Festival de San Sebastián 2018: Roma, Ha nacido una estrella y Entre dos aguas

El final de esta edición del festival se va acercando y de nuevo os traemos otro artículo en el que hablamos de tres de las películas que más esperábamos del certamen. Una es mexicana, la otra estadounidense y por último cerramos con una producción española. Sin más dilación, hablemos de ellas.

Roma

por Daniel Pérez-Michán

La vuelta de Alfonso Cuarón al cine mexicano era mi película más esperada del año, y me siento un privilegiado al poder haberla disfrutado en un cine —la distribuye Netflix, y ya se sabe—. Aunque creo que Roma es una película bastante admirable y en la que me pongo de parte de sus defensores casi sin mucho problema, me es imposible compartir el entusiasmo generalizado que la abraza como la gran obra maestra que yo he intentado encontrar sin éxito, y no por falta de ganas. Partamos de la base que desde un principio me ha costado entrar en la narración que propone Cuarón, una historia casi autobiográfica que funciona como homenaje a las mujeres que lo criaron en la que vivimos una mezcla de recuerdos de su infancia hechos cine. Esta distancia personal que me ha supuesto el propio devenir del relato no me ha impedido disfrutar del filme en general ni de, incluso, conmoverme en un par de momentos realmente inspirados emocionalmente hablando. Por otro lado, se podría decir que es hasta paradójico que siendo el proyecto menos arraigado a la técnica como principal vehículo del director en años sea precisamente su virtuosismo el que me ha hecho quedarme prendado de Roma. Cuarón se sirve de toda su experiencia previa para realizar un arriesgado salto al vacío cargando sobre sus hombros no solo la dirección del filme sino la propia dirección de fotografía, desprendiéndose por primera vez en años de su querido Lubezki. Y no se echa de menos a El chivo en absoluto, siento que sacan provecho de todas su armas para conseguir imágenes realmente impactantes dentro de un aprovechado blanco y negro. Estoy casi seguro de que Roma crecerá en mi memoria poco a poco (ahora tengo poco más que decir de ella) e igualmente lo más probable es que vuelva a verla, ahora sí, en la pequeña pantalla cuando la estrene Netflix el 14 de diciembre.

Ha nacido una estrella

por Daniel Cabo

­Las tremendas buenas críticas que había recibido la nueva versión de Ha nacido una estrella en otros certámenes no disminuían mi cautela a la hora de acercarme a ella. Uno de los principales motivos, más allá de su apariencia de película media hollywoodiense sin mucho que aportar, era su carácter de ópera prima, y además la de su propio actor protagonista, Bradley Cooper, que para rizar el rizo se veía acompañado por el debut cinematográfico de Lady Gaga. Ambos interpretan la pareja que lleva la voz cantante (literalmente) en esta historia que nos narra el ascenso al estrellato de ella y la degradación, alcohol y drogas mediante, de él. Si bien se nota en según qué decisiones que nos encontramos ante un debutante que ha bebido de algunos directores con los que ha trabajado (en algunas escenas hay un deje muy peligroso a David O. Russell, aunque por suerte lo consigue evitar), no hay que quitarle mérito a la labor de Cooper a la hora de jugar sus cartas de una manera efectiva e inteligente. No hay nada brillante a nivel formal, pero siempre reina la cómoda sensación de que el director tiene bien sujeta la película, y es en las escenas musicales donde se permite alguna floritura y apuesta interesante, sobre todo para crear una sensación épica y en la que prima la emoción. La primera hora funciona muy bien; es lo que te puedes esperar de una producción así, pero con mejor gusto que la media. Los problemas llegan a partir de la segunda mitad, cuando la narración abandona ligeramente los momentos protagonizados por la música y se centra en la relación cada vez más complicada de los dos personajes, navegando aguas más previsibles. La estupenda labor actoral de Cooper y la presencia de Lady Gaga (más en momentos intensos que en los íntimos) no dejan que la película descarrile, y la sensación final es que, oye, Ha nacido una estrella quizá también signifique que en Hollywood ha nacido un director.

Entre dos aguas

por Daniel Pérez-Michán

La leyenda del tiempo es una de mis películas favoritas del cine español. En ella, Isaki Lacuesta contaba dos realidades desde la ficción: la de una japonesa que se mudaba a San Fernando para aprender a cantar como Camarón y —más interesante aún— la de dos hermanos isleños, Isra y Cheito, que tras la muerte de su padre intentaban seguir con normalidad su día a día en su paso a la adolescencia. Toda la película en sí mantenía un diálogo abierto con la figura y obra de Camarón y conseguía lo imposible al versar de forma tan poética una realidad cuasidocumental. Doce años después Isaki Lacuesta estrena en la sección oficial de San Sebastián Entre dos aguas, secuela de la trama de aquellos niños gitanos ahora inevitablemente adultos. No pocos la han comparado con lo que hizo Truffaut con su Antoine Doinel, de hecho, Lacuesta no esconde sus ilusiones de seguir rodando la historia de Isra dentro de unos años. Su estatus de secuela, sin embargo, me hace tener en mente otra película más reciente: Trainspotting 2, una de mis secuelas favoritas de los últimos años, por cómo entabla conversación con la original (fascinante uso del montaje en todas las escenas que evocan a esa especie de recuerdos fílmicos procedentes de la anterior), la sensación de que todo está igual pero a su vez todo ha cambiado o el peso de los años dentro y fuera de la ficción. Pero, de hecho, lo verdaderamente interesante de la propuesta que ofrece el director es cómo amolda la ficción en la realidad, y viceversa. Todos los aspectos del filme se vuelcan en torno a esta máxima: que no parezca que exista un trabajado guion detrás, que la luz se perciba como natural e improvisada aún contando con un director de fotografía que sí que ha instalado luces, y un largo etcétera. Al igual que con todo, Isra y Cheito como personajes se funden en los verdaderos Israel Gómez Romero y Francisco José Gómez Romero demostrando no solo la habilidad de los guionistas sino el talento interpretativo de ambos (sobre todo del primero, cuya labor interpretativa es más que reivindicable). Lo que sí que se palpa, sin dudar de su naturalidad, es una banda sonora para nada ortodoxa compuesta por dos grandes nombres del flamenco, Raül Refree y Kiko Veneno. De esta forma, con esta maravillosa película, concluye mi periplo por el cine español de esta edición del festival, la cual ha reunido para mí sin ninguna duda la mejor cosecha de nuestro cine de los últimos cuatro años.

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