Deadpool 2 | Harder, Better, Meta-er, Stronger

Hace poco más de dos años que los deseos de muchos fans, pero especialmente los deseos de Ryan Reynolds, se hicieron realidad. El señor Piscina de la Muerte logró la película que, por fin, hacía honor a la particular esencia que tiene personaje de los cómics creados por Fabian Nicieza y Rob Liefeld. Para el que escribe estas líneas, Deadpool (íd., 2016) fue un gran crowd-pleaser en que la violencia explícita y el humor metarreferencial a costa de las convenciones del cine de superhéroes —algo que nunca me cansaré de repetir que me encanta— se dan de la mano en una combinación explosiva. También sentí que la cinta de Tim Miller, al fin y al cabo, servía para romper el hielo de cara a futuras entregas que lograran aprovechar aún mejor el potencial que tiene el personaje. Es por ello que Deadpool 2 (íd., 2018) era la prueba de fuego para Wade Wilson de cara a convertirse en el gran anti-superhéroe del séptimo arte.

Sin la necesidad de dar cabida al lastre en que suelen convertirse las historias de orígenes, algo que sucedió con la primera aventura y que, junto al villano ultragenérico, me hace verla con ojos cada vez menos benévolos, Deadpool 2 funciona mejor que su predecesora en prácticamente todos los niveles. La primera sorpresa es que esta secuela no es un mero videoclip repleto de gags y vísceras con una historia escrita en una servilleta, sino que hay un núcleo emocional sobre el amor y la familia que alimenta el hilo argumental, un conflicto interno lleva a Wade a aceptar su destino y proteger a un niño mutante llamado Russell de la amenaza que supone para su vida el viajante del tiempo conocido como Cable. Y hasta aquí puedo leer, ya que hay más de una sorpresa en el desarrollo narrativo con respecto a lo que te venden los trailers —punto a favor del equipo de márketing—.

Aun así, hay un detalle que me gustaría comentar por las dobles lecturas que se pueden derivar. En la propia película se hace referencia a como X-Men sirve como alegoría sobre el racismo y la lucha de los derechos civiles en los sesenta. De ahí que no resulte demasiado descabellado pensar que ciertos elementos de una de las subtramas de DP2 pueden verse, desde un prisma similar, como una reinterpretación crítica de las torturas ejercidas bajo el pretexto de la terapia de reconversión sexual y los abusos miembros de la iglesia hacia menores, con un énfasis en las consecuencias que pueden derivar de todo ello en última instancia. Desde luego una capa de doble significado que no esperaba encontrar y me pareció cuanto menos interesante.

Otra de las victorias que se apunta Deadpool 2 es que bigger en este caso en particular se traduce en better. Empezando por el aumento de presupuesto —no hay datos exactos, pero no vería raro que hubiesen duplicado los $58M de Deadpool—, lo que, a pesar de que ciertas secuencias sean demasiado digitales, se ve directamente relacionado con un incremento sustancial de la espectacularidad de las escenas de acción. La experiencia de David Leitch detrás de las cámaras explica que las coreografías más físicas, pese a quedar por debajo del alto nivel de su trabajo en cintas como Atomic Blonde (íd., 2017) o John Wick (íd., 2014), estén bastante más cuidadas que en la media de este tipo de propuestas.

También aumenta la violencia explícita, hasta el punto de que el festival de sangre es tan bruto que acabas totalmente desensibilizado a la enésima mutilación de Wade Wilson —algo no necesariamente malo si lo disfrutas de igual manera—. Y entre todos aquellos que repiten y los nuevos mutantes que se nos presentan —además del adorado Peter—, el número de personajes que se pasean por la pantalla de esta secuela también crece bastante. Eso evoca el inevitable problema de que solo hay lugar para que unos pocos logren destacar y tener el suficiente peso. Más allá del trío formado por Deadpool, Domino —que brilla gracias a Zazie Beetz— y Cable —acertado como alivio serio— o la subtrama romántica que el primero mantiene con Coloso —esto lo digo medio en serio, medio en broma—, sorprenden tanto el protagonismo que gana Dopinder en su intento de ser útil para Mr. Pool más allá de sus funciones de taxista como, para mi gusto, lo poco que sale Negasonic Teenage Warhead a pesar de añadir un toque de diversidad LGBT que es todo un hito dentro del subgénero.

Aunque lo que realmente hace que Deadpool 2 merezca existir es el humor metarreferencial tan característico del personaje, potenciándolo esta vez por encima de los chistes escatológicos. No sé si el hecho de tener a Ryan Reynolds como guionista acreditado junto a Rhett Reese y Paul Wernick tiene mucho que ver, pero la secuela logra sacar aún más punta de las referencias relacionadas con la cultura pop, tanto en diálogos como en momentos más elaborados como las escenas post-créditos, que rizan el rizo de lo meta, o los títulos de créditos iniciales, cuya parodia resulta muy divertida a varios niveles. Es formidable ver como encuentran nuevas formas de reírse de Logan —y por extensión de Hugh Jackman—, de la franquicia X-Men y de otros personajes de Marvel, además de hurgar en las películas de DC Comics y los proyectos previos del reparto y el director. El hecho de que estemos viviendo en la edad de oro del cine superheroico, tanto con los éxitos rotundos del MCU como con los fracasos o decepciones que están viviendo en Warner/DC y la división marvelita de la FOX, no hace más que darle más balas al mercenario bocazas para dispararle al subgénero y crear maravillosas perlas cómicas.

Tenía mis dudas sobre si Deadpool 2 conseguiría superar la maldición de las segundas entregas, pero a la vez que confiaba en que, sin las limitaciones de la historia de orígenes, lograría explotar todo el potencial que tiene el personaje. Al final todo ha salido de la mejor manera posible, ya que en esta secuela los problemas narrativos son mucho más leves a la vez la película se convierte en un festival de violencia y comedia meta más satisfactorio si cabe. De hecho, el mayor problema que sentí durante el visionado era el temor a que el final de la película llegase y me quedara sin más contenido, algo que me parece uno de los mejores halagos que puede recibir una cinta como esta. Junto a Un lugar tranquilo (A Quiet Place, 2018), una de las mejores propuestas de cine familiar de lo que llevamos de año.  [★★★★]

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