La segunda temporada de True Detective, a fuego lento

Este artículo NO contiene spoilers de la temporada.

Me parece vergonzosa la persecución que ha estado sufriendo la segunda temporada de True Detective durante estas semanas de emisión. Sabíamos que el resquemor se cocía desde el anuncio de quiénes serían los actores protagonistas de esta nueva entrega, y la atmósfera indicaba que o Nic Pizzolatto realizada los mejores ocho capítulos de la historia de la televisión o encontraría, como mínimo, una cabeza de caballo entre sus sábanas. Vivimos en la época en la que todo es negro o blanco, en la que mucha gente alza una obra hasta el olimpo o la hunde en la más honda mierda. A True Detective la han hundido tanto que no me extrañaría que el caso de la (posible) tercera temporada gire en torno a qué coño ha pasado aquí.

La primera temporada de la serie de Pizzolatto me pareció la mejor ficción televisiva del año pasado, por encima de otras maravillas como Fargo o Juego de Tronos. El policíaco se encuentra entre mis géneros favoritos, y las andanzas de Harrelson y McConaughey por esa América profunda lo tenían todo: un caso interesante con un desarrollo estupendo, dos personajes profundos y carismáticos a más no poder, y una producción que la hacía verse como una de las más grandes obras cinematográficas. La confirmación de una segunda temporada me llenó de alegría, y la noticia de que contaría una historia completamente diferente, con personajes desconocidos, también me satisfizo. Un nuevo relato policíaco made in HBO, joder: denme más.

Los cuchillos estaban tan afilados que nada más llegó el primer capítulo la gente se avalanzó sobre esta segunda temporada como si AMC o Netflix les pagaran por ello. “Es lenta”. “Es aburrida”. “No está Fukunaga, vaya mierda”. No íbamos ni por la mitad del paquete completo y ya había gente cavando una tumba más grande que su impaciencia. Porque si de algo me he dado cuenta durante estas semanas es que hay un sector de espectadores televisivos con un grado de impaciencia tan grande que imagino que mandarán a tomar viento a grandes obras literarias si a las treinta páginas no han ocurrido mil giros, se ha muerto el protagonista o ha aparecido un dragón de una cabeza por escama. Lo quieren todo, y lo quieren ahora. Algo que me extraña, porque la primera temporada de True Detective no es que fuera un alarde de frenetismo narrativo, pero claro: en esta segunda entrega no sale Rust, el personaje de McConaughey, factor que hizo a muchos subirse a los halagos de hace un año cuando quizá ni sabían qué estaban alabando o si de verdad les gustaba lo que estaba escribiendo Pizzolatto.

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Rust monologaba de una forma tremenda (y maravillosa) durante los ocho capítulos originales, y todo el mundo (que disfrutaba la serie) lo aplaudía. Ahora tenemos a Velcoro, el personaje de Colin Farrell, monologando de una forma semejante o, yo diría, incluso más suave, y se le tacha de pedante. El doble rasero es un mal que ha existido siempre y que, en mayor o menos medida, todos cometemos alguna vez. Queremos series profundas y que no nos den todo mascado desde el principio, pero llega Pizzolatto con un relato a fuego lento como ha sido el de esta segunda temporada y muchos ponen el grito en el cielo. Decía el showrunner de House of CardsBeau Willimon, en la última mesa redonda de The Hollywood Reporter que la gente tiene la manía de criticar una temporada antes de que esta termine, cuando para dar una valoración final hay que esperar, quién lo diría, al final.

Una vez vista de principio a final saco dos conclusiones: la primera mitad es notable pero con unos cuantos problemas, y la segunda mitad es absolutamente espectacular. No ha sido una temporada perfecta, quizá porque la realización no ha sido tan homogénea como en las (literalmente) singulares manos de Fukunaga, o quizá porque la estructura propuesta por Pizzolatto obligaba a la narración a dejar lo mejor para la conclusión. Para recoger hay que sembrar, y eso es lo que ha hecho a lo largo de los primeros cuatro episodios, que si bien me parecen más que reivindicables, se les puede tachar de dejarse llevar por lo que vendrá después, como diciéndote “Prepárate para los cuatro últimos”. Y así ha sido: a partir del quinto episodio todo ha ido hacia arriba, con una intensidad espectacular y la más que gratificante muestra de que Pizzolato no nos hacía “perder” el tiempo en la primera mitad, sino que preparaba el terreno. Lo dicho: una historia cocida a fuego lento.

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El reparto de actores fue de lo que más dio de hablar antes de que se estrenara la temporada, y aunque personalmente tenía mis dudas, el resultado ha rondado lo satisfactorio. Hemos tenido a cuatro protagonistas, y dudo que muchos estamos en desacuerdo en que los dos mejores, tanto personajes como intérpretes, han corrido a manos del Velcoro de Farrell y la agente Bezzerides de una genial Rachel McAdams. Por otro lado me he llevado una agradable sorpresa con Vince Vaughn (Frank) que, sin realizar un trabajo sobresaliente, aguanta bien el papel y lo hace completamente suyo en los dos últimos capítulos. Taylor Kitsch (Woodrugh) es el que no me ha funcionado nada; entiendo al director de casting que apostó por él ya que el personaje en sí es bastante inexpresivo y con un aura de misterio, pero el problema ha estado en las escenas en las que ha tenido que interpretar de una manera más efusiva, más visible, demostrando que es un actor terriblemente limitado. Y para terminar con el reparto mencionar a una de las sorpresas que nos ha brindado esta tanda de capítulos: Kelly Reilly, encargada de interpretar a la mujer de Frank, que ha estado estupenda y magnética hasta decir basta.

Quiero dejar clara una cosa antes de cerrar el chiringuito: hay una enorme diferencia entre un “No me está gustando True Detective” y lo que hemos estado viendo estas últimas semanas. Eso ya no era opinión, era unos hilarantes intentos por intentar situarse desesperadamente por encima de la serie. He leído artículos recomendando que la gente no empezara la temporada (¡criterio propio!), he leído artículos comparando esta segunda temporada con Twin Peaks (¡qué tendrá que ver!), he leído, literalmente, cosas como “Como digáis que os gusta esta temporada de True Detective os parto la cara”. Imagino que la amenaza no iría más allá de un energúmeno dando cabezazos al teclado de su ordenador o móvil, pero es una buena muestra de cómo ha estado el panorama. Parece que ya no puedes disfrutar de una serie sin compararla con otras mil más, o esperando (¡locura!) a que acaben los ocho capítulos para dar una valoración definitiva, no vaya a ser que nos guste.

Bueno, qué, Pizzolatto: ¿vamos a por la tercera?

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