La enfermedad del domingo | Años del futuro pasado

Os tengo que confesar que mi relación con el cine español no ha sido demasiado buena durante gran parte de mi vida. Hasta que no empecé a interesarme más por el séptimo arte, todo el producto nacional que veía era principalmente el cine comercial de turno lleno de caras conocidas. Fue con la llegada de Magical Girl (íd., 2014) y La isla mínima (íd., 2014) como me reconcilié con lo que se producía en España y empecé a ver joyas que me había perdido en su momento. Aún así, aún me queda mucho por explorar. Empiezo así esta crítica porque hace unas semanas yo no conocía a Ramón Salazar. Dando una ojeada por su filmografía admito haber visto dos de sus guiones, los de la duología Tres metros sobre el cielo (íd., 2009), pero no me he acercado a su faceta detrás de las cámaras hasta ahora. De manera que a ciegas en cuanto a precedentes pero con un gran amor por Bárbara Lennie era como un servidor llegaba a La enfermedad del domingo (íd., 2018), el tercer largometraje de Salazar como director.

La película se centra en la complicada relación entre Anabel y Chiara, madre e hija. Anabel abandonó a su hija Chiara cuando apenas era una niña de ocho años. Treinta y cinco años después, la madre es una señora adinerada, mientras que la hija vive como puede en una casa rural. Tras el reencuentro entre ambas, la única petición de Chiara es la de pasar diez días junto a su madre. Ella, sorprendida por la propuesta, acepta su petición y aborda la situación como una oportunidad de reconectar con su hija, sin saber que esta tiene un propósito oculto.

El punto de partida de La enfermedad del domingo es potente y Salazar lo aprovecha para hacer chocar a las dos figuras femeninas. En los primeros compases, sus mundos opuestos se verán enfrentados en lo superficial hasta ir poco a poco dejando paso al choque personal entre el pasado, el presente y los futuros pasados, lo que pudo ser y no fue. Es entonces cuando todos los sentimientos y las heridas acumuladas durante más de tres décadas afloran, dando lugar a un viaje emocional que zarandea al espectador por el perdón, el rencor, el remordimiento y la memoria. Paralelamente, las misteriosas intenciones de Chiara que la han llevado a reencontrarse con su virtualmente desconocida madre se mantienen como un intrigante elemento misterio que sobrevuela la casa rural donde se hospedan y que acaba descendiendo como un puñetazo en el estómago cuando el film llega a su conclusión.

Todo esto se ve acompañado por una puesta en escena hipnótica y elegante en cada escena, avanzando a un ritmo solemne y pausado pero sin llegar en absoluto a la letargia. Un envoltorio contenido y sin salidas de tono para hacer que calen cada uno de los diálogos entre las dos espléndidas actrices principales. Que Bárbara Lennie posiblemente sea la mejor actriz española de su generación es algo que ya se sabía después de sus trabajos en María (y los demás) (íd., 2016) y Magical Girl, y aquí no hace más que confirmarlo con la naturalidad con la que da vida a la peculiar Chiara, tanto sus toques de humor como su infierno interior. Mucho más sorprendente para el que escribe estas líneas es el descubrimiento de Susi Sánchez, quien está a la altura de Lennie en cada réplica y en la particular vía de redención y descenso del altar de lujos donde ha estado viviendo durante años.

Escribiendo esta crítica me he dado cuenta de los escasos defectos que le encuentro a esta película —alguna escena que puede tener menor interés en la historia o menor credibilidad— y lo mucho que realmente disfruté adentrarme en el paraje rural donde se ambienta para dejarme llevar por el conflicto emocional de esta pareja madre-hija. En cuanto a Salazar, ha conseguido que me pique la curiosidad entrar en alguno de los otros mundos que ha construido durante su filmografía. Ojalá sean tan estimulantes como el de La enfermedad del domingo.  [★★★½]

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