La segunda temporada de Fargo y el pulso firme

Este artículo NO contiene spoilers de la temporada.

La primera temporada de Fargo fue una maravillosa sorpresa que llegó en una nube de dudas por ser, en teoría, la adaptación a televisión de la famosa y homónima película de los hermanos Coen, pero que a los pocos capítulos se desmarcó —más por intenciones que por tono— de la obra original para encontrar su propio camino. Sabiendo que no continuarían la historia como tal sino que daríamos un paso atrás en el tiempo, nos llegó la segunda temporada de la serie de Noah Hawley.

En uno de los últimos capítulos de la anterior season Lou Solverson, entrañable abuelo encargado de una pequeña cafetería y padre de la por entonces protagonista, contaba la historia de una trágica matanza acontecida en 1979 en Sioux Falls y alrededores, y cómo él lo vivió en primera persona ya que por aquellos tiempos era un policía ya regresado de Vietnam. Pues bien, viajamos a ese año para ser testigos del suceso y presenciar lo que de verdad ocurrió: una guerra cada vez más abierta entre una poderosa familia y un codicioso consorcio financiero, salpicada —o complementada— por malas decisiones de gente que se encontraba en el lugar menos indicado en el momento menos preciso.

Esta segunda temporada de Fargo mantiene el mismo tono que la anterior: humor negro y, en ocasiones, desconcertante que se distribuye por tres tipos de personajes: los idiotas, los espabilados y las buenas personas. Evidentemente hay personajes que son mezcla de diferentes aspectos, pero en general todos se mueven por esos tres designios. Un ejemplo de personaje idiota —en el más puro significado de la palabra— es Peggy Blumquist (genial Kirsten Dunst) que, junto a su marido (inquietante Jesse Plemons), entra en una espiral hilarantemente terrible; un personaje espabilado sería, por decir uno, Mike Milligan (un carismático Bokeem Woodbine), que nos desconcierta e hipnotiza —principalmente por su tono de voz— a cada segundo; y un personaje que represente a una buena persona sería el que podría considerarse como el protagonista, Lou Solverson (muy buen Patrick Wilson), o su mujer, Betsy Solverson (que interpreta una entrañable Cristin Milioti), siempre pensando en la familia o en el bien común, e intentando que la situación no les sobrepase. Hay muchos más partícipes en esta historia, ya que el panel es considerablemente más amplio que en la primera temporada, y su protagonismo está milimétricamente repartido a lo largo de los diez episodios.

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Si algo he notado en esta tanda de capítulos es que a los guionistas, liderados por el mencionado Noah Hawley, no les ha temblado el pulso en ningún momento a lo largo del viaje, transmitiendo una sensación de seguridad y de engranaje perfectamente construido que se ha agradecido a cada paso. Aunque no me gusta compararlas, la segunda temporada de True Detective ha sido la antítesis en este sentido: los guiones no siempre se mantenían al mismo nivel, provocando una sensación de montaña rusa que en más de una ocasión les perjudicaba. Fargo, ya desde el mismo piloto, se ha caracterizado por la constancia, y han ido incrementando y mejorando aspectos como el jugar con el sentido de la anticipación, creando algunos momentos de pura e insostenible tensión. También se ha notado, como consecuencia de la buena acogida de la primera temporada, que han contado con más libertad para hacer lo que quisieran a nivel estilístico, desde las muy comentadas pantallas partidas que creaban una correlación entre imágenes y aportaban un ritmo especial a las transiciones entre personajes y situaciones, hasta pequeños detalles como la variante posición del título en los créditos iniciales o que en el último episodio los ya clásicos e irónicos textos de “Basado en una historia real” desaparezcan en pos de un narrador que los recite.

Si algo se le puede agradecer a esta segundad temporada de Fargo es el no dudar. Después de una primera entrega tan redonda era fácil caer o en la repetición o no convencer a la gente con un nuevo rumbo, y aunque estoy seguro que habrá gente desencantada —¿cuándo no la hay?—, el resultado me parece maravilloso: diez capítulos redondos en los que ha habido desde acción hasta momentos hilarantes, pasando por secuencias llenas de amor o crueldad. Me alegra, además, que el último episodio, que funciona tan bien como final del camino como de epílogo, concluya de una forma relativamente optimista y, de nuevo, irónica. Una serie que hila fino y pinta con brocha gorda. Un torbellino bajo control. Una de las mejores series del año.

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