Luke Cage: El último de la clase

Este artículo no contiene spoilers de la temporada.

En algún momento tenían que fallar. El tándem creado por Marvel y Netflix nos había estado regalando, hasta la fecha, series de una calidad muy notable, atreviéndose, quizá por estar en un formato diferente y no tener que generar millones de ganancias en un solo fin de semana, a ir incluso más allá de las propuestas cinematográficas que asiduamente visitan la gran pantalla en pos de ofrecer un espectáculo de disfraces y chispas. Espectáculo que disfruto y con el cual incluso me entusiasmo, no lo voy a negar, pero también creo que el nivel de Daredevil y Jessica Jones, o al menos sus intenciones de diferenciarse del resto de productos, es digno de un mayor aplauso y reconocimiento. Sin dejar de lado las peleas y los superpoderes, narraban historias personales, con un desarrollo más profundo (teniendo más minutos para ello, cierto) y con un tono oscuro con el que constituían, en sí, otra parte bien diferenciada del universo que Marvel está creando tanto en cine como en televisión. Y con este músculo, aparentemente en plena forma, nos llega el siguiente paso hasta lo que parece ser el objetivo, los Defensores, con la temporada dedicada a uno de sus miembros: Luke Cage (Mike Colter). Ha sido entonces cuando la confianza ciega se ha convertido en precaución, y la decepción ha llamado a la puerta.

¿Sabéis cuál es una de las principales razones por las que Daredevil funciona tan bien como conjunto? Se debe a que, a parte de su personaje central, cuenta con unos secundarios que te importan, con subtramas estimulantes, y unos antagonistas con la suficiente presencia como para poder tener una temporada propia (algo que, de hecho, va a ocurrir con el Castigador). Lo mismo podría decir de Jessica Jones, con otro enemigo memorable que representaba, superpoderes mediante, una relación tóxica y abusiva. Por desgracia, Luke Cage es la primera que tropieza en su intento por crear un universo atractivo a su alrededor: más allá del propio Luke, el típico personaje de pasado misterioso y futuro incierto (que, también hay que decirlo, funcionaba mejor como secundario en la temporada de Jessica), que sí que cumple como figura principal, todo lo demás, absolutamente todas las subtramas están escritas con una torpeza a menudo sorprendente. Entiendo que hayan querido enfocar la serie hacia otro tono, algo que aplaudo por su ánimo de diferenciarse, pero el problema no está ahí, en su peculiaridad, sino que se encuentra en su propia escritura: los guiones son terroríficos y tanto las secuencias involuntariamente cómicas como las inverosímiles (y no hablo de acción, sino de relaciones entre personajes) salpican los trece capítulos de manera constante.

Y aunque Luke Cage quiera diferenciarse de las otras dos colaboración entre Marvel y Netflix, no deja de tener un sabor manido y viciado que no nos deja de recordar que esto ya lo hemos visto antes, y mucho mejor. Trama policíaca por un lado, trama política por otro, chanchullos de gangsters y un protagonista que necesita lavar su nombre ante la desconfianza que genera en la gente un individuo con sus poderes, cuya piel es tan dura que las balas revotan en ella. Y oye, no es necesariamente negativo que sus intenciones carezcan de originalidad, pero sí lo es la forma en la que las desarrollan: las casualidades y las conveniencias parecen ser la herramienta favorita de los guionistas de esta ficción, incapaces de crear arcos interesantes y de mover las diferentes piezas a lo largo y ancho del tablero (metáfora que se encuentra en la propia serie representada en el ajedrez; la ironía de quien quiere crear una partida compleja y acaba pariendo un lío con una estructura desastrosa).

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Pero si hay algo que de verdad me da rabia de Luke Cage es su mirada superficial sobre un tema tan de actualidad como la violencia policial hacia las personas negras. Es un tema que está presente en la serie, que no quepa duda, pero aparece solo cuando es conveniente, creando un discurso poco sólido y una representación casi vulgar de una situación tan peliaguda como esta. Y además se cubre las espaldas al situar como jefa de la comisaría a una mujer negra y como personaje prácticamente co-protagonista a una policía de color, Misty Knight (Simone Missick). Es una pena que en una obra así, que va a llegar a tanta gente, se haya desperdiciado la oportunidad de hablar de forma más contundente de algo de esta importancia; que no niego el hecho de que esté reflejado, y la propia naturaleza del protagonista (un negro anti-balas, creo que queda claro) nos conduce hacia esa crítica, pero nunca acaba de dar un puñetazo sobre la mesa.

Por si fuera poco, Luke Cage se encarga de regalarnos algunos de los peores personajes que van a visitar la pequeña pantalla este año: Shades (Theo Rossi), cuya cara de tipo duro y su forma de ponerse y quitarse las gafas de sol, como si eso le diera cierto carisma, le acercan peligrosamente al dibujo animado o a una parodia de lo que realmente tenían intención de hacer; Mariah Dillard (Alfre Woodard), definida en la propia serie como “la zorra que a todos nos encanta odiar”, pero que simplemente odiamos y ya, siendo cada minuto que aparece en pantalla una verdadera tortura; Diamondback (Eirk LaRay Harvey), una parodia del Castigador; y por último Cottonmouth (Mahershala Ali), que constituye, junto al anterior, uno de los antagonistas más desaprovechados y fuera de tono de todo Marvel. Cuando los personajes no funcionan, los guiones se tambalean, el montaje es deficiente y la acción no destaca especialmente, te das de bruces con algo como Luke Cage. He leído a varias personas defendiéndola con la excusa de que Netflix nos tenía mal acostumbrados con las dos anteriores y que esta solo baja un poco el nivel. No creo que sea así, la verdad. Las otras siguen siendo estupendas, y esta poco más que un desastre. Esperemos que solo haya sido un tropiezo y con Puño de hierro la cosa se empiece a enderezar de nuevo.

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