American Crime Story: Del escándalo, desigualdades y nuestro propio reflejo

Este artículo NO contiene spoilers de la serie.

Ryan Murphy ha probado ser una de las mentes más solventes de los últimos años en el mundo de las series de televisión. Glee, American Horror Story, Scream Queens, y me atrevería a decir que incluso la ha menudo olvidada Nip/Tuck lo han consolidado en el panorama actual de la televisión estadounidense como un productor de éxito en el género en que decida incursionar, haciéndolo cada vez con un estilo lo suficientemente distintivo como para hacer de cada trabajo un objeto único dentro de su obra. Eso no siempre ha significado que el resultado sea de una calidad excelente, pero Murphy indudablemente se ha metido al público en el bolsillo. Si cabe alguna duda sobre esto, sólo hace falta ver a los espectadores que esperan siempre impacientes a la próxima entrega de American Horror Story que se les ponga en el camino. Así, pasando por el drama familiar, el musical, el terror y la sátira con efectividad, es difícil imaginar que algo nuevo salga mal. La primera temporada de American Crime Story, sin embargo, a diferencia de sus proyectos anteriores, no es un producto de fácil reducción a un género específico. E incluso si se le intenta acomodar con el resto de dramas biográficos ─si esa fuera la descripción más adecuada─ es aún más claro que el saldo que ha dejado el paso de The People v. OJ es el de una miniserie trascendental, en la que el thriller, el drama y hasta la comedia negra sirven como vehículo perfecto para explotar al máximo los defectos de una sociedad estadounidense que parece no haber cambiado mucho en los últimos veinte años.

La serie, basada en el libro de Jeffrey Toobin titulado The Run of His Life, tiene como trama principal el Caso O.J. Simpson, por el que el deportista estuvo acusado en 1994 por el homicidio de su ex esposa, Nicole Brown Simpson, y el del amigo de Nicole, Ronald Goldman. El caso, que automáticamente llamó la atención de los medios y fue cubierto como “El Juicio del Siglo”, terminó casi un año después con un contundente veredicto: O.J. Simpson era inocente. Tras largos meses en los que el proceso legal dio su salto a la pantalla de cada hogar estadounidense, el juicio se vio convertido en una disputa similar a cualquier contienda deportiva (la persecución que precedió al arresto de Simpson llegó a interrumpir la transmisión de las finales de la NBA de ese año) que englobaba la realidad del país a niveles que, en este momento, casi nadie parecía darse cuenta. No obstante, Toobin fue capaz de brindar una visión aguda y profunda al proceso, poniendo en contexto cada uno de los pasos que dieron los personajes involucrados en este escandaloso episodio de historia, poniendo en perspectiva cada una de sus acciones, y dibujando el que es, sin duda, uno de los fuertes de la miniserie de Murphy: una detallada construcción de personajes.

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Porque aquello de que “la realidad supera a la ficción” es algo que podría decir con total autoridad cualquier persona que haya sido espectador del escándalo (o serie de escándalos) que envolvía el juicio contra Simpson, los guionistas han sabido ver que con una simple dramatización de los hechos, con una sólida representación de las motivaciones y deseos de sus personajes (retratados por un elenco repleto de interpretaciones extraordinarias), y con una puesta en escena que no solo ofrece una mirada atrás en el tiempo, sino que también reactualiza temas importantísimos (abuso policial, conflictos raciales, la objetificación sexual…), la narrativa de American Crime Story se construye casi por sí misma. Después de todo, lo importante de esta serie no es el resultado del juicio (y por ello considero que el aspecto histórico-biográfico es quizá el que menos relevancia tenga); lo importante es el análisis al efecto que tiene la sociedad del espectáculo sobre nosotros y nuestras pasiones. No es casualidad que la serie se permita insinuar que este capítulo en la historia moderna de los Estados Unidos sirvió para, entre otras cosas, impulsar el camino que tomarían las hijas de uno de los abogados de O.J. Simpson, de apellido que en ese entonces nadie sabía con certeza cómo pronunciar: Kardashian.

Hasta el momento la obra de Murphy tenía como principal combustible la espectacularización, a veces bizarra, de la vida de glamour sin ningún tipo de preocupaciones morales o con la deformación grotesca de las mismas. Este combustible era lo que era porque en su trabajo había una mínima e indiscutible afección por la exageración tan propia de la sátira y el melodrama. Es por ello que American Crime Story destaca tan notablemente, por preferir y ajustarse tan bien a su base real, por alejarse formalmente del morbo mediático y a la vez explorarlo como ningún otro drama reciente, en un espejo que lejos de mostrarnos un reflejo deformado de nuestros errores, nos muestra exactamente como somos.

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