Bojack Horseman y el descenso a los infiernos

Bojack Horseman es una serie marciana, una serie muy rara en el contexto de las series actuales. No solo por ser una mezcla más al puro estilo Netflix de drama y comedia, sino por su carácter de animación adulta. Y es que dentro de ese género, a veces caracterizado (quizás erróneamente) por su inmadurez, Bojack Horseman decide irse por una senda bastante más profunda.  En esta segunda temporada hemos podido ver cómo la serie profundiza en esos temas que ya presentó de manera muy existencial en la primera temporada: el yo, la fama, la búsqueda de la felicidad, la nostalgia, la auto-destrucción y sobre todo… la depresión. (Sí, muchos de esos temas recuerdan a Birdman (íd., 2014). No en vano hay una referencia en esta temporada con batería de fondo incluida).

Para empezar a hablar de Bojack Horseman, hay que hablar de algo muy paradójico para ser una serie sobre animales antropomórficos: su humanidad. Es una serie cuyos personajes rezuman humanidad y con los que es imposible no conectar. Y eso tiene mérito teniendo en cuenta que el protagonista a quien pone voz Will Arnett (aka Batman de Lego y Gob Bluth) es un alcohólico depresivo cuyos problemas sabemos que se ha buscado con decisiones erróneas, ya que a pesar de haberlo tenido todo, y de tener oportunidades de alcanzar esa ansiada felicidad, vemos a través de la temporada cómo se auto-sabotea una y otra vez. Y eso, es humano. Eso, es estar deprimido. En definitiva, eso es tocar fondo.

Y no es solo el personaje de Bojack. La serie está repleta de personajes como su adoptado sintecho Todd (a quién pone voz Aaron Paul) que solo busca la aprobación de su mejor amigo, un perro llamado Mr Peanutbutter que afronta todo con un optimismo demasiado forzado o una escritora llamada Diane deprimida por falta de plenitud profesional y un infeliz matrimonio. Todos estos personajes, y hasta los más secundarios (por no hablar de los cameos; esta serie es la nueva 30 Rock en ese aspecto) tiene su particular descenso a los infiernos esta temporada. Y lo más interesante de todo esto, es como la serie nos presenta todas esas situaciones. Ya que, a priori, leyendo la situación de cada personaje uno se imagina un drama con mayúsculas, pero nada más lejos de la realidad, Bojack Horseman utiliza un recurso que siempre me ha fascinado: remarcar el drama mediante la comedia.

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Aunque esto no sea nuevo, lo que sí es cierto es que nunca lo había visto tan bien usado como en Bojack Horseman. Hablar de un tema tan serio como la depresión, no implica que haya que hacer un drama en el estricto sentido de la palabra. Bojack Horseman crea un ambiente de humor, aunque a veces ácido, pero humor, que te hace ver que a lo mejor los personajes no lo están pasando tan mal. Y cuando menos te lo esperas… de repente te ves representado en un caballo antropomórfico. Porque todos hemos toma decisiones de las que luego nos hemos arrepentido, todos nos hemos sentido infelices por cosas que simplemente eran cosa nuestra, todos nos hemos refugiado en el pasado. Y eso es Bojack.

Lo mejor de esta temporada, aparte de todos los cameos, aparte de todas las referencias a Hollywood, es sin duda la sensación que deja al final. Y es que la cosa de tocar fondo, es que ya no puedes bajar más. Y a partir de ahí lo único que queda es subir, poco a poco, día a día. Aunque cueste. Después de toda una temporada de descenso a los infiernos (mi tópico favorito, sin duda), nos dan un pequeño atisbo de luz. Y menos da una piedra.

“It gets easier. Everyday it gets a little easier. But you have to do it everyday, that’s the hard part.”