Filmadrid 2019: Baixo Centro, Sete anos em Maio y Gulyabani

Siempre es bonito estrenarse en un festival y en esta ocasión nos ha tocado en la nueva edición de Filmadrid, certamen celebrado en la capital en el que podremos ver un puñado de películas a lo largo de estos días y de las cuales os iremos hablando en esta cobertura. Con Carlos Quiñones y Daniel Cabo a los mandos de esta aventura, os invitamos a sumergiros con nosotros en apuestas cinematográficas a las que, por desgracia, no siempre tenemos ocasión de acceder, ya no digamos en pantalla grande. Comencemos.

 

Baixo Centro

por Daniel Cabo

Existe algo interesante en la película de Ewerton Belico y Samuel Marotta, Baixo Centro, respecto a su manera de filmar la contraposición entre los espacios por los que se mueven sus personajes y el fondo. Nos situamos en un barrio pobre de una ciudad brasileña, en los suburbios a los que se ven confinados aquellas personas sin recursos que tiene que lidiar diariamente con la violencia de las bandas y de la propia policía, en una noche que parece nunca acabar y saltando de mirada en mirada dentro de un grupo de personas que transitan, aman o intentan escapar de aquel lugar. La apuesta más interesante del filme es contraponer, a veces en el mismo plano, dicho barrio con la ciudad de fondo, una ciudad del todo iluminada cuyas luces parecen sustituir a las estrellas de un cielo negro. De fondo, la civilización; en primer plano, la barbarie. Es bella esta manera de observar un barrio y de filmar el pasear de los protagonistas, pero lamentablemente todo se queda ahí o, mejor dicho, ojalá todo se hubiera quedado ahí: la película se entretiene en conversaciones que parece que no llevan a nada, a una construcción arbitraria de sus individuos y a la sensación de que, al igual que ellos, la narración divaga y deambula sin tener una dirección clara. Quizá esa fuera la intención de estos dos directores, realizar una obra en la que, por mucho que andemos, por mucho que intentemos huir, nada nos va a permitir escapar del cielo sin estrellas.

 

Sete anos em Maio

por Carlos Quiñones

Sete anos em Maio (Siete años en Mayo), del brasileño Affonso Uchoa, es el equivalente cinematográfico a un grito de rabia. De una simplicidad narrativa ejemplar, este mediometraje ─que dura tan solo 41 minutos─ logra situarnos en un Brasil que parece de un hoy, un ayer y un siempre destinados a quedar atrapados en una maquinaria invisible de violencia y corrupción. A través de una conversación entre fogatas, en una colina, bajo la noche cerrada, conocemos la historia de Rafael, nuestro rostro protagonista. En esta historia, Rafael se vio perseguido y acosado por la policía hace siete años, evento que cambió irreparablemente su vida. De esta caída por una escalera de caracol en la que solo parece ser posible ir en círculos y hacia abajo somos testigos mediante un monólogo que dura más de la mitad del metraje; un monólogo que así como nos atrapa, también nos pega el golpe más certero al decirnos ─no con desaliento sino con la aparente seguridad del que ha llorado tanto que no le quedan más lágrimas─ que, como estas, hay tantas que se terminan entremezclando, pareciendo. “He vivido tantas cosas ya, que todas las historias de los demás suenan a la mía”, le contestan a Rafael. Sete anos em Maio presenta una mirada desoladora a una realidad en la que el vivir y el morir se decide aún lanzando una moneda al aire.

 

Gulyabani

por Daniel Cabo

Lo que propone Gürcan Keltek en Gulyabani es un viaje. Un viaje hacia un pasado que parece escaparse entre los dedos de la mano, una mirada atrás desde un futuro que no sabemos si realmente existe y unos recuerdos de una mujer que, dirigiéndose a su hijo, recuerda aquellos momentos en los que descubrió su naturaleza mística, diferente e inexplicable. Con un metraje que supera por poco la media hora, Gulyabani cuenta con una progresión formal evidente: empieza con imágenes muy estáticas, como si los recuerdos se cristalizasen en fotografías de aquella infancia lejana; poco a poco los instantes van ganando en calidez, aparece la playa, la familia, el hogar; y en la parte final, como si todo el pasado se plegase sobre sí mismo y la fugacidad se convirtiera en protagonista, las imágenes se entrecortan, mezclan e interrumpen sin descanso. Se conforma así una obra experimental que, sin alcanzar grandes cotas dentro de su apuesta (muy lejos de Stan Brakhage y similares, por ejemplo), triunfa en su intento de conseguir imágenes memorables que, de alguna forma, como el espíritu que nos narra la película, contienen una naturaleza que difícilmente se puede explicar con palabras.

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