Sonic: La Película | Des-pa-ci-to

Muchos anticipaban ─anticipábamos, siendo honestos─ la catástrofe en cuanto los primeros avances de la nueva película de Sonic empezaron a ver la luz. Aquel primer cartel, ese primer vistazo de la apariencia del personaje, y, finalmente, ese tráiler original que hizo que todos nos quedásemos con la boca abierta. Siempre por los motivos equivocados, por supuesto, ya que lejos de tener un héroe protagonista de pinta carismática y cuqui, fácilmente trasladable al merchandising derivado de este tipo de obras audiovisuales (véase Detective Pikachu o, incluso, Baby Yoda), lo que nos intentaron vender parecía, en realidad, el primo yonki de Sonic: un Sonic pocho.

En consecuencia, esto contaminó la percepción que se tenía de la cinta desde mucho antes de que llegase a las salas de cine, alienando tanto a los fanáticos del erizo de Sega como a aquellos que no estaban familiarizados con el asunto por ningún lado. De hecho, esto no hizo más que contribuir, añadiendo combustible al fuego que llevaba (lleva) haciendo de Sonic nada más que un meme para los más jóvenes. Y es que, a pesar de la sorpresa de aquel fallido diseño, no deja de resultarme fascinante que tanta gente no haya llegado a pensar (o admitir) que el diseño del conocido personaje de videojuegos es, y siempre ha sido, a falta de palabras mejores, extraño.

Y es que los 90, época en la que Sonic hizo su primera aparición, podía haber mascotas de lo que fuera, por más rara que estas fuesen. Y si bien esto es síntoma (y consecuencia) del capitalismo corporativo más nocivo (y también del más desesperado), lo cierto es que hace mucho que el público infantil no parece haber encontrado una mascota del estilo con la que hacerse. Allí es, curiosamente, donde aparece Jeff Fowler con Sonic: La película (Sonic The Hedgehog, 2020) para decirnos que estábamos ─todos─ ligeramente equivocados, porque el Sonic que Fowler nos plantea no solamente está diseñado (ahora) de maravilla, sino que también es el bicho perfecto para encabezar una propuesta más que sólida dentro del entretenimiento familiar. Porque resulta, sí, que Sonic: La película está bien.

La propuesta, además, es simple. Sonic es un ser de otro planeta que, al huir in extremis del suyo, termina en la Tierra y, desde entonces, vive escondido en un pueblo en las afueras de San Francisco. Aislado, el erizo azul ha modelado su vida solitaria de acuerdo al sosegado ritmo de esta pequeña localidad y de sus habitantes. Pero Sonic está harto de vivir recluido, lo que de verdad quiere Sonic es tener amigos. Así es como en una arrebato, su sobrehumana velocidad provoca un pulso electromagnético que pone a las autoridades en alerta de lo que podría ser un ataque terrorista. Y a cargo de la misión militar destinada a investigar este extraordinario evento: el Dr. Robotnik, su más grande enemigo.

A este planteamiento lo acompaña la fórmula del “pez de fuera del agua”, típica en los casos como el de Sonic, en que una criatura advenediza debe aprender a navegar entre los elementos de un mundo que le resulta totalmente novedoso y comprensiblemente, incongruente. Sonic (con Ben Schwartz como el encargado de ponerle voz) resulta siendo en este escenario un bichejo entrañable y gracioso, pero con dos graves problemas a su espalda. Primero, lo absurdamente telegrafiadas que están las emociones de cada escena, subrayando al máximo que ahora debes sentir compasión, ahora está bien que te rías, y ahora siente un poco más de tristeza y ternura. Todo, por supuesto, acompañado de un fondo musical básico para que no te confundas respecto a qué tipo de escena es esta. Y segundo, la mala suerte (buenísima, en realidad) de tener en tu reparto a un Dr. Robotnik interpretado por Jim Carrey explosivo, más cerca aquí de su personaje en Un loco a domicilio (Cable Guy, 1996) que, por ejemplo, al de El show de Truman (The Truman Show, 1998). Un Jim Carrey que, en definitiva, carga con la película y le da el ingrediente indicado para inyectarla con energía, carisma y, me atrevería a decir, alma.

Porque, por un lado, que se interprete que hay “alma” en Sonic: La Película no es casualidad. Es mérito de la buena química que tienen sus personajes, pero principalmente del buen rollo que Carrey desprende. Entre bailes, movimientos de robot, y gestos histriónicos, este Dr. Robotnik eleva la película allá donde, por ejemplo, Detective Pikachu (íd., 2019) termina siendo insípida. Sin contar, por otro lado, que el humor de la cinta es acertado para la generación YouTube que se alimenta de streamings, celebridades fugaces y memes de Internet (tan solo falta Sonic diciéndole a Alexa que, por favor, le ponga el Despacito). Y, tristemente, por esa razón, también se contribuye también a algo que termina jugando en contra de la película: que sus gags están irreparablemente unidos a este momento temporal y que, por lo tanto, también tienen fecha de caducidad.

Quizás por eso, porque el tono general de la película juega en esa línea, no me deja de extrañar que las primeras referencias que la película te tira a la cara (de sutilezas, nada, esto es una película sobre Sonic) apelen a héroes de otra generación (Obi Wan Kenobi y el Spider-Man de Raimi). Pero quizás esto demuestre que Sonic: La Película simplemente es como una puerta abierta dispuesta a dejar entrar a quien esté preparado para conocer la vasta mitología del mundo de Sonic, entre compañeros y rivales cada vez más coloridos y extraños. Si la fórmula se repite así de bien, si a lo que se aspira es a emular el espíritu de las películas de aventuras noventeras y la ejecución es buena, entonces no veo cómo Sonic, a paso lento, pero seguro, haya venido para quedarse.

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