Festival de San Sebastián 2017 | Día 7

Ya estamos en el séptimo día y se va acercando el final de esta edición del festival de San Sebastián. A estas alturas, como no podría ser de otra manera, ya se han visto muchas de las películas más esperadas y que más juego han dado, aunque eso no significa en absoluto que en este último tramo no vayamos a ver obras interesantes; es más, algunas de las que comentamos a continuación lo contradicen. En cuanto al festival en general, ya se han entregado los correspondientes premios Donostia a Agnès Varda, Ricardo Darín y Monica Bellucci; no hemos tenido ocasión de verles en persona porque nos coincidía con proyecciones, pero bueno, ahí quedan los galardones para la posteridad.

The Disaster Artist

por Daniel Pérez Michán

Llevamos comentándolo por aquí casi desde el primer día, pero es que lo de esta sección oficial está siendo desastroso. Viendo el panorama, esta mañana podríamos decir que el rumbo de esta edición del festival ha dado un vuelco con el estreno de The Disaster Artist (íd., 2017). Quién iba a decir hace unos años que sería el mismo James Franco, en su faceta como director (aunque también como protagonista), el encargado de venir a insuflar un poco de vida a la competición oficial del festival de San Sebastián. La película, por si hubiera algún despistado, trata de cómo se originó y se realizó The Room, conocida por ser una de las peores películas de la historia del cine (tanto es así que actualmente es considerada una obra de culto por cierto sector, acumulando más y más seguidores cada año). Para ello, seguimos al singular Tommy Wiseau y su amigo actor Greg Sestero, interpretados por James y Dave Franco, respectivamente. Ambos están especialmente bien, pero sin el personaje y el buen hacer de Dave con su papel la función de su hermano se vería más pasado de rosca de lo que debería; sin embargo, el personaje de Wisseau (que se revela como una gozada para cualquier actor de comedia en realidad) se eleva como el verdadero alma de la peli: James Franco se saca de la manga una de las más divertidas y mejores interpretaciones que hemos visto en la competición.

The Disaster Room se erige como una película sobre los inadaptados, sobre las interioridades del cine, o más bien sobre el mal cine, y sobre aquellos creadores sin talento. Seas fan o no de The Room, la película logra sacar partido de su comicidad natural para divertir a todo tipo de espectadores (ya os digo que si os apasiona la cinta original la vais a disfrutar de lo lindo). El tono del filme funciona muy bien ya que no llega a ser una spoof movie ni algo remotamente parecido a lo anterior hecho por la cuadrilla de James Franco y Seth Rogen hasta ahora, de hecho lo que hacen es reflejar cierta exactitud biográfica para que lo hechos reales hablen por sí mismos (todo lo que sucedió alrededor del rodaje es bastante gracioso). Desconozco si este emotivo y divertido homenaje al fenómeno de culto pueda ser un éxito entre el gran público (por el desconocimiento de The Room, sobre todo), pero sin duda en Donostia ha sido muy celebrada y ha logrado darnos uno de los ratos más agradables de lo que llevamos de festival. Estaremos atentos de si consigue algo en el palmarés este sábado, pues es sin duda uno de los platos fuertes de esta sección oficial.

The Florida Project

por Daniel Pérez Michán

Había cierta expectación con lo nuevo de Sean Baker, que causó una tremenda sensación por su paso en Cannes, con lo que The Florida Project (íd., 2017) llegaba a San Sebastián convertida en uno de los títulos más atractivos de las Perlas de este año. Como ya hacía en su anterior película, Tangerine —conocida obra en el circuito independiente por ser un drama protagonizado por prostitutas transexuales y rodado con un iPhone—, Sean Baker vuelve a situar su historia en los bajos fondos de Estados Unidos. En esta ocasión sitúa la trama en Florida, concretamente en un motel de poca monta cerca del Walt Disney World Resort. Sorprendentemente la acción de la película es soportada por un trío de niños, entre los que destaca Brooklynn Kimberly Prince, la niña protagonista (de seis años de edad), que desde La Pantalla Invisible abogamos como una de las mejores interpretaciones de todo el festival. Si algo destaca desde un primer momento en The Florida Project es la celebrada fotografía de Alexis Zabe, con un magnífico tratamiento del color que entra por los ojos desde el segundo uno. También contamos con un Willem Dafoe que hacía mucho que no estaba realmente tan bien (el alejarse de personajes que dan mal rollo le ha sentado de maravilla). Tanto por sus temas, como por su estructura narrativa, la película recuerda mucho a American Honey: no hay una trama que seguir en concreto (es decir, no existe aquí una historia de tres actos), simplemente la realidad de estas personas y cómo influyen en ellas su situación como marginados sociales. Su potente tramo final dará mucho de qué hablar, tanto por la interpretación de la mencionada actriz infantil como por como está tratado por su director. Sin duda uno de los títulos imperdibles que recomendamos más ferozmente desde el festival.

Sin amor

por Daniel Cabo

Andrei Zvyagintsev, uno de los directores más interesantes de la actualidad para un servidor, vuelve a la gran pantalla con Sin amor (Nelyubov, 2017), película que ya se pudo ver en Cannes y que recibió el Premio del Jurado. El ruso se ha ido ganando un nombre en el panorama cinematográfico gracias a los festivales y a la fuerza de sus propuestas, con obras tan grandes como El regreso, The Banishment o el que había sido su último estreno, Leviatán. Por desgracia, la buena racha no se ha visto continuada con Sin amor, un drama que nos sitúa en un matrimonio que está en proceso de divorciarse y cuyas discusiones harán que su hijo se marche de casa y desaparezca. El principal problema se encuentra en la construcción de un guion endeble que cae en lo reiterativo como consecuencia de una estructura mal planteada: el conflicto relacionado con el niño tarda demasiado en presentarse, y cuando ocurre vemos que nada realmente cambia en las dinámicas de ese marido y mujer que no se pueden ni ver. Sus vidas paralelas, con sendos amantes, carecen del interés que Zvyagintsev parece ver en ellas, pues apenas vemos nuevas facetas de los dos protagonistas y las escenas, algunas con desnudos femeninos bastante gratuitos, no suman a un conjunto que se tambalea cada vez más a medida que se acerca al final, fruto de una historia contraproducentemente alargada. Los personajes resultan antipáticos y muy planos en sus interacciones, como si tanto al principio como al final del filme su relación no hubiera cambiado prácticamente nada; no hay evolución, no existen las contradicciones y la tensión que un relato así requeriría. El cineasta ruso, que ya ha demostrado tener talento en anteriores ocasiones respecto a la puesta en escena y la elegancia a la hora de mover la cámara, se defiende como puede, consiguiendo algunos momentos de una gran belleza visual, pero que no logran levantar una película que se siente fallida y que constituye, por lo tanto, el primer gran tropiezo en una filmografía que, hasta ahora, se encontraba impoluta.

La casa junto al mar

por Daniel Cabo

Cubrir un festival de cine siempre acarrea algún momento duro. Los madrugones para coger las invitaciones, las carreras para llegar a tal o cual sesión… o, sobre todo, el visionado de algunas películas que te quitan años de vida en el proceso. En este grupo podría incluir La casa junto al mar (La villa, 2017), la nueva obra del francés Robert Guédiguian, que nos cuenta la historia de una familia que se ve reunida en una preciosa casa en un paisaje mediterráneo debido a que el patriarca ha sufrido una especie de derrame y se encuentra postrado en una cama. Lo que se podría vislumbrar como una dramedia, con algunos personajes haciendo chistes de forma continua sin rozar la gracia en ninguno de ellos, se va convirtiendo poco a poco en un drama con tintes sociales que resulta vergonzoso por su superficialidad y poco tacto. El tema de los refugiados está de fondo durante la mayor parte del metraje, llegando a confluir en el tramo final, y solo sirve para reflejar con aún mayor claridad el desastroso y casi ofensivo trato que realiza Guédiguian sobre el tema, con ese efectismo camuflado en un falso halo de sofisticación que le aparenta con el cine de Haneke. Mientras tanto se intenta aligerar el relato con escenas de una naturalidad impostada, un romance bastante turbio y momentos de un discurso pretendidamente trascendetal que acaban cayendo por su propio peso; el peso de lo falso, de la mirada viciosa y de la narración pésima. Una de las peores películas que os podéis llevar a los ojos, ya no solo de este festival sino de los últimos tiempos.

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