Mad Men y el eterno retorno

Este artículo contiene spoilers del final de Mad Men, por lo que si no lo habéis visto os recomiendo que os mantengáis alejados de estos párrafos hasta después del visionado.

Lo que llamas amor lo inventamos nosotros para vender medias“, decía Don Draper en el piloto de Mad Men. Y esa frase podría haber sido la última que soltara en la serie. La ficción de Matthew Weiner nunca ha seguido un camino fijo, una sola vía por la que todos sus personajes caminaran; cada uno de ellos ha tenido su propio conflicto, sus propias vivencias, sus propias caídas y formas de levantarse. No era fácil cerrar una serie como Mad Men. ¿Cómo hacerlo de una manera satisfactoria? ¿Quién debería concluir la historia? ¿En qué personaje debería estar centrado el último plano? Ese personaje siempre ha sido Don Draper. Siempre.

El último capítulo de Mad Men ha sido una (en cierto modo optimista) oda a la tristeza, una forma brillante de cerrar una historia que de ninguna manera podía tener un punto y final. Don Draper es un personaje que no puede asentarse en un lugar en el que lo único que pueda hacer sea… nada. O nada para lo que él considera hacer algo. A más de uno nos extrañó la cercana posibilidad de que se quedara a vivir en una comunidad casi hippie, que abrazara un lado suyo que hasta ahora no sabíamos que tenía. Y exacto, no lo tiene. Solo necesitaba desconectar, cargar las pilas. Da igual si está al borde de cargarse su puesto en una empresa de gran prestigio, porque luego volverá… y se sacará de la chistera el anuncio de Coca-Cola. Un anuncio para gobernarlos a todos. La meta final.

Sin embargo digo que el capítulo me parece una oda a la tristeza porque Donald Draper es un tipo triste, alguien que debajo de esas sofisticadas capas de dureza y atracción esconde un corazón que se engaña a sí mismo. Cree buscar un hogar en el que asentarse, pero cada vez que lo tiene lo destruye. En este tramo final de la serie ha intentado literalmente huir del mundo de la publicidad, del mundo empresarial, de su mundo en definitiva, para darse cuenta de que solo estaba pasando un bache y va a volver por la puerta grande. Y eso me resulta triste, la ilusión de ver cómo corta los hilos de una vida que le contamina para finalmente descubrir que solo era para coger más impulso, para dar el golpe ganador y regresar a esa rutina que inevitablemente le hace feliz. Don Draper es un hombre de trabajo, no de familia. Solo quiere estar casado para llevar a la parienta a reuniones con clientes y fardar de su aparente éxito, de su imagen de persona sin grietas. Y si algo tiene Don Draper son grietas.

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A pesar de que el final nos señala que Don vuelve al mundo de la publicidad y que nada realmente ha cambiado, el último capítulo nos regala varias escenas en las que vemos a un Draper más humano, más abierto. La noticia de que Betty tiene cáncer solo parece hundirle a una mayor profundidad; nos recuerda que en las tres primeras temporadas eran, o parecían, el matrimonio ideal. La conversación telefónica con Peggy también indica el declive total de un personaje que ha perdido el rumbo de su vida, hasta tal punto que llegamos a pensar (y Peggy también lo hace) en que se va a suicidar. Nada de eso ocurre: en la última escena, Don, meditando, se da cuenta de que nada tiene por qué haber cambiado. Betty se morirá, pero… ¿qué relación tiene con Betty? Prácticamente ninguna. Además él no se tendrá que hacer cargo de los niños, que irán a vivir con la familia de la fallecida. Don podrá volver al trabajo (porque, aunque se haya ausentado sin permiso durante semanas, ¿quién va a despedir a Don Draper de la empresa?) y seguir viviendo su vida. Su triste vida.

Aun así, el último capítulo también nos ha dejado hueco para la esperanza y la felicidad. Joan sigue sin conseguir triunfar en su vida amorosa, pero porque tampoco lo necesita: es una mujer independiente y que quiere adentrarse en un mundo laboral en el que el machismo está más que presente. Brindo por ella. Roger parece haber encontrado a su media naranja; una media naranja pocha, quizá, pero “por fin hay alguien que ha entrado en tu timing“. Sally tendrá que aceptar la inminente muerte de su madre, pero la última escena la confirma como una chica fuerte y con capacidad para cuidar de sí misma y de sus hermanos. Pete se monta en un avión y se va a vivir la vida junto a su recién reconstruida familia; quizá un final demasiado feliz para un personaje que necesita seriamente una buena bofetada, pero así es este mundo. Y por último, Peggy y Stan, protagonistas de una de las mejores escenas no ya del episodio sino de la temporada, en la que por fin confiesan su amor uno por el otro; es absolutamente coherente y un rayo de luz en una vida (la de Peggy) que necesitaba salir de las cuatro paredes de su despacho. Además, Stan es un buen tipo. Que sean felices.

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La segunda parte de esta séptima temporada ha confirmado a Mad Men como una de las mejores series de la historia, y para un servidor como su favorita. No porque no lo hubiera demostrado antes, pues esta obra no tiene ni una temporada mala, pero su conclusión era un factor muy importante de cara a colocarla en los más altos puestos. Para mí el señor Weiner no solo nos ha regalado un final coherente y satisfactorio, sino tremendamente interesante y sin ánimos de contentar a todo el mundo. Mad Men no podía tener un final tan cerrado como el de Breaking Bad; quizá tampoco le habría beneficiado una conclusión tan abierta como la de Los Soprano, y por ello se mueve entre esas dos aguas. Te deja todo claro, pero no cierra puertas a interpretaciones. No me queda más que despedir a una serie fantástica, una obra maestra de la pequeña pantalla que, a pesar de haber fundido a negro su historia, seguirá encendida en nuestra memoria.

“La publicidad se basa en una cosa: la felicidad. Y, ¿sabes lo que es la felicidad? La felicidad es el olor de un coche nuevo. Es ser libre de las ataduras del miedo. Es una valla en un lado de la carretera que te dice que lo que estás haciendo lo estás haciendo bien” Don Draper

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