Sobre Juego de tronos y su quinta temporada

Este artículo contiene spoilers como puños (o dagas) de la quinta temporada de Juego de tronos, así que no está recomendada su lectura antes del respectivo visionado de la serie. Quien avisa no es traidor.

Y la primera daga atravesó su cuerpo, ante los ojos de los que creía sus compañeros; la  segunda no tardó en llegar, confirmando lo sospechado; continuó la tercera, “Por la Guardia de la Noche”; y no pararon hasta que estuvo tumbado en el suelo, mirando hacia el infinito, inundado por su propia sangre, escribiendo el que iba a ser su final. Supongo que pensaría en Ygritte, o quizá en si sus decisiones habían valido la pena, o tal vez alcanzó la oscuridad con el triste pensamiento de que nunca iba a conocer la identidad de su madre. En todo caso, yo, Daniel Cabo, como espectador de la serie y admirador del mundo creado por George R. R. Martin y brillantemente adaptado por la HBO con Juego de tronos, no podía pensar más que cuatro palabras: “Malditos hijos de puta”.

El mundo de Juego de tronos es apasionante porque, entre otras cosas, nunca se sacude la sensación de que nadie, ni el más poderoso noble ni el más pobre de los plebeyos, está a salvo. La muerte camina sobre esas tierras, seguramente no como la mostraba Woody Allen al final de La última noche de Boris Grushenko (Love and Death, 1975), bailando, sino escondiéndose detrás de cada árbol en busca de su siguiente víctima, o directamente dando la cara con un ejército infernal liderado por los Caminantes Blancos. A todos nos dejó sin palabras la muerte de Ned Stark al final de la primera temporada (o el primer libro, que en este caso lo mismo da): nos borraron de un plumazo al que creíamos que iba a ser el protagonista de toda la historia. Como hizo Hitchcock con Psicosis (Psycho, 1960), nos dejó por unos minutos con la insoportable duda de dónde nos íbamos a agarrar ahora, de quién iba a dar un paso al frente para tomar el liderazgo de la trama.

Y como ya se venía demostrando durante la primera entrega, nos dimos cuenta de que Juego de tronos no necesitaba de un personaje principal y único, sino de muchos repartidos a lo largo y ancho de ese mundo. Daenerys, Jon Snow, Tyrion, Cersei, Arya…; un buen puñado de grandes personajes encabezaron sus propias líneas argumentales, en ocasiones relacionadas pero habitualmente separadas por kilómetros e intenciones. Juego de tronos es, ante todo, una serie coral, todo personaje es importante (algunos más que otros, evidentemente) pero también prescindible, aunque con pequeñas excepciones como es actualmente, por ejemplo, Arya Stark: es muy poco probable que muera porque es el vehículo para contarnos la historia en un lugar en el que no está rodeado de otros personajes a los que de verdad nos podamos agarrar.

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La quinta temporada ha estado repleta de buenos momentos y de momentos regulares; en algunos casos te hacía disfrutar con esa mezcla entre política y fantasía medieval, y en otros te hacía preguntarte para qué gastar un pastizal en grabar en Sevilla cuando no te preocupas en llenar de vida esos hermosos parajes. En todo caso, no me extrañaría si la mayoría coincidiéramos en que la primera mitad de la temporada estuvo relativamente bien, con subidas y bajadas, pero que fue poco a poco aumentando el nivel hasta desembocar en un tramo final, los tres capítulos que la cierran, absolutamente espectacular. Para este que escribe no es la mejor entrega de las cinco que llevamos (considero que la tercera y cuarta son más redondas y constantes), pero celebro que nos hayamos topado con una línea ascendente; prefiero empezar regular y acabar bien que viceversa.

Y volviendo al tema de las muertes, me parece estupendo que la historia apueste por esa intranquilidad de saber que nadie está realmente a salvo, pero por otro lado también creo que el autor, en este caso George R. R. Martin aunque dando algo de responsabilidad a los guionistas de la adaptación que están cambiando cosas, tiene que saber cuándo debe o no debe hacer algo. Antes de que me asaltéis con frases tan ciertas como “Es su obra y hace con ella lo que quiere”, permitidme que me explique: una de las más evidentes y también más agradecidas características de las novelas y de las series es que cuentan con un espacio en el que desarrollar sus historias que ya quisiera el cine, y el espectador (centrándome en el medio televisivo) tiene el privilegio de ir avanzando de la mano de unos personajes que va conociendo poco a poco, hasta quererlos u odiarlos con fundamentos. Muchos de los personajes que veíamos al inicio de la serie siguen con nosotros, y no sé si estaré solo en esto, pero mi conexión con ellos es mucho más profunda que con las nuevas fichas que se han ido añadiendo al tablero tiempo después. Hay excepciones (Ygritte era de mis personajes favoritos y no se introdujo hasta el final de la segunda entrega), pero no hacen más que confirmar la regla.

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You know nothing, Jon Snow”. Parecía que todos se burlaban de él, dentro y (sobre todo) fuera de la serie, pero ha terminado siendo uno de los personajes más cuerdos y nobles de toda la historia; quizá fuera por eso, por no saber nada y guardar demasiadas esperanzas en que existiera una buena intención en las personas con las que trataba. En un giro brutal de los acontecimientos, y resultando totalmente inesperado para un servidor, la escena que cierra el último capítulo de esta quinta temporada muestra cómo varios miembros de la Guardia de la Noche, compañeros, hasta amigos, asesinan de forma cruel a un Jon Snow indefenso e incapaz de reaccionar. Y tras superar la conmoción que este momento me ha regalado, me he puesto a reflexionar sobre lo sucedido y he llegado a dos conclusiones: primero, es una decisión arriesgada y valiente; segundo, ojalá George R. R. Martin no hubiera dado ese paso.

Jon Snow era uno de los pilares de la serie, el punto principal en la trama del Muro y un personaje con el que hemos pasado muchas horas. Es irónico que después de aventuras en el más frío Norte, haber sobrevivido a los Salvajes y conseguir matar a un Caminante Blanco, hayan sido sus propios compañeros de guardia los que hayan acabado con su vida. Vale, George, lo pillamos: nadie está a salvo, nos encontramos en un mundo cruel y traicionero. Ahora bien, ¿cómo vamos a seguir las tramas en el Muro? ¿Van a haber siquiera historias que se desarrollen en él? Claro que tenemos a un buen puñado de personajes que conocemos, pero con Sam de viaje a Antigua… ¿quién será la cabeza visible argumentalmente hablando? Antes he dicho que Juego de tronos es una serie coral, y lo es, pero cada cielo acaba por tener una estrella más brillante que las demás; quizá esa estrella brille más dependiendo de cada temporada (Tyrion era el “protagonista” en la línea de Desembarco del Rey en la segunda temporada, y sin embargo en esta quinta dicho título ha caído en Cersei), pero siempre hay una. ¿Quién va a serla en el Muro? ¿Melisandre, Davos, alguien de la Guardia? Son personajes secundarios, y funcionan como tal.

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El último capítulo ha sido una orgía de muertes e interrogantes: doy por hecho que Myrcella ha muerto envenenada y que Stannis ha sido ejecutado por (la desaprovechada) Brienne, pero no estoy seguro del destino de Sansa y Theon. Han saltado de un muro altísimo, por lo que su fallecimiento debería ser noticia, pero en ningún momento vemos el final de la caída… y Juego de tronos es una serie que suele dejar claro quién muere y en qué momento. Lo que me ha sorprendido, y para bien, es que Cersei haya sobrevivido a ese paseo en pelota picada por Desembarco del Rey; estaba convencido de que en cualquier momento alguien se iba a abalanzar encima de ella e iba a matarla sin la menor duda. Y no; qué bien.

Para despedir la serie hasta el año que viene me gustaría comentar tres de los momentos más memorables de la temporada, y que casualmente se encuentran en los tres últimos episodios. El primero es el tramo final del octavo capítulo, con la batalla contra los Caminantes Blancos: un despliegue visual pocas veces visto en televisión y una realización que, a diferencia de ejemplos en la primera mitad de la season, sabía bien cómo rodar acción y aportar al conjunto un tono épico y único. El segundo pertenece al noveno y esperado capítulo, y curiosamente no se trata de la escena en la que Daenerys monta en su dragón, aunque también me impresionó, sino el sacrificio de la hija de Stannis a manos de Melisandre y compañía. Es un momento escalofriante, cruel y crudo como él solo. Y el tercer y último instante que se me ha quedado grabado en la retina pertenece al último episodio, y es la mencionada caminata de Cersei, completamente desnuda, por las calles de Desembarco del Rey. Cómo la humillan, cómo se derrumba pero continúa con tal de alcanzar la seguridad, cómo vemos en su cara (magnífica actuación de Lena Headey) la desesperación y, creo yo, las ganas de venganza… En definitiva, quizá no haya sido la mejor temporada de Juego de tronos, pero oiga, vaya temporada.

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