Black Mirror y el futuro que podría ser

Este artículo NO tiene spoilers de ninguno de los capítulos.

Por aquí somos bastante entusiastas con Black Mirror. Es cierto que no todos los capítulos de sus dos primeras temporadas son maravillosos, pero sí la mayoría, y además resulta una mirada tan interesante como inquietante no ya sobre el mundo que puede llegar con el desarrollo de la tecnología, sino a la propia sociedad en la que vivimos hoy en día. Un estudio, a menudo brillante, que se nos presenta en diferentes y autoconclusivos episodios de ficción que bien podrían ser la premonición de lo que seguramente ocurra de aquí a pocos años. Por lo tanto, debido a que Black Mirror es una serie que nos gusta tanto, nos alegramos un montón al confirmarse una tercera temporada que, para más inri, estaría producida por Netflix y contaría con tres entregas más de lo habitual, es decir, seis capítulos en total. Para celebrar su estreno y comentar los seis de un tirón, tanto Daniel Pérez-Michán (Daniblacksmoke) como Daniel Cabo (Daniel Escaners) se han ido turnando para así, en un mismo artículo, tener comentada la temporada, episodio a episodio, paso a paso.

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Caída en picado

por Daniel Cabo

El primer capítulo de esta tercera temporada de Black Mirror prometía ya solo por los nombres involurados en él: Joe Wright como director y Bryce Dallas Howard encarnando a la protagonista. Bien es cierto que Joe Wright no pasa por uno de sus mejores momentos, habiendo estrenado en última instancia una película tan lamentable como Pan (Viaje a Nunca Jamás), pero en general me parece un director capaz; para muestra la estupenda Expiación, más allá de la pasión. Y por suerte su incursión en el universo Black Mirror nos ha vuelto a mostrar a ese realizador competente que sale a relucir especialmente cuando hace filmes con Keira Knightley: en esta ocasión tiene a una fantástica Bryce Dallas Howard, a la que no veía tan bien desde El bosque, en una de las clásicas historias que caracterizan a esta serie, es decir, en un mundo distópico con elementos e innovaciones tecnológicas que lo separan del nuestro pero, a la vez, parecen tener un carácter premonitorio muy inquietante. Aquí el invento es un programa implantado a los ojos de todas las personas que convierte la realidad en una especie de red de valoraciones, en la que otorgan estrellas a cada persona según como les caiga en un encuentro determinado o con la última actualización en su perfil, con fotos al más puro Instragram. Así, cada individuo tendrá su puntuación media, lo que sirve de metáfora para la clase social y el nivel de éxito, y que crea un mundo en el que la mayoría de la gente intenta ser simpática solo para obtener una media mayor. Sin desvelar demasiado de la historia, este planteamiento nos sirve, a través de los ojos (literalmente) del personaje protagonista, para tratar los susodichos temas de una forma estimulante y peculiar; no llega a conclusiones inesperadas, y el final es bastante previsible viendo el viaje previo, pero no por ello deja de ser una mirada (literalmente) efectiva a lo que resulta ser una extrapolación bestia de las redes sociales. Me gusta, además, el contraste entre forma y fondo: se nos presenta como un mundo casi idílico, con mucho blanco y mucha luz, cuando en realidad lo que se esconde es una sociedad enferma, obsesionada con las apariencias y el qué dirán. Un gran comienzo.

Playtesting

por Daniel Pérez-Michán

Black Mirror ha sido hasta ahora (contando solo sus dos primeras temporadas) una joyita dentro de la ficción televisiva. Una plataforma que Charlie Brooker, el showrunner detrás de todo esto, usa para criticar nuestra sociedad actual y nuestros limites a través de las tecnologías (reales o ficticias) en el contexto de un presente o futuro próximo tan alternativo como posible. Para esto se había estado apoyando en temas tan contemporáneos como las redes sociales, la televisión o incluso la política. Pero no ha sido hasta esta nueva y prometedora temporada cuando se ha atrevido a tocar un tema con tantas posibilidades para este asunto como el de los videojuegos. Y no podía ser otro: Dan Trachtenberg, con su ópera prima Calle Cloverfield 10 (10 Cloverfield Lane, 2016) estrenada hace tan solo unos meses, realiza otro fantástico trabajo de dirección dando forma esta vez al libreto de Brooker. Y es que Trachtenberg se puso en el mapa con un corto de acción real ambientando en el mundo de Portal, el videojuego de Valve. De hecho, en un momento del capítulo se puede apreciar la carátula de Portal 2, entiendo, como homenaje a su Portal: No escape. Playtesting, como era de preever en alguien que juega tan bien a esto, tiene una atmósfera abrumadora capaz de controlar al espectador y hacerle partícipe de esa presión constante del protagonista (Wyatt Russell). Lo que cuenta, por otro lado, es algo más banal de lo que veníamos viendo en las anteriores temporadas, e incluso en comparación con justo el anterior capítulo, pero su efectividad en esta ocasión no radica en lo que cuenta sino en cómo está contado. Igualmente, a través de este capítulo se exploran las implicaciones morales de los límites que puede llegar a alcanzar el ocio digital, en concreto la industria de los videojuegos. Y toma aún más relevancia estrenándose justo el año de eclosión de la realidad virtual. Como en todo capítulo de esta serie: juzguen ustedes mismos.

Cállate y baila

por Daniel Cabo

Hemos comentando que buena parte del atractivo de Black Mirror es la capacidad para crear planteamientos interesantes en cada capítulo, desarrollando ideas que bien podrían dar para un largometraje completo. Ya no es solo que suelan desarrollarlas con una fuerza tremenda, sino que desde la raíz es una serie imaginativa, o al menos con la suficiente inteligencia como para coger caminos previsibles y llevarlos por otro lugar. Sin embargo, y más cuando en esta tercera temporada han duplicado el número de episodios, parece que no es posible mantener la frescura y las nuevas ideas en todas las entregas, teniendo como claro ejemplo a este Cállate y baila (dirigido por James Watkins, realizador que se suele mover en el campo del terror). A un chico le piratea el ordenador una gente misteriosa de la que no sabemos nada, amenazándole con que si no sigue sus órdenes mandarán a sus contactos un vídeo bastante comprometido que han grabado webcam mediante. Así, comenzará un viaje contrareloj en el que el protagonista, encontrándose con otros personajes por el camino, irá realizando recados ordenados por esta gente, con la esperanza de que, al final, le dejen en paz y pueda seguir con su totalmente común vida. Y sí:  es únicamente eso.  No hay giros sorprendentes dentro del planteamiento, no hay una reflexión demasiado profunda (el final tiene mala leche, sí, pero también es muy facilón) y todos los pasos que crees que va a seguir la historia, desde el inicio, se van cumpliendo. Tampoco es que sea un mal capítulo, dentro de su previsible desarrollo funciona, pero Black Mirror es una serie que nos tiene acostumbrados a más; incluso cuando no acaba de funcionar del todo, como aquel especial navideño, Blanca Navidad, de hace un par de años, sigue poniendo sobre la mesa ideas estimulantes y conflictos humanos a partir de la evolución de la tecnología. En Cállate y baila apenas hay de eso, terminando como un disfrutable entretenimiento, una historieta de una hora. Lo mejor es que al final suena Radiohead.

San Junipero

por Daniel Pérez-Michán

De San Junipero, como pasa en todo Black Mirror, es casi mejor no saber nada de lo que sucede en él. Si de alguna forma el destino os la ha jugado y habéis llegado hasta estas líneas sin haber visto el capítulo os recomiendo que vayáis a vuestro Netflix más cercano y le deis al play, aunque ni siquiera sigáis la serie de Charlie Brooker. Algo que apenas habíamos comentado hasta ahora en este repaso por la tercera temporada es lo bien que le sienta a la serie el traspaso de cadena, no solo porque como espectadores es mucho más cómodo y podemos ver todos los capítulos de una sentada en vez de esperar cada semana sino por el notorio aumento de presupuesto. No sé exactamente de cuanto estamos hablando, pero es inevitable pensar que uno de los puntos fuertes de que ahora esté en la famosa plataforma online resulta la diferencia presupuestaria frente a la que ofrecía el canal británico Channel 4. Y aunque de lo que llevamos de temporada ya se ha notado bastante (el diseño de producción de Caída en picado o los efectos visuales de Playtesting) es en San Junipero donde más he percibido este cambio. Evidentemente, sigue siendo una serie de televisión y el presupuesto no creo que sea ninguna locura, pero se palpa una evolución, ahora tiene más “empaque cinematográfico”. Y la realidad es que este cuarto capítulo de la temporada podría haberse estrenado en cines como una película de tener veinte minutos más, y no desentonaría —por otra parte, esto es algo que le sucede a la mayoría de capítulos de la serie—.

En San Junipero, Brooker firma uno de sus guiones más brillantes, desafiando las expectativas de los seguidores de su obra. Sí, me explico. Para empezar, Brooker sabe que desde el minuto uno vamos a estar buscando la relación del capítulo con la tecnología, y tarda en llegar. Parece que se quisiera alejar aquí de su habitual estructura, evitando los giros de guión locos propios de La dimensión desconocida a los que nos tiene acostumbrado para centrarse en desarrollar la relación de las dos protagonistas —unas estupendas Mackenzie Davis y Gugu Mbatha-Raw y que los giros de la historia surjan de forma natural. De hecho, el revés dramático más importante aquí no sucede en los últimos diez minutos, sino que se va revelando progresivamente más o menos sobre el ecuador del capítulo. Y por si fuera poco, es la primera historia de Brooker en la serie (y ya llevamos una decena) en la que no se posiciona tan radicalmente en contra de la tecnología, no se percibe esa toxicidad moral. Owen Harris repite en la dirección tras el espeluznante Ahora mismo vuelvo con el que abría la segunda temporada. En esta ocasión la historia no pedía una dirección tan intimista como la de aquel capítulo, y le sale uno de los trabajos de dirección más redondos de lo que llevamos de temporada. Las pequeñas sutilezas que manejan Harris y Brooker ganan peso en el conjunto y se beneficia de una historia llena de referencias con un mensaje perspicaz para estos tiempos en los que tanto se está prostituyendo la nostalgia de la gente con el enésimo remake/secuela espiritual de turno y la sobreexplotación de los años ochenta. Personalmente creo que estamos quizás ante el mejor capítulo de toda la serie, al menos al Olimpo de los mejores capítulos llega seguro. Ante todo, San Junipero es una de las mejores horas de ficción que he visto en lo que llevamos de año.

La ciencia de matar

por Daniel Cabo

Estoy haciendo incapié a lo largo de la temporada (o lo he hecho, pues hasta aquí llegan mis comentarios) en el hecho de la importancia del planteamiento en los capítulos de Black Mirror. A veces te lo presentan nada más comenzar, como en Caída en picado, mientras que en otras ocasiones tienes que esperar hasta la mitad de la historia, o más, para enterarte de qué está ocurriendo y qué relación tiene todo con la tecnología, como ocurre en San Junipero. En el quinto capítulo, La ciencia de matar, se nos presenta un mundo casi indeterminado, que parece haber sido sacudido por una guerra y que ahora, con el preparado ejército mediante, intenta eliminar a las denominadas “cucarachas”, que no son otra cosa que personas que han sido víctimas de un virus que las ha desfigurado y convertido en monstruos a vista del resto de la gente. En este entorno se nos introduce al protagonista, un joven soldado que, en su primera misión en el terreno, se verá envuelto, de forma accidental, en unas revelaciones que le llevarán en última instancia a un gran dilema moral. Como se puede percibir, estoy intentando ser bastante abstracto respecto al planteamiento porque este es uno de esos episodios que se guarda las cartas detrás de la espalda hasta una altura considerable del metraje. Las ventajas y problemas son consecuencia de ello: por un lado, cuando descubres lo que está ocurriendo y se te presenta el mencionado dilema, aplaudes el original punto de vista y presentación del conflicto; pero por el otro, hasta llegar a esa revelación hay unos cuarenta minutos en los que La ciencia de matar no deja de ser un algo mediocre capítulo bélico con personajes arquetípicos, conversaciones manidas y una presentación visual que apuesta, en sus escenas de acción, por la inmersión que aporta la cámara subjetiva, pero que finalmente resulta un recurso vacío y mal utilizado. Lo que en definitiva se nos queda son esos últimos veinte minutos, muy interesantes, que sostienen como pueden una entrega que bien podríamos incluir en los “Capítulos correctos de Black Mirror“.

Odio nacional

por Daniel Pérez-Michán

Para cerrar esta nueva y agradecida tanda de capítulos, la serie ahora afincada en Netflix nos ofrece la historia con mayor metraje que hayamos visto hasta ahora de su ficción. Un capítulo de casi noventa minutos, que funcionaría como TV Movie por sí sola, pero que tiene mucho sentido dentro del conjunto que aporta Black Mirror. En Odio Nacional nos acercamos a un futuro cercano (no muy distinto al actual, pero sí con un par de avances tecnológicos notables) donde están tomando declaración a una detective de la policía. Es a raíz de estas declaraciones por donde se va a erigir un relato, en forma de flashback, que vamos a seguir durante todo el capítulo. Este gran flashback nos pone en contexto de esa sociedad futura, y no es precisamente muy distinta a la nuestra —cachivaches aparte—, y menos aún en lo que respecta a nuestro comportamiento en redes sociales donde se insulta a figuras públicas sin cuestionarse nada. Así pues, y tras un asesinato algo extraño, comienza una investigación policial que podría pertenecer en un principio a la enésima serie policiaca procedimental pero que conforme va avanzando el caso se asemeja más a un capítulo de Fringe que a otra cosa. Lo certero, en mi humilde opinión, de Odio Nacional es que la crítica que conjuga frente al acoso virtual se proyecta físicamente en la amenaza intrínseca de este capítulo, que transmuta el capítulo del género detectivesco a algo más cercano al survival y el cine de terror. El capítulo entonces se convierte en una especie de revisión de Los pájaros (The Birds, 1963) pasado claro está por el filtro tecnológico-futurista, y les funciona sorprendentemente bien. Kelly Macdonald y su acentazo británico protagonizan esta historia que si bien no me parece de lo mejor que hemos podido ver este año en la serie de Charlie Brooker, sí me parece una obra digna y fiel a los estándares que nos tenía acostumbrados.

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