El taller de escritura | Trasfondos ideológicos

Hasta hace poco, no puedo afirmar que reconociese el nombre de Laurent Cantet dentro de los cineastas francés de los que he podido catar algo. Sin embargo, sí conocía desde hace tiempo una de sus obras, La clase (Entre les murs, 2008), alrededor de la cual siempre sentía un halo de “fenómeno cultural” a partir de opiniones positivas de público y crítica. Y no es para menos, ya que conquistó hasta al jurado de Cannes al alzarse con la Palma de Oro hace ya diez años. Con estas expectativas, basadas solamente en la reputación, me acercaba por primera vez al cine de Cantet para ver El taller de escritura (L’atelier, 2017), la cual se presentó hace un año en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes y que ahora nos llega a salas de la mano de Golem.

El taller de escritura trata, como cabría esperar, sobre un taller de escritura que reúne a un diverso grupo de jóvenes de La Ciotat —todos ellos interpretados por actores debutantes— para que escriban una novela negra entre todos bajo la tutela de Olivia, una célebre novelista. Inicialmente parece que la película pudiese llegar a ser un ejercicio colectivo que retrate la diversidad de miradas y lo que esto puede aportar en el proceso creativo de una obra, más aún cuando esto se hace mirando hacia la vida real del entorno que rodea a esta media docena de aspirantes a escritores. Pero a medida que este proceso avanza las líneas narrativas acaban viéndose limitadas a dos hilos constantemente entrelazados que se centran en Olivia y uno de los jóvenes, Antoine. Todo ello viene motivado por los pensamientos que este último expresa sobre los problemas presentes en Francia durante los últimos años —terrorismo, racismo o el auge de la derecha, por poner ejemplos—, algo que inevitablemente le hace chocar con el resto de sus compañeros y con la propia novelista, quien, fascinada a la par que alarmada por la actitud, intentará indagar más en la persona que hay detrás de esas violentas ideas.

Centrar tu película casi exclusivamente en el personaje cuya ideología es la más repugnante de todas es algo muy peligroso, ya que habitualmente el protagonista de la historia acaba siendo aquella figura con la que el espectador empatiza más dentro de la cinta. En este caso el objetivo del director es el opuesto, intentando que los ojos que observan desde las butacas pasen por la mirada del personaje interpretado por Marina Foïs de la misma forma que él canaliza su punto de vista a través de ella. El guion, escrito a cuatro manos por Cantet y su amigo Robin Campillo, hace que las ideas de ambos personajes colisionen una y otra vez y que en el desgaste interno encontremos los motivos que propulsan los mensajes de odio entre la población joven e inexperta.

Esto último, dado el extremismo en el que nos movemos, desvía El taller de escritura por la senda del thriller durante los últimos compases del metraje, y ahí es donde nos damos cuenta de que Cantet se preocupa muchísimo por el contenido y no tanto por la forma. Si bien el camino que toma el film, repleto de diálogos que hacen avanzar el conflicto, no requiere ser filmado con un estilo que destaque en exceso, la dirección plana que predomina en cualquiera de las escenas le resta fuerza a ciertos momentos clave para el desarrollo. Teniendo en cuenta la potencia estética de 120 pulsaciones por minuto, el hecho de que Campillo esté involucrado en este film hace inevitable imaginar lo mucho que hubiesen mejorado ciertas escenas bajo su supervisión.  [★★★] 

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