La quinta temporada de House of Cards, el primer tropiezo

Este artículo no contiene spoilers, ni de esta quinta temporada ni de las anteriores.

Si algo bueno ha tenido House of Cards a lo largo de estos años ha sido, bajo mi punto de vista, el hecho de que cada temporada era mejor que la anterior. Algo complicado para cualquier serie, y más para una que se presentaba como un drama político y que a medida que ha ido avanzando se ha revelado como una especie de culebrón juegodetroniano en el que se mezclaba la seriedad del entorno de la Casa Blanca con el más puro desvarío de unos personajes que rozaban la psicopatía. Un desvarío que han sabido llevar con mucha clase, sin que esa sensación de que pueda pasar cualquier cosa le quitara un mínimo de elegancia y brillantez al conjunto. Sin embargo, cuando uno empieza a jugar con fuego es probable que tarde o temprano se queme, y ni los más expertos malabaristas pueden estar cinco años seguidos sin que se les caiga alguna de las bolas: así, podemos decir que la quinta temporada de House of Cards ha sido el primer tropiezo de la serie pionera de Netflix. Y uno bastante grande.

Los Underwood son figuras tan poderosas (tanto dentro como fuera de la serie) que podríamos haber llegado a pensar que ellos solos serían capaces de mantener House of Cards en pie. Para eso son los protagonistas absolutos, claro, pero si algo me ha quedado claro después de esta quinta temporada es que la razón de que esta ficción haya funcionado tanto tiempo ha sido la calidad de sus secundarios. Cómo olvidar las oscuras andanzas de Doug (Michael Kelly) en la anterior temporada, o el increíble carisma que desprendían Remy y Jackie en sus conversaciones (ellos dos, además, no aparecen en estos trece episodios). Por desgracia, no sabemos si por la salida del creador de la serie o porque simplemente han naufragado a la hora de estructurar las subtramas, todo lo que ha tenido que ver con personajes secundarios en esta quinta tanda ha dejado mucho que desear. El propio Doug ha estado especialmente aburrido, recogiendo los frutos de sus decisiones pasadas pero sin la sensación de que fuera a llevar a ningún lado; Will Conway (Joel Kinnaman), brillante contrincante en la season anterior, ha tenido algunos momentos de interés pero ha acabado desapareciendo antes de tiempo; y el que se ha llevado el gato al agua, en el mal sentido, ha sido Tom Yates (Paul Sparks), que ha protagonizado la subtrama más telenovelesca de toda la serie y cuyas apariciones han levantado más bostezos que pasiones.

Y no solo han sufrido un inmenso bajón de interés la gran mayoría de tramas secundarias, sino que las maquinaciones de los Underwood también se han sentido más impostadas que nunca. Mientras que en las anteriores temporadas conseguían triunfar gracias a su pericia para aplastar a las amenazas (política o literalmente), en esta ocasión han logrado salir del paso a través de coincidencias y materiales ventajosos que se han encontrado gracias a la más pura suerte; siguen siendo esos personajes calculadores, por supuesto, pero sus estrategias están empezando a notarse repetitivas. Por suerte tenemos a una Claire Underwood que se va posicionando, con cada vez más claridad, como el personaje clave de la serie, y es que mientras Frank (como siempre estupendo Kevin Spacey) parece estancado desde hace ya un tiempo, la Lady Macbeth interpretada por una esplendorosa Robin Wright ha terminado esta temporada siendo más peligrosa que nunca y prometiendo una sexta temporada en la que se convertirá, de forma definitiva, en el eje sobre el que gire la obra. No deja de ser cierto que han tratado de una forma decepcionante el elemento que introdujeron en la última escena de la cuarta season, ya que han hecho alusión a ello apenas un par de veces, pero bueno, tiene sentido por la naturaleza de su personaje: si Frank es pura verborrea, ella es contención y silencio.

Personalmente creo que el fracaso de esta quinta de temporada de House of Cards se resume en dos consecuencias provocadas por una mala estructura y por la pesadez de su hilo narrativo. La primera es que la serie se ha excedido en su componente culebronesco, y es que por mucho que siempre haya contado una historia con giros locos, creo que en esta ocasión se han pasado. La muestra es el último capítulo, en el que se quita valor incluso al hecho de que un personaje muera; en las anteriores entregas cada vez que esto ocurría nos llevábamos las manos a la cabeza, pues no pensábamos que en una serie de este tipo fuera a ocurrir algo así, pero a estas alturas, y con el tratamiento que están haciendo, cada vez se ve más normal y, por lo tanto, menos estimulante. Y la segunda es que, una vez la terminas, te das cuenta de que han sido trece episodios de transición hacia una sexta entrega muy prometedora. Entiendes lo que han querido hacer, pero al mismo tiempo te preguntas si no se habría podido condensar todo en cinco o seis episodios, y no ocupar toda una temporada en la que se ha notado que les faltaba material para construir algo interesante. Ni las investigaciones de todo lo que ocurrió con Zoe Barnes la han mantenido en pie. Esperemos que solo haya sido un tropiezo y que el año que viene regrese con el nivel que nos ha tenido acostumbrados; y, si es posible, para ponerle punto y final de forma definitiva a una serie estupenda.

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