The Get Down: ¿Tanto escándalo para esto, Baz?

Este artículo no contiene ningún spoiler de la serie.

¿Música disco o hip-hop? ¿Serie musical o crónica generacional? ¿Blaxploitation o coming-of-age? ¿Todas estas cosas juntas o, en realidad, nada de lo prometido? ¿En qué lado del tablero cae la última creación del visionario cineasta Baz Luhrmann? El director de Moulin Rouge (íd., 2001) y El gran Gatsby (The Great Gatsby, 2013) firma The Get Down, un proyecto televisivo que, según ha contado en numerosas entrevistas, llevaba desarrollando durante diez largos años y que aterrizó en Netflix este verano con sus seis primeros episodios (el resto se subirán a la plataforma en 2017), convertida, además, en la producción más cara de la historia de la televisión, con un presupuesto de 120 millones de dólares (un promedio de 10 millones por episodio). Sin embargo, teniendo en cuenta esta desorbitada cifra y el tiempo que se ha invertido en una idea como esta, sorprende que The Get Down sea, finalmente, una decepción.

Contando una historia que ya hemos visto antes, The Get Down se ambienta en la Nueva York de finales de los setenta, donde, asfixiado por las condiciones sociales que lo rodean, Ezekiel ‘Zeke’ Figuero (Justice Smith) se encuentra dividido entre los dos caminos que puede tomar su futuro: convertirse en un ejemplo para la juventud negra y aceptar ser usado por la campaña política de turno o seguir su sueño musical para ser el mayor MC que haya salido del Bronx. Para ello se asociará con uno de los personajes más carismáticos de la serie (probablemente el único carismático), un DJ conocido como ‘Shaolin Fantastic’ (Shameik Moore). A esto se suma que la vida de Zeke está ligada a la de Maylene, una chica talentosa que quiere triunfar como cantante de música disco, pero es reprimida por sus padres, fervientes creyentes católicos que no desean que a su hija se la asocie con ese estilo de vida pecaminoso. Así, pues, tenemos al mentor, tenemos al grupo de amigos, tenemos al interés amoroso y tenemos una historia que, desgraciadamente, cae en el cliché, antes incluso de que se le dé tiempo a plantear una serie de temas importantes que se atreve a reflejar de forma tan superficial que podrían verse peligrosamente caricaturizados.

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La puesta en escena es, sin duda, lo más forzado, lo que más desatina en una serie que debería tener como preocupación principal la creación de una atmósfera bastante determinada, para poder brindarle al espectador la sensación de estar viendo, en efecto, algo que tomó lugar hace casi cuarenta años y desencadenó un fenómeno cultural que moldeó en su camino a distintas otras manifestaciones y expresiones políticas y culturales, incluso cuando se quiere observar esta explosión desde una perspectiva de fantasía y uso alegórico de ciertos elementos reales. No obstante, lo que sucede en The Get Down es que no se decide realmente de cuándo ser qué, ni cómo usar sus elementos fantásticos (curiosamente los más ricos, visualmente atractivos y, por ende, los más desaprovechados), ni mucho menos los musicales (quien espere una serie musical se verá decepcionado). Si la puesta en escena fuera decididamente más enérgica, aprovechando la ventana que abre con la inclusión de estos elementos del cine y la televisión de explotación negra que se podía encontrar en los setenta, el resultado no se sentiría tan irregular y el homenaje y la oportunidad de darle un giro a la visión estereotípica de las personas de color y el pasado de la cultura afroamericana no sería desperdiciada de esta manera.

Es así, en su indecisión de tono, en su acercamiento demasiado típico a las historias de familias disfuncionales y conflictos sociales, en su caótica y desprolija realización y su monótona forma de contar las cosas, que The Get Down no se parece a (casi) nada de lo prometido. Son, de hecho, los últimos dos episodios los que contienen los elementos que debían haber marcado la serie, los que hacen que esto se sienta como una historia que está ahí y que tiene algo mínimamente interesante que contar. Pero son eso, momentos, extractos, alguna secuencia que, sí, es correcta, pero que, a estas alturas, ha tardado mucho en llegar, mientras el resto solo es comparable a mezclar ingredientes al azar esperando que el resultado sea excepcional y, ojo a esto, justifique una inversión económica descomunal.

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Evidentemente hay mucho de The Get Down que está mal, desde aspectos de la narración hasta el montaje. Pero no está todo perdido. No solo la banda sonora de esta serie es un punto demasiado fuerte para pasar desapercibido, sino que también las interpretaciones son una de las columnas más importantes sin las que probablemente el desastre que ha traído entre manos durante diez años Baz Luhrmann sería absolutamente insostenible. Y si hay algo que reconocerle a este intento de reconstrucción mitológica de los inicios del hip-hop es la creación de un personaje como Shaolin Fantastic (nombre epítome de lo guay), que en manos de Shameik Moore (a quienes algunos recordaréis por su papel protagonista en Dope) adquiere precisamente ese cariz mitológico, ese tono trascendental de estar viendo a un héroe (o antihéroe) que podría liderar un movimiento, y que trasmite como nadie más la sensación de ser un joven que lucha por sus ideales a toda costa mientras corre por las calles del Bronx con un disco de vinilo bajo el brazo y una lata de pintura en spray listo para dejar su marca en donde haya que dejarla. Eso es lo que The Get Down debería ser, seis horas de Shaolin Fantastic. Yo compraría.

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