De todo un poco #2: La balada de Buster Scruggs, Florence, Wild Wild Country y Allen Stone

Voy cogiéndole el gusto a esta sección, creo que va para largo. Dudo que vaya a tener una periodicidad estable pero voy a intentar publicar dos de estos cada mes, a ver como se da. Sin más, aquí van los cuatro textos de hoy sobre: un estreno reciente de directores reputados, un juego indie de móviles, una serie documental de Netflix y soul de blancos.

De cine: La balada de Buster Sruggs

Cada nueva película de los hermanos Coen es un evento, como lo suele ser cuando se trata de una nueva obra de algunos de los directores más queridos y laureados del cine actual. Un evento único para los propios seguidores de los de Minnesota porque para Netflix, la encargada de distribuir la película (aunque más que distribuir lo que han hecho simplemente es subirla a su web) parece que no significa gran cosa. Ha tenido una nula publicidad dentro y fuera de su plataforma y ya no abramos el melón con la posibilidad de estrenarla en salas de cine en nuestro país, como han tenido que hacer en EEUU para poder optar a los Oscar. La balada de Buster Scruggs, tras su paso por el festival de Venecia me generaba mucha curiosidad. Es cierto que la anterior, ¡Ave, César!, no dejó mucha huella en mí y se quedó más en un mero divertimento solvente de los hermanos, pero estamos hablando de dos de los mejores cineastas que quedan en activo y que además en los últimos diez años han realizado los que personalmente considero sus dos mejores filmes (junto a su obra maestra Barton Fink, claro): Un tipo serio y A propósito de Llewyn Davis.

La balada de Buster Scruggs, como ya sabréis, es una antología western que en un principio iba a ser una serie, de hecho, como curiosidad el año pasado se quedó a muy poco de ganar el Invisible a la serie más esperada de 2018. No sé muy bien si fue Netflix o los mismos Coen pero decidieron en algún punto convertir todo ese material en una película que se dividiría en seis episodios dentro de la misma, cada una con su historia, tono y personajes particulares. Como sucede en la mayoría de películas de estas características se hace casi imposible no estar constantemente comparando unos episodios con otros y el resultado por lo tanto se torna irregular. No creo que ninguna de las seis historias sea mala, aunque sí que hay dos en concreto que me dejan totalmente indiferente ante ellas como la protagonizada por James Franco o la de la diligencia con la que cierra la película. Otras tienen parte del encanto natural del cine de los Coen como la búsqueda del oro de un sexagenario Tom Waits y la que da título al filme; curiosamente, son dos de las que más han gustado en general por lo que he podido leer. Pero mis dos favoritas son, en concreto, la protagonizada por Zoe Kazan y, sobre todo, la de Liam Neeson. Creo que ambas reúnen todo lo que hace que el cine de los Coen, cuando llega a sus cotas más altas, me atrape tanto. Este hervidero de referencias a tan dispares creadores de dentro y fuera del western que es La balada de Buster Scruggs alcanza su punto más bajo en mi opinión en la alabada fotografía digital del francés Bruno Delbonnel. Es la primera vez en la carrera de los hermanos que no filman en película y, visto lo visto, resulta un paso atrás. Es una fotografía que, obviando algunas excepciones, es esencialmente fea y se siente todo como falso, antinatural, debido en gran parte a la excesiva cantidad de efectos visuales.

De videojuegos: Florence

Cada año son más los videojuegos que, pretendidamente o no, reivindican al medio como vehículo expresivo único en el audiovisual. Demostrando con mecánicas jugables que se pueden contar cosas que no se podrían a través de otras artes como el cine o la música, aprovechándose de la ventaja que tiene sobre estas disciplinas que el consumidor recibe de forma pasiva. El factor interactivo del videojuego viene intrínseco desde su nacimiento pero las posibilidades que este aporta en lo narrativo se está explotando sobre todo en estos últimos años, en parte gracias al auge de la escena indie.

Florence, sin ser un gran juego, consigue tocar justo las teclas adecuadas de lo que hablo. Un juego pensado exclusivamente para móviles (se puede jugar tanto en Android como en iOS), que te hace partícipe de una historia de amor en no mucho más de media hora. Sí, es la típica historia chica conoce a chico, pero lo que no es muy convencional es la forma que tiene de contarla. En apariencia sigue la estructura y narrativa de una novela gráfica —dividida, por cierto, en veinte capítulos estructurados en seis actos—, solo que aderezada con una serie de interacciones (o minijuegos) muy inteligentes que consiguen transmitir de primera mano todo lo que está sintiendo Florence a lo largo de esta historia. Hay mecánicas realmente conseguidas, como aquella en la que su nueva pareja se muda a la casa de ella y tienes que decidir tú como jugador a través de distintas habitaciones de la casa qué cosas se tiran y cuales se quedan para dejarle espacio a las cosas de él. Pero sin lugar a dudas para mí unos de los momentos álgidos de este 2018 en lo que videojuegos se refiere es el quinto capítulo, Primeras citasque es capaz de transportarnos a lo que se siente en —evidentemente— una primera cita a través de una serie de puzzles. Conforme va sucediéndose la velada y Florence va sintiéndose más cómoda con su cita los puzzles irán haciéndose progresivamente más sencillos, con esta simple mecánica el juego ya me ganó por completo. Y encima, todo esto se ve envuelto de un atractivo apartado artístico, que no podía ser menos siendo este el primer juego del estudio fundado por Ken Wong, el diseñador principal detrás del aclamado Monument Valley.

De series: Wild Wild Country

No sé qué tienen los true-crime (genero de no ficción que investiga un crimen real) que siempre me atrapan. No importa la calidad, que si me topo con uno lo más seguro es que caiga y me quede enganchado. Mi afición al género ha ido en aumento desde que hace unos años encontrara su formato ideal en las series de televisión. De los últimos años habría que destacar dos enormes estudios documentales de como funciona la justicia estadounidense a través de investigaciones de asesinatos virales: Making a Murderer y O.J.: Made in AmericaWild Wild Country, por su parte, se ha ganado el derecho a codearse con estas fantásticas series. Y aunque me parezca ligeramente inferior a las dos mencionadas, habla más de lo buena que son aquellas que de lo mala que pueda ser Wild Wild Country, que ya digo yo que no lo es. A diferencia de lo que nos tienen acostumbrados, esta serie de seis capítulos no se centra en un asesinato en concreto sino del auge y caída de la secta liderada por el indio gurú Bhagwan y su asistente personal Sheela. Desde sus inicios en India hasta la disolución de Rajnishpuram, la comunidad utópica que construyeron en mitad del desierto de Oregón. Sinceramente, creo que para disfrutar plenamente de un buen true-crime lo aconsejable es saber cuanto menos mejor de su argumento (o sucesos reales) así que no voy a profundizar más sobre el documental. Eso sí, aviso de que es muy adictiva. Recomendada queda.

De música: Allen Stone

Ya he tomado la decisión de que en este apartado en concreto, dentro de De todo un poco, voy a centrarme en artistas (o grupos) que yo escuche y considere que no son especialmente conocidos. Intentaré que en cada ocasión los elegidos sean de diferentes géneros, lenguas y épocas; y espero, honestamente, que estas recomendaciones os sean placenteras (aunque sea imposible acertar siempre con todos). Así, os vengo hoy con el estadounidense de treinta y un años Allen StoneUn artista soul de ambiciones pop como podrían ser Adele o Hozier, por decir dos ejemplos conocidos, pero bastante más centrado en el famoso género afroamericano —y sin los números de escuchas y seguidores con los que cuentan estos, claro—. Stone es uno de los referentes actuales de la categoría “Blue-eyed Soul” (soul de ojos azules, en Español), o lo que es lo mismo: Soul cantado por blancos. En esta peculiar etiqueta figuran grupos como los recomendadísimos The James Hunter Six, aunque estos se encuentran en el espectro opuesto del soul, más cercanos al Rhythm and blues que al gospel de Stone. De hecho, la principal influencia y por la cual vertebra toda la discografía hasta ahora del de Washington es, como no podía ser de otra manera, el inigualable Stevie Wonder.

Recomendaría empezar a escuchar a Stone por su tercer y más reciente LP, Radius (2015). Donde creo que mejor cohesiona su propio estilo con el universo musical de Stevie, teniendo además la desigualdad racial como uno de sus temas centrales. Así lo demuestran verdaderos temazos que destacan entre una veintena de canciones: American PrivilegePressureBed I MadePerfect WorldUpsideDice Allen Stone, que escuchó Innervisions (1973) a los quince años y le cambió la vida. Creo que aún le queda carrera para rato a Stone para acercarse siquiera con su música a la calidad de uno de los mejores álbumes de la historia pero Radius es sin duda el mejor trabajo que ha hecho hasta la fecha. Si os entra bien por los oídos esto, también os alentaría a darle una escucha a sus dos anteriores trabajos. Su debut, Last Speak (2009), está algo alejado de todo lo que caracteriza musicalmente a Radius, con un estilo más calmado y una producción más básica. Temáticamente es menos combativo y crítico en general pero a su vez lo compensa con el tema homónimo con el que cierra el álbum, un himno desgarrador que disecciona algunos de los grandes problemas de la sociedad estadounidense con una de las mejores letras que ha escrito a día de hoy donde además profundiza en su papel en la lucha por la igualdad siendo un hombre caucásico. Su segundo disco, Allen Stone (2011), es algo más monótono como carta de presentación y se queda a medio camino entre los dos comentados. Por otro lado, a lo largo de este 2018 ha ido sacando unos cuantos singles que no me han convencido del todo, más allá de una simpática versión de Georgia On My Mind.

Comentarios