanto, asistimos al nacimiento del narcotráfico colombiano y por ende del narcotráfico moderno que perdura hasta nuestros días. Mi problema con esta historia, dividida en cinco cantos, es la indiferencia que me genera todo lo que cuenta (por interés personal y por acumulación de este tipo de historias en el audiovisual reciente) tanto como que el poder y el dinero corrompe no solo los valores folclóricos sino la propia familia, como la retahíla de traiciones y venganzas que elevan todo a una escala operística. Eso sí, Ciro Guerra no pierde su toque y salva con su magnética dirección lo que a grandes luces me ha supuesto una dolorosa decepción.

An Elephant Sitting Still

por Daniel Cabo

Enfrentarse a una película de cuatro horas de duración es todo un reto, y más si se enmarca en un festival de cine en el que siempre hay que hacer malabarismos para cuadrar todo lo que uno quiere ver. An Elephant Sitting Still es la primera y única película de Hu Bo, director chino que se suicidó el pasado año y que ha dejado ya para la posteridad una obra mastodóntica. Narrando varias historias de personajes fríos y afectados cuyas vidas se van cruzando por diferentes circunstancias, nos encontramos ante una película de una enorme complejidad que se va tomando su tiempo para mostrarnos sus temas, conflictos y razones. A lo largo de sus cuatro horas de metraje, las cuales no se hacen en absoluto pesadas, Hu Bo (también autor del guion, en el que parece reflejar sus obsesiones) crea una estructura en la que todas las tramas van desenvolviéndose con pausa pero con total precisión, al igual que demuestra unas dotes superdotadas a la hora de desarrollar la puesta en escena cinematográfica. La cámara sigue a los protagonistas mientras deambulan por esas calles grises, jugando con el desenfoque y haciendo que sean ellos el punto de atención de la cámara, difuminando a otros personajes que interactúan con ellos. Se crea así una sensación de aislamiento que casa por completo con los temas de la película, que tiene una visión fatalista y desencantada de la realidad. Hu Bo narra casi todas las escenas mediante largos planos secuencia que, además de acertados para transmitir las sensaciones del libreto, provocan que el ritmo pausado se haga más digerible y la duración tan pronunciada no sea un gran impedimento a la hora de seguir con máxima atención todo lo que ocurre en pantalla.

An Elephant Sitting Still, precioso título con un significado poético completado en su estupenda escena final, es una película maravillosa en prácticamente cualquiera de sus apartados. Es cierto que encuentro algunos detalles argumentales un poco excesivos, como si el autor quisiera remarcar el tono pesimista del la historia a través de giros algo forzados, pero se quedan en lo anecdótico si se contrastan con la obra en su totalidad. Es una pena que no vayamos a ver más películas de Hu Bo porque, considerando que esta es su ópera prima, podría haberse convertido en uno de los grandes directores asiáticos de nuestro tiempo. Sin embargo, y como se deja ver en cada fotograma de la película, todo apunta a obra definitiva, como si su creador lo hubiera soltado todo sobre el papel y lo hubiera convertido, con un talento sobrecogedor, en imágenes que se quedarán ya para siempre en la historia del cine.

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