La maldición de Hill House | Todo queda en casa

Este artículo NO contiene ningún spoiler de la serie.

Puede que este sea el año en el que menos series haya visto —ya sean de estreno o no— desde que estoy metido más o menos en el mundo seriéfilo. En parte porque últimamente no han habido muchas nuevas propuestas que me hayan interesado lo suficiente o que me hayan dado ganas de continuarlas. Salvando estrenos como Wild Wild Country o nuevas temporadas de algunas de mis series favoritas como Atlanta, El cuento de la criada, BoJack o American Vandal. Pero no ha sido hasta toparme con Mike Flanagan y su adaptación televisiva de La maldición de Hill House cuando realmente siento que se ha dado un golpetazo en la mesa con todo lo que tiene que aportar la industria ¿televisiva? —la serie es de Netflix— al audiovisual en 2018.

La maldición de Hill House está basada en la novela homónima de 1959 de Shirley Jackson, autora que ha influido enormemente la obra de los grandes autores de la novela fantástica y de terror moderna como Richard Matheson, Neil Gaiman y sobre todo Stephen King. Este último comparte con Hill House a Mike Flanagan, el director, guionista y productor de los diez capítulos que componen la serie ya que el año pasado adaptó también para Netflix una novela suya (aquella vez en un largometraje), Gerald’s Game, y en 2020 estrenará Doctor Sueño, la secuela de El resplandor. En La maldición de Hill House se cuenta la tragedia familiar de un grupo de hermanos cuya infancia estuvo marcada por los meses que pasaron viviendo en la que luego se convertiría en la casa embrujada más famosa del país. Ahora adultos, se ven forzados a volver a reunirse y enfrentarse a los fantasmas del pasado (figurados y literales).

Efectivamente, por si no os lo olíais ya La maldición de Hill House es un serie de terror; pero es que es mucho más que eso. Como en toda buena ficción de género, sus elementos fantasiosos o sobrenaturales sirven para hablarnos de algunos aspectos de la naturaleza humana que tratados desde el realismo serían imposibles o llegarían al espectador de una forma menos directa. En Hill House se sufre, pero no solo de sustos (que hay un buen puñado, no venimos a engañar aquí tampoco), se sufre e incluso se viene a llorar con el elaborado y emocionante drama de personajes que se construye a lo largo de la temporada. Yo fui el primer sorprendido cuando me vi tan involucrado emocionalmente con todos y cada uno de la familia Crain. Gracias a dedicar casi un capítulo por miembro de la familia y el cuidado con el que se ve que los trata Flanagan tanto en la dirección como a través del guion, se sienten como personas reales. Además, es un placer verlos interactuar entre ellos conociendo el trasfondo y personalidad de cada uno. Al final, cuando llega el décimo capítulo te sientes parte de la familia, como si los conocieras de toda la vida. No había vuelto a sentir tanto apego por unos personajes de este calibre desde que terminó la obra maestra de Damon Lindelof y Tom Perrota, The Leftovers. Ese es el nivel.

La serie también te puede llegar a atrapar e incluso volverse adictiva creo que gracias a cómo administra la información. La estructura de los capítulos funciona como el engranaje de un gran reloj, y nunca mejor dicho porque en ella se juega mucho con el tiempo. Flanagan se aprovecha de que la historia está dividida en dos épocas diferentes para servirse de alguna que otra pirueta narrativa fragmentando la linea argumental a lo largo de los diez episodios permitiéndole además no aburrir nunca al espectador y sorprenderle siempre estando un paso por delante gracias a los giros de guion que hay sueltos por toda la temporada. Más allá del virtuosismo del famoso sexto capítulo (debido a la pericia de rodarlo enteramente en cinco planos secuencia reales), y sin dejar de ser uno de los grandes capítulos del año, creo que es justo el anterior el que más me ha impactado. En él, el quinto, es donde por primera vez la serie se descubre de verdad y nos deja entrever todo lo que nos queda por descubrir de Hill House. Siguiendo la trágica historia de Nellie, la hermana menor de la familia, nos lleva hasta un emocionante e intenso clímax que finaliza con uno de los giros de guion más redondos y sorprendentes del audiovisual reciente. De hecho, Flanagan aquí —y en algún que otro punto álgido de la serie— lo siento como el heredero natural del mejor Shyamalan, que ya es decir.

Sinceramente creo que La maldición de Hill House es tan buena en parte gracias al mimo con el que el propio Flanagan cuida todos los aspectos de la misma. Se nota que es algo que le sale de dentro y no lo filma a la ligera (lo que daría por un tratamiento así en forma de serie a una adaptación de It, maldita sea). Está plagada de detalles, tanto que creo que se presta mucho a revisionarla. Desde elementos que anticipan hechos que ocurrirán en capítulos posteriores hasta cerca de una treintena de fantasmas escondidos intencionadamente en las sombras y sitios escondidos a plena vista a lo largo de la serie —no vas a ver ni a una cuarta parte de estos en tu visionado, pero te aseguro que cuando te topes con alguno de ellos te va a recorrer un escalofrío de lo lindo por todo el cuerpo—. Aunque no todo es Flanagan. El reparto está excelente, uno de los mejores casting que recuerdo tanto en la trama del pasado como en la del presente, incluso diría que los fantasmas están genialmente caracterizados. No puedo destacar a ninguna actriz o actor por encima del resto porque no hay nadie que resalte más sobre el otro. Todos tienen sus momentos de lucidez y tantos los niños como los adultos desprenden bastante talento. Por otro lado, no todo podría ser bueno. La fotografía a cargo de Michael Fimognari no es especialmente de mi agrado. Creo que a la larga le sienta regular la fotografía digital y acaba cansándome su paleta de colores tan poco variada (en algunos tramos es o bien azul verdoso o bien solo tonos de sepia). Creo que Hill House necesitaba celuloide, aunque entiendo que para una serie como esta en la que se tiene que trabajar tanto con los efectos digitales y por las necesidades físicas de algunos planos esto ni se planteara como opción.

En definitiva, que La maldición de Hill House no es solo el mejor estreno de 2018 si no que para mí es sin duda la mejor serie que he visto en lo que llevamos de año. No dejaré de recomendarla, aunque esta vez no muchos me hagan caso por el prejuicio y el miedo que hay frente al terror, así que si sois aficionados del género o sois unos valientes no dudéis en acercaros a vuestro Netflix más cercano lo antes posible.

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