Westworld y el enigma tras enigma

Este artículo NO contiene spoilers de la temporada.

Cuando se mencionan tres simples palabras como “La nueva Perdidos” la mayoría nos llevamos las manos a la cabeza y esperamos lo peor. Desde que terminara la serie de J.J. Abrams han sido muchas las ficciones que han querido seguir el legado de aquella: personajes misteriosos, diferentes tramas que se entrelazan, un enigma que lleva a otro enigma y así hasta el infinito… Pero la mayoría han fracasado, bien por no haber entendido qué era lo que funcionaba en Perdidos (los personajes y el tempo), bien por directamente haber estado más preocupados en hacer algo parecido y no tanto una buena serie. Westworld, que está producida (curiosamente) por J.J. Abrams y creada Jonathan Nolan y Lisa Joy y que nos llegaba con la necesidad de ser una éxito para una HBO que requiere de nuevas ficciones que le sostengan la parrilla a largo plazo, se ha ido convirtiendo a lo largo de las semanas en “La nueva Perdidos“, pero de una forma muy inteligente: no tanto fijándose en sus engranajes dramáticos, sino en lo que hacía que la gente, después de ver un episodio, hablara de ella, creara teorías y, en definitiva, convirtiera a la serie en un fenómeno viral a base de la confección de un puzzle que se iba resolviendo, o complicando, cada semana.

Westworld nos tralada a un parque con temática del salvaje oeste habitado por los denominados hosts, anfitriones, unos robots con apariencia indistinguible a la del ser humano, que reciben cada día a invitados de carne y hueso que, tras haber pagado la cara estancia, visitan este mundo con la intención de sumergirse en aventuras programadas y dar rienda suelta a las necesidades más primarias. Sin embargo, algunos hosts empiezan a comportarse de formas peculiares, casi como si el reseteo que sufren cada día, de cara a repetir acciones en un bucle infinito, no les impidiera tener recuerdos y empezar a tirar del hilo. Así, como ya ha explorado cuantiosas veces la ciencia-ficción con anterioridad, se tratan temas como el qué nos hace humanos, qué es el libre albedrío y la corrupción, o empacho de poder, devenida de ocupar una posición casi divina respecto a otras criaturas.

A la hora de hablar de la estructura podemos dividir la serie en cuatro grandes tramas (a pesar de que existen subtramas que van ganando importancia a medida que avanza la temporada): la de Dolores, la de Maeve, la del hombre de negro y todo lo que ocurre en las instalaciones de la empresa. La mejor, más compleja y que finalmente se revela como el hilo que une prácticamente todo el argumento de la ficción es la protagonizada por Dolores Abernathy (llevada a la vida por una espectacular interpretación de Evan Rachel Wood), uno de los personajes del año que vive todo un viaje físico y emocional en busca de quién es realmente, y que se verá acompañada en su segunda mitad por William (muy correcto Jimmi Simpson). Como también lo vive un viaje emocional la propietaria del prostíbulo, Maeve (genial Thandie Newton), que en la primera mitad de la temporada cuenta con un papel secundario que se convierte, en la segunda parte, en prácticamente protagonista de una trama que desembocará en un contundente capítulo final. La tercera trama troncal desarrollada en el género western es la del hombre de negro (enorme Ed Harris), protagonista de una especie de road movie que le llevará, gracias a ser un invitado a ese parque (y por lo tanto inmune a las balas), a situaciones violentas en busca de lo que él llama “el laberinto”. Y por último tenemos todo lo que se desarrolla en las instalaciones futuristas de la empresa del parque, que conciernen principalmente a Bernard (un muy buen Jeffrey Wright en un papel complicado por diversos motivos) y a Robert Ford (un Anthony Hopkins que va creciendo durante la temporada y que, como siempre que elige un buen proyecto, que no es a menudo, sabe inyectarle un carisma muy particular a sus personajes), desarrollando conspiraciones corporativas y puñaladas por la espalda que desembocarán, siempre, en lo que está ocurriendo en el parque.

En una época en la que vivimos, con tantas series y muchas tan buenas, parece que hay gente que se quiere dar prisa en calificar a una como la mejor del año para así no tener que preocuparse por explorar las demás. Ha habido mucha exaltación de Westworld, bastante antes de concluir la temporada, dándola como lo mejor que se ha visto en televisión este año. Y bueno, aunque personalmente no creo que sea así (estaría entre las cinco mejores que he visto, y teniendo varias pendientes), entiendo por qué: es una serie estimulante, con una producción espectacular, con unos personajes muy bien construidos y con elementos que te recuerdan constantemente que estás ante una ficción mastodóntica, como pocas se han hecho, épica y única. Y en cierta manera lo es, su forma de mezclar western y ciencia-ficción es inteligente, y los giros argumentales, a pesar de ser efectistas en según qué momentos, no dejan de funcionar y de ser otro de los motivos por los que ha triunfado tanto entre la gente: esa consecución de enigmas, cada uno más grande que el anterior, que se veían resueltos por revelaciones impactantes y que daban pie a nuevas teorías. Ha sido, en definitiva, una muy buena temporada, llena de momentos brillantes y de ideas todavía por desarrollar; ya está renovada por una segunda temporada, que nos llegará en 2018 debido a lo complicado de su producción y que, quizá, supondrá un cambio de ambientación. Esperaremos impacientes.

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