The Handmaid’s Tale y la importancia de lo distópico

Este artículo NO contiene spoilers de la serie.

Si estamos inmersos en este mundillo audiovisual, si estamos tan apasionados por el cine y por la series, es por algo. Ese “algo” es lo que nos llena cada vez que vemos una de nuestra obras favoritas, cada vez que nos emocionamos con la historia que nos están contando, por la potencia dramática y visual de sus imágenes, por interpretaciones desgarradoras, por una melodía en concreto. Ese “algo” reverbera en el interior de todos y cada uno de los que estamos enamorados del séptimo arte (incluyo la TV), desde que vimos esa o esas producciones con las que empezamos a sentir cosas, hasta el punto de convertirlo a día de hoy en nuestra gran pasión. Si hablo de esto es porque esa pasión se ha afianzado aún más con The Handmaid’s Tale —o como se ha traducido la novela original en nuestro país: El cuento de la criada—, y es que en cada uno de los diez capítulos que componen su primera temporada ha conseguido emocionarme, hacerme llorar como pocas ficciones lo han hecho, hacerme sentir ese “algo”. Llámalo fascinación, llámalo síndrome de Stendhal, llámalo conectar al cien por cien con lo que cuenta.

La nueva serie de la plataforma Hulu remueve cosas en mí como pocas ficciones han hecho, y mucho menos pensé en su momento cuando se anunció que esta podía ser una serie que me hiciera sentir así. Es una sensación extraña, te cala hasta los huesos y no te abandona, eso se queda dentro de ti. Tuve conciencia de la existencia de la serie desde las primeras imágenes promocionales con las que la anunciaron, y la puse en mi radar solo y exclusivamente porque salía Elisabeth Moss. De hecho, creía que iba a ser un drama de época; qué ingenuo. En España hemos tenido la grandísima suerte de que HBO España, aprovechando que Hulu aún no ha aterrizado en nuestro país, se ha hecho con los derechos de emisión y hemos podido ir viéndola semana a semana. Es una serie que no dejaré de recomendar (y  no he parado de recomendársela a la gente de mi entorno) porque, ante todo, la considero televisión de primer nivel, esto debería ser la norma y no la excepción. Por suerte, estos últimos años la televisión está dando pasos de gigante en lo que a calidad se refiere, hasta tal punto de que en lo que llevamos de 2017 me he visto mucho más ilusionado por las nuevas series que he comenzado (y las que sigo) que con la mayoría de estrenos de cine de esta primera mitad de año, y eso me parece bastante revelador de cómo están ambas industrias.

Lo primero que llama la atención de The Handmaid’s Tale es su marcado punto de vista narrativo. Una narración en primera persona regida por un incesante monólogo interior llevado a través de uno de los mejores usos de voz en off que he oído en los últimos años (y no sé si el mejor, así en general, en esto de las series de televisión). Offred, el personaje que interpreta la que fuera Peggy en Mad Men, es el de una mujer aislada, una esclava sexual dentro de un sistema que lo legitimiza. No tiene ni voz, ni voto. Y por tanto no puede expresarse libremente de ninguna forma. Pero ella se comunica con el espectador, nos permite entrar en su cabeza y ver qué piensa y qué sabe de todo lo que está pasando a su alrededor. Así iremos descubriendo y desgranando poco a poco esta República de Gilead, juntando las pocas pistas que nos van dejado con el paso de los capítulos y especulando con ella sobre las cosas que no llegamos a entender. La administración de la información, por tanto, me parece magnífica: el espectador sabe casi siempre lo mismo que la protagonista, que no es mucho. Y ayuda bastante que sea un mundo distópico tan interesante y misterioso, mientras que a su vez lo veamos tan posible y real en este mundo que vivimos actualmente que da autentico pavor.

No quiero hablar realmente del argumento de la serie, ni siquiera de la premisa. El descubrimiento del mismo es parte intrínseca de la experiencia de la serie, pero sí que veo relevante decir que me parece la serie más 2017 que podíamos haber tenido. No podría haber llegado en mejor momento, desgraciadamente. Por los temas que toca, tanto directamente como ejerciendo de paralelismo con nuestra realidad, es una de las series más importantes y necesarias que nos hemos echado a la cara últimamente. He visto reflejado en ella temas tan actuales como la crisis de los refugiados en Europa, el ascenso de políticas fascistas por todo el panorama internacional, y problemáticas derivadas de una sociedad extremadamante patriacal y misógina como son la cosificación de la mujer, la violencia doméstica, las leyes antiabortistas, las violaciones y un larguísimo etcetera. Por tanto se corona, con perdón de Big Little Lies y su sororidad, como la serie que hay que ver sí o sí este año. Su relevancia actual me parece tan profunda porque creo que nos muestra cómo podríamos acabar si seguimos como estamos. De hecho, ya hay sociedades que en parte están como Gilead (Corea del Norte, la mayoría de países de Oriente Medio…). Este tipo de series demuestran la importancia que puede llegar a tener una serie de televisión en la conciencia social; sin ir más lejos, hace unos días, en Texas un grupo de activistas se manifestaron vestidas como criadas de la serie en contra de una proposición de ley que permitiría a los ginecólogos mentir a las embarazadas sobre malformaciones en los fetos si pensaran que esta información haría que decidieran abortar.

Uno de los puntos que pueden generar algo de polémica en lo que es la serie en sí es que siempre acabe en mayor o menor medida en tono esperanzador. A algunos le puede parecer demasiado reiterante en términos de estructura, a otros sin embargo les parecerá necesario para rebajar un poco el tono opresivo de la serie. Yo me encuentro en un término medio, entiendo a esa gente que diga que es un recurso que llega a hacerse repetitivo, pero es que tiene que ser así, y se ha hecho marca de la casa ya. Por otro lado, si se racionaliza, estos puntitos de esperanza no son apenas nada. Son ideas, frases, o hechos insignificantes que vive Offred, la protagonista de la obra. En muy pocas ocasiones es verdaderamente esperanzador. Pero estamos tan entregados a la causa que lo más mínimo y carente de valor real en ese mundo nos parece todo un gran paso que nos llena de coraje para ver el siguiente capítulo y no rendirnos a que todo va a seguir así siempre. En lo que se refiere al apartado artístico me gustaría destacar el tratamiento de la luz y el uso de determinados tipos de planos con tal de afianzar una estética fría y solemne. Nos quieren hacer sentir a nosotros parte del sistema, como les han hecho a todas las criadas que viven allí. Al principio de la serie mantenemos distancia con todos los personajes y la sobria iluminación de cada escena nos indica que no hay que estar muy animados precisamente. Pero hay una excepción.

Evidentemente, esta excepción es Offred, un personaje con una extensa galería de primeros y primerísimos primeros planos que Elisabeth Moss aguanta como nadie. Una actriz que se corona —si no lo estaba ya— como una de las mejores de su generación y una de las reinas interpretativas del mundo seriéfilo, mucho ojito este año con los premios. Las actrices están tomando la televisión, ya que el cine no les deja, y no puedo estar más contento, menudos festivales interpretativos estamos teniendo esta temporada. El resto del reparto, como Madeline Brewer con su Janine/Ofwarren, Yvonne Strahovski como la Señora Waterford o caras medioconocidas como Joseph Fiennes (Shakespeare in Love) o Ann Dowd (The Leftovers) están realmente bien, pero el nivel de Moss es tan brutal que no se puede pensar en otro intérprete más que en ella. Ya está confirmada una segunda temporada, y estoy expectante. Tengo entendido que la trama del libro (aunque no sea exactamente igual que la de la serie) acaba más o menos donde termina el emocionante último capítulo de la temporada. Así que tengo bastante curiosidad por cómo se adentrarán en este terreno inexplorado, de la mano de la autora de la novela, eso sí. Espero que esta sea la primera de muchas grandes series que produzca Hulu. Y recordad: Nolite te bastardes carborundorum.

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