Festival de San Sebastián 2018: Un asunto de familia

Esperar demasiado de Hirokazu Koreeda siempre me ha parecido una mala idea. Hablando desde un punto de vista estrictamente personal, el director japonés nunca ha demostrado especial maestría a la hora de componer unas películas que, esto hay que reconocérselo, solían estar bañadas por la candidez y el humanismo propio de un cineasta al menos preocupado por hacerle justicia a sus personajes. En obras como De tal padre, tal hijo, Nuestra hermana pequeña o Después de la tormenta encuentro a un director no demasiado brillante en sus apuestas formales pero sí capaz de encapsular pequeños momentos de gran belleza en el seno de diferentes familias en distintas situaciones vitales. Koreeda apostaba por crear atmósferas que se trasformaban casi en estados de ánimo, en universos habitables de los que el espectador, testigo de la bondad, no tenía prisa por abandonar.

El cineasta japonés lleva mucho tiempo siendo un habitual del festival de San Sebastián. Sin ir más lejos en la pasada edición presentó El tercer asesinato, una especie de thriller psicológico que personalmente me dejó más frío que los paisajes nevados que aparecían en pantalla. Ha pasado un año y la situación se repite, Koreeda en Donostia (además, recibiendo el premio homónimo), y sin embargo todo es distinto: su nueva película, Un asunto de familia, fue galardonada en el pasado festival de Cannes con la prestigiosa Palma de Oro. Es por lo tanto un título señalado para la cinefilia, y no porque dicho premio resulte un argumento incontestable a su favor, sino porque la resalta y hace esperar que, a lo mejor, Koreeda haya dado un paso adelante y conseguido explorar de una manera más profunda el estilo ya planteado a lo largo de su filmografía. Sin embargo, y como he dicho al principio, esperar demasiado de este director es una mala idea.

Un asunto de familia nos traslada precisamente al seno de una familia muy particular que convive en una pequeña vivienda de mala muerte y que sobrevive gracias a la pensión de la abuela y a los hurtos que realizan padre e hijo en diferentes tiendas de la ciudad. La situación se complica aún más cuando encuentran a una niña de cinco años que, aterrorizada por la violenta situación que vive en casa, se marcha con ellos y acaba siendo una más del clan. Como ya ocurría en otras películas de Koreeda, el conflicto dramático principal no está demasiado marcado, y es que aunque se nos indique a lo largo del metraje que la policía está buscando a la niña desaparecida, nunca se siente la urgencia narrativa ni la tensión propia de una situación así. De hecho, ocurre lo contrario: el argumento avanza con total tranquilidad y con esa pausa propia de las historias familiares del director japonés, que le da más peso a las relaciones entre personajes que a una gran estructura de puntos de giro. Cabe señalar, sin embargo, que la resolución sí rinde cuentas y da un giro tonal que se acerca más a la mencionada El tercer asesinato que al devenir amable de, digamos, Nuestra hermana pequeña.

En esa mezcla de tonos, de drama y comedia, de sensación de ligereza que se torna en tragedia en los últimos compases, es donde la película naufraga y no sabe encontrarse a sí misma. Resulta difícil que se mantenga en pie cuando formalmente es una obra muy plana y argumentalmente da vueltas sobre una misma idea de manera reiterativa. Koreeda rueda dos escenas (las mejores de la película) que resumen bien el espíritu de lo que cuenta, una en la que la madre demuestra afecto por la niña abrazándola a la luz de una pequeña hoguera y otra en la que la familia al completo disfruta del mar en la orilla de una playa; dos momentos muy bonitos que vuelven a poner sobre la mesa esa mirada humanista de la cámara de Koreeda. Es una pena, por lo tanto, que el resto de metraje vaya dando tumbos sin mucho que ofrecer y demostrando que el cineasta japonés, por mucha Palma de Oro en el bolsillo, sigue teniendo grandes dificultades a la hora de convertir esa sensibilidad, obvia y agradecida, en un cine de altura.

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