Homeland: América para los americanos

Este artículo contiene muy ligeros spoilers de la sexta temporada.

A Homeland le tengo un cierto cariño especial que no comparto con el resto de las series que sigo. Y lo siento así porque es una de las series que más años llevo viendo anualmente, bien porque el resto las he ido dejando con el tiempo o porque simplemente ya terminaron en su momento. Esta y Juego de tronos (ambas curiosamente de 2011) son las dos series más largas que continúan en emisión que he ido siguiendo al día desde prácticamente sus inicios. Seis años son ya los que llevo viendo los entresijos de la CIA, una amplia galería de terroristas y múltiples pucheritos de la inagotable Carrie Mathison. A pesar de haber durado tanto (y con dos temporadas más confirmadas, lo que implica que al menos va a seguir hasta su octava temporada), no es la serie más regular que haya visto, de hecho me inclinaría a decir que todo lo contrario.

Homeland se puede dividir en dos partes. Una que abarcaría sus tres primeras temporadas, que cuenta toda la trama del Sargento Brody, y la que se viene desarrollando desde la cuarta temporada, con un tono más a lo 24, en la que cada temporada cuanta con una trama propia y centrándose en un país y conflicto diferentes. Su primera parte evidentemente es la que más gente ha visto. Sus dos primeras temporadas fueron toda una sensación, llegando a llevarse todos los Emmys y Globos de Oro de sus respectivos años, mientras que la tercera es lo más bajo que ha llegado nunca Homeland en todos sus aspectos, causando que gran parte de la audiencia cosechada tras sus dos sensacionales temporadas dejara la serie para siempre. Pero los valientes que aguantamos un poco más nos dimos cuenta que no le sentaba nada mal el lavado de cara que se le hizo a toda la concepción de la serie en su cuarta temporada, una temporada bastante resultona que situaba la acción directamente entre Pakistán y Afghanistán. Lo que le siguió una quinta que sucedía por primera vez en territorio europeo (Berlín) y que afianzaba que este modelo que se había instaurado en la anterior temporada tenía mucho potencial. Así llegábamos a principios de este 2017 con ganas de catar la nueva temporada, la sexta ya, donde con este nuevo formato de la serie volvíamos a Estados Unidos.

Ahora Carrie vive en Nueva York, alejada todo lo que puede de cualquier estamento de seguridad nacional, trabajando en una organización sin ánimo de lucro que lucha en favor de los musulmanes nacidos en norteámerica, mientras cuida de su hija. Como no podía ser de otra manera, acaba involucrándose en la vida de la presidenta electa y la rueda empieza a girar. En los primeros capítulos de la temporada contamos con varias tramas que poco a poco se van entrelazando hasta que emerge una única trama troncal que le da todo un sentido a esta sexta temporada. En mi opinión, alejarse del terrorismo internacional que se llevaba viendo estos últimos años en la serie y que decida centrarse esta entrega en un thriller político lleno de conspiraciones y tan cercano —mediante la ficción— a lo que puede estar perfectamente pasando en la política actual del señor Trump me parece todo un acierto. Y no le sale nada mal en el proceso, a mí me ha dado justo lo que esperaba de ella. Hay capítulos que son puro Homeland, como aquel llamado Casus Belli (el quinto), un sorprendente y tenso episodio que consigue coronarse gracias a lo bien ejecutado que está como uno de los mejores de lo que llevamos de año en general. El tramo final es estupendo, con dos últimos capítulos (que recomiendo ver de seguido si se puede) en los que se masca la tragedia y se saca a relucir todo lo que se intuía a lo largo de la temporada y más, con un giro de los acontecimientos en los últimos minutos que personalmente no me esperaba en absoluto. Eso sí, a pesar de todo, y que la calidad aguanta el tipo, sigue teniendo demasiados capítulos de manual, aunque todos siempre con una baza más o menos interesante a la que agarrarte.

En los primeros compases de la temporada creía que iba a tener un problema con Peter Quinn, el personaje que lleva interpretando Rupert Friend desde la segunda temporada y que se ha ido convirtiendo en uno de los protagonistas más importantes de la serie. Y lo creía porque su trama parecía que no iba a ninguna parte, simplemente era verlo moribundo en un estado decadente y ya, pero ingenuo de mí ha acabado siendo el motor de la trama principal, el primero que empieza a notar que algo huele mal. Y guion aparte, Friend hace quizás el mejor trabajo actoral aquí desde que lo vimos por primera vez en la serie. El resto del reparto habitual no falla: Claire Danes (Carrie), Mandy Patinkin (Saul) y F. Murray Abraham (Dar Adal) siempre están bien. De los nuevos integrantes de esta temporada hay que destacar a Elizabeth Marvel como la presidenta electa Elizabeth Keane y a Jake Weber por hacer de ese presentador facha de un programa de dudoso contenido político. Se nota que Alex Gansa y Howard Gordon (los showrunners de la serie) apostaban por Hillary Clinton, pero gracias a la llegada de Trump al cargo admiten que cambiaron algunas cosas importantes de la segunda mitad de la temporada, y yo creo que todos salimos ganado en esto. Ese amargo final no solo te hace replantearte todos los capítulos anteriores que nos ha brindado Homeland este año y da una pista de lo intensas y prometedoras que son las dos próximas temporadas, sino que esos últimos minutos evocan a los orígenes de la serie (o al menos todo apunta a ello), acompañado de un plano final que remite al icónico plano con el que cerraba el piloto. No será la mejor temporada del año y quizás al final de este 2017 puede que ni se encuentre entre mis favoritas, pero que voy a estar desde el día uno a tope con la séptima temporada no lo dudéis ni un segundo, que la cosa promete.

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